El libre albedrío

 

Cartas por J. N. Darby

 

 

 

 

 

1.ª Carta

 

Elberfeld, 23 de octubre de 1861

 

Querido hermano,

 

El gran número de mis ocupaciones me hizo perder un poco de vista un tema importante de su carta. La doctrina del libre albedrío, que vuelve a resurgir en nuestros tiempos, equivale a afirmar que el hombre natural, según se pretende, no está totalmente perdido. Todos los que no han estado nunca profundamente convencidos de pecado, o aquellos para los cuales esta convicción se basa tan sólo en gruesos y manifiestos pecados, admiten más o menos el libre albedrío. Es la doctrina de todos los arminianos, de todos los razonadores, de todos los filósofos. Ahora bien, esta doctrina cambia completamente la idea del cristianismo y lo pervierte enteramente.

 

Si Cristo vino para salvar lo que está perdido, el libre albedrío no tiene razón ser. No es que Dios impide al hombre recibir a Cristo; lejos de eso. Pero entonces incluso cuando Dios emplea todos los medios posibles, todo lo que es capaz de actuar sobre el corazón del hombre, eso sólo sirve para demostrar que el hombre no quiere a Cristo, que su corazón es tan corrompido, y su voluntad tan determinada a no someterse a Dios (independientemente del hecho de que el diablo le anima a pecar), que nada puede llevarlo a recibir al Señor y a abandonar el pecado. Si por esta expresión: «libertad del hombre», se entiende que nadie puede forzarle a rechazar al Señor, esta libertad existe plenamente. Pero si se admite que, a causa de la soberanía del pecado de que es esclavo, y eso voluntariamente, no puede escapar de su estado y elegir el bien (incluso reconociendo que es el bien y aprobándolo), entonces no tiene ninguna libertad. No se somete a la ley de Dios, ni tampoco puede; de modo que aquellos que están en la carne no pueden agradar a Dios (Romanos 8:8).

 

Ahora bien, es aquí donde tocamos más de cerca el fondo de la cuestión. Para ser salvos, ¿es necesario que el viejo hombre sea cambiado, instruido y santificado, o más bien que recibamos una nueva naturaleza? El carácter general de la incredulidad de este tiempo, no consiste en negar formalmente el cristianismo, como era el caso antes; no se rechaza abiertamente a Cristo, sino que se lo recibe como una persona, e incluso se dirá divina, inspirada (pero en cierta medida), y que restablece al hombre en su posición de hijo de Dios. Pero cuando los wesleyanos son enseñados por Dios, la fe les hace sentir que sin Cristo están perdidos, y que se trata de una cuestión de salvación. Solamente su repugnancia respecto a la pura gracia, su deseo de ganar a los hombres, una mezcla de caridad y del espíritu del hombre; en una palabra, su confianza en sus propias capacidades, hace que tengan confusión en su enseñanza y les lleva, como a otros, a no reconocer la caída total del hombre.

 

En cuanto a mí, veo en la Escritura, y reconozco en mí mismo, la ruina total del hombre. Veo que la cruz es el fin de todos los medios que Dios empleó para ganar el corazón del hombre; y, por tanto, demuestra que ello era imposible. Dios agotó todos sus recursos; el hombre probó que es irremediablemente malvado; la cruz de Cristo lo condena, condena el pecado en la carne. Pero esta condena, que se manifestó en el hecho de que otro la sufrió, es la perfecta salvación de los que creen; ya que la condena, el juicio del pecado, está detrás de nosotros; la vida fue la salida de ella en la resurrección. Hemos muerto al pecado y somos hechos vivos para Dios en Cristo Jesús Señor nuestro. La redención, la palabra misma, pierde su fuerza cuando uno conserva respecto del viejo hombre las ideas de que hablé más arriba. La redención se convierte en una mejora, una liberación práctica de un estado moral, y no es ya la redención cumplida por la obra de otro. El cristianismo enseña la muerte del viejo hombre y su justa condenación, luego la redención cumplida por Cristo, y una nueva vida, la vida eterna, descendida del cielo en su Persona, y que se nos comunica cuando Cristo entra en nosotros por la Palabra. El arminianismo, o más bien el pelagianismo, pretende que el hombre puede elegir, y que el viejo hombre es así mejorado por aquello que aceptó. El primer paso se da sin la gracia, y es realmente, en este caso, el primer paso que cuesta.

 

Creo que debemos atenernos a la Escritura, pero según la opinión filosófica y moral, el libre albedrío es una teoría falsa y absurda. El libre albedrío es un estado de pecado. El hombre no debiera tener que elegir, puesto que está fuera del bien. ¿Por qué se halla en este estado? No debería tener voluntad, ni ninguna elección que hacer. Debería obedecer y gozar en paz. Si debe elegir el bien, es porque no lo tiene aún. En todo caso, no tomó su decisión, puesto que, en sí mismo, carece de lo que es el bien. Pero, en realidad, el hombre está dispuesto a seguir el mal. ¡Qué crueldad es proponer un deber a una criatura que ya se volvió hacia el mal! Además, filosóficamente hablando, para elegir, es necesario que el hombre sea indiferente, de otro modo ya eligió en cuanto a su voluntad; debe ser, pues, absolutamente indiferente. Ahora bien, suponiendo que sea absolutamente indiferente, ¿qué es lo que determinará su elección? Una criatura debe tener un motivo, pero el hombre no tiene ninguno, puesto que es indiferente; y si no lo es, es porque eligió.

 

Al final de cuenta, no es nada así. El hombre tiene una conciencia, pero tiene también una voluntad y concupiscencias, y ellas son lo que lo conducen. El hombre era libre en el paraíso, pero entonces gozaba del bien. Elegía libremente, y la consecuencia fue que se volvió pecador. Dejarlo librado a su libre elección, ahora que está dispuesto a hacer el mal, sería una crueldad. Bajo la ley, Dios le presentó la elección, pero eso fue para convencer su conciencia del hecho de su estado, debido a que en ningún caso el hombre quiere ni el bien, ni a Dios.

 

Creer que Dios ama al mundo, está perfectamente bien; pero el no creer que el hombre es en sí mismo irremediablemente perverso (y que lo está a pesar del remedio), eso es muy malo. Los que piensan así no se conocen a sí mismos y no conocen a Dios… El Señor viene, querido hermano; el tiempo que le queda al mundo se acaba. Que Dios nos encuentre velando y pensando en una sola cosa: en Aquel que ocupa Sus propios pensamientos, Jesús, nuestro precioso Salvador.

 

Con afectuosos saludos, su hermano

 

J. N. D.

 


 

 

2.ª Carta

 

 

Querido hermano,

 

Acabo de recibir su carta y le escribo unas líneas en respuesta a ella. Empleamos a menudo las palabras de una manera tan inexacta que es necesario definirlas si no queremos tener interminables discusiones.

 

Generalmente, cuando se habla de libertad y de poder, es decir, de ausencia de presiones sobre nosotros y de la presencia de poder en nosotros, ambas cosas se confunden. Si dijera: «todos pueden venir a la reunión», eso significa que la reunión es abierta, que el acceso es libre al público. Pero alguno me dice que no es cierto, porque uno se rompió la pierna y no puede venir. Tomo un ejemplo simple para hacer comprender lo que quiero decir. Así, cuando el Señor dice: “Ninguno puede venir a mí, si el Padre que me envió no le trajere” (Juan 6:44), esto no significa que Dios impida o prohíba a alguno que venga; pero el hombre es tan malo en su voluntad, y tan corrupto, que a menos que un poder fuera de él actúe sobre él, no podrá venir; el hombre nunca está moralmente dispuesto a venir. En lo que a Dios respecta, el hombre es perfectamente libre para venir, y no sólo eso, sino que es también invitado a venir e incluso se le ruega hacerlo; la sangre preciosa de Cristo está sobre el propiciatorio, de manera que la dificultad moral es removida por la gracia de Dios en cuanto a la recepción del pecador por parte de Aquel que es Santo. En este sentido, el hombre es libre de venir. Pero hay otro lado de la cuestión, esto es, el estado de la voluntad del hombre. No hay en él ninguna voluntad para venir, sino más bien todo lo contrario. La vida estaba en Cristo, pero él dijo: “No queréis venir a mí para que tengáis vida” (Juan 5:40). “Venid, que ya todo está preparado”, dice a los convidados en la parábola (Lucas 14:17), pero “todos a una comenzaron a excusarse”. El hombre no desea estar con Dios. “No hay quien entienda”, y aún dice: “No hay quien busque a Dios” (Romanos 3:11). “¿Por qué cuando vine, no hallé a nadie?” dijo el Señor a Isaías, “¿y cuando llamé, nadie respondió?” (50:2) “Por cuanto los designios (lit.: ‘el pensamiento’) de la carne son enemistad contra Dios” (Romanos 8:7), he aquí la respuesta. La crucifixión del Señor es la prueba de que el hombre no quiso a Dios cuando Él vino en misericordia, y para aliviar todas las miserias. “Me devuelven mal por bien, y odio por amor” (Salmo 109:5). “Sin causa me aborrecieron” (Juan 15:25), “pero ahora han visto y han aborrecido a mí y a mi Padre” (Juan 15:24). Tales son las declaraciones del Señor. Y él da la razón. Cualquiera que fuese el amor, —y es perfecto e infinito—, Dios es luz así como amor, y “los hombres amaron más las tinieblas que la luz” (Juan 3:19). Rechazan un amor que humilla su orgullo, y detestan una luz que despierta su conciencia. Por eso está escrito: “Mas a todos los que le recibieron, a los que creen en su nombre, les dio potestad de ser hechos hijos de Dios; los cuales no son engendrados de sangre, ni de voluntad de carne, ni de voluntad de varón, sino de Dios (Juan 1:12-13). Es simplemente absurdo hablar de libertad cuando se aplica esta palabra a la condición actual del hombre, que se ha vuelto hacia el mal. Admitiendo que es totalmente libre de venir, que es invitado y que se le ruega venir de todas las maneras posibles, porque todo está preparado, la prueba está de que no quiere, y que ningún motivo es capaz de obligarlo a venir. “Tengo aún un Hijo”, dijo Dios en la parábola (Marcos 12:6); el Hijo fue enviado, pero el hombre no lo quiso. Decir que el hombre no es propenso al mal, es negar toda la Escritura y todos los hechos. Para que sea libre de elegir, es necesario que el hombre sea indiferente, indiferente al bien y al mal, es decir, sin preferencia por uno ni por lo otro. Ahora bien, no es cierto que lo sea, ya que los malos deseos (la concupiscencia) y la propia voluntad —estos dos grandes elementos del pecado—, están en él; y si fuera cierto que fue indiferente, sería horrible.

 

Pero hay más; cuando el hombre quiere el bien, el mal está con él; ¿cómo puede realizar el bien? No lo encuentra. Hay en sus miembros una ley que lo vuelve cautivo de la ley del pecado que existe en sus miembros (Romanos 7:23). Sin duda, gracias a Dios, que hay una liberación, pero una liberación por y en otro. Ahora bien, liberación no es libertad; es lo que se concede y se efectúa por medio de otro y de lo que uno tiene necesidad, porque uno aprende por la experiencia y por la enseñanza divina que no se es libre y que no se puede volver libre uno mismo. Por eso en Romanos 6, donde esta cuestión se trata con profundidad, él encuentra la libertad en la muerte, donde la naturaleza adámica es crucificada con Cristo. Entonces, pero no antes, el apóstol puede decir: “libertados”, principio verdadero y precioso cuando me considero como muerto al pecado y vivo para Dios, no en Adán, sino en Cristo Jesús. Encontramos este tema resumido en los versículos 2 y 3 del capítulo 8: “Porque la ley del Espíritu de vida en Cristo Jesús me ha librado de la ley del pecado y de la muerte”, lo que prueba que el hombre no era libre antes de poseer a Cristo. El apóstol añade: “Porque lo que era imposible para la ley, por cuanto era débil por la carne, Dios, enviando a su Hijo en semejanza de carne de pecado y a causa del pecado, condenó al pecado en la carne.”

 

La libertad es el fruto de la liberación por Cristo. En primer lugar, en Su muerte, el viejo hombre, el pecado en la carne, está muerto para la fe; hemos sido crucificados con Cristo, y tenemos la vida en el poder del Espíritu en Cristo; ahora somos libres. Pero los hechos que demuestran el estado del hombre, y su historia dada por la Escritura cuando es puesto bajo su responsabilidad, nos introducen sobre un terreno totalmente diferente. Y primeramente tenemos esta historia que manifiesta más claramente lo que resulta de su estado. El consejo de Dios tuvo por objeto el último Adán, y no el primero. La primera promesa fue hecha a la simiente de la mujer, y no a Adán que no era su simiente. Adán había sucumbido al poder de Satanás, y la simiente de la mujer debía destruirlo. Todas las promesas son hechas a Cristo, a Israel como pueblo elegido, o a Abraham y a su simiente. Ninguna fue hecha al hombre como tal. Dios comenzó con la responsabilidad del hombre, primeramente con el primer Adán, pero sin que hubiese un designio o una promesa al respecto. Esta responsabilidad del hombre en Adán fue puesta plenamente a prueba y de todas las maneras (quiero decir, después de la caída); primeramente sin ley; luego bajo la ley y, después de los profetas, por la venida de Cristo en gracia, según la Palabra: “Por último, teniendo aún un hijo suyo, amado, lo envió también a ellos, diciendo: tendrán respeto a mi hijo” (Marcos 12:6). Así el hombre responsable fue enteramente puesto a prueba, y el Señor muestra el fin de ello cuando dice: “Ahora es el juicio de este mundo” (Juan 12:31). Esteban resume todo ello con estas palabras (Hechos 7): “Vosotros que recibisteis la ley por disposición de ángeles, y no la guardasteis. ¿A cuál de los profetas no persiguieron vuestros padres? Y mataron a los que anunciaron de antemano la venida del Justo, de quien vosotros ahora habéis sido entregadores y matadores. Vosotros resistís siempre al Espíritu Santo; como vuestros padres, así también vosotros.” Y así lleno del Espíritu Santo, Esteban va al cielo, y se cierra la historia de la tierra.

 

Se dirá: «Sí, pero la muerte de Cristo ha puesto un nuevo fundamento de responsabilidad.» Es cierto; pero ello es al poner al hombre sobre esta base fuera de la cual estaba perdido, y cuando, estando sin fuerza, Cristo murió por los impíos (Romanos 5:6). No hay quien quiera venir, no hay quien entienda, no hay quien responda. No podemos nosotros mismos darnos la vida, ni engendrarnos para Dios.

 

No pongo en duda que la puerta esté libremente abierta y que la sangre esté sobre el propiciatorio, pero eso es lo que prueba, en última instancia, que el hombre no quiere venir a Dios en tanto tiene la oportunidad: Dios así demostró que ningún motivo es suficiente para obligar al hombre a venir. Es menester que haya nacido enteramente de nuevo. La Escritura nos da la historia de todos los medios que Dios empleó para con el hombre, de todos los motivos que le presentó, y el resultado final fue el rechazo del Hijo de Dios y el juicio.

 

El caso de Adán era un poco diferente, porque no había aún en él ni concupiscencia, ni voluntad propia. El hombre no era entonces cautivo de una ley de pecado en sus miembros, el pecado no estaba en él, no había necesidad de liberación; el hombre en la inocencia estaba con Dios. Está claro que Dios no ejercía sobre él ningún apremio para impedir que lo abandone y lo desobedezca. Su obediencia era puesta a prueba. No se trataba, como ahora, de venir a Dios, en su condición de maldad; la defensa era simplemente la prueba de la obediencia; si la defensa no hubiese sido hecha, el acto defendido era inocente. El hombre no tenía, como al presente, una conciencia en el sentido de conocer por sí mismo el bien y el mal; sólo tenía que permanecer en el estado en el que se hallaba, y no desobedecer. No había nada en él, ni en Dios —no tengo que decirlo— que lo impidiera: en eso, era libre. Su caída probó, no que la criatura fuese mala, sino que, librada a sí misma, no podía permanecer de pie. Pero en este estado de inocencia, lejos de ser la elección o la libertad de elegir lo que tenía que hacer para caminar rectamente, desde el momento que hubo elección y voluntad, pecó. Su lugar era simplemente obedecer, y en cuanto se plantea la cuestión de si debe obedecer, el pecado está allí. Desde el momento que se sentía libre de elegir, dejó la posición de simple obediencia. Represéntese un niño que pretenda ser libre de elegir si debe obedecer, ¡aun cuando eligiere bien!

 

Niego que la moralidad dependa de la libertad de elegir. El hombre fue creado en una determinada relación con Dios; la moralidad consistía en andar según esta relación. Ahora bien, esta relación era la de la obediencia. Si no se hubiera colocado como libre respecto a Dios, él habría podido seguir siendo simple y feliz. Es lo que Cristo hizo. Vino para hacer la voluntad de Dios y tomó la forma de siervo. En la tentación en el desierto, Satanás pretendió hacerle abandonar esta posición para ser libre y hacer su voluntad, tan sólo comiendo cuando tuviese hambre. ¿Qué mal había en eso? Era darse como libre y hacer su propia voluntad. La respuesta del Señor fue que el hombre vivirá de toda palabra que sale de la boca de Dios. No había en su corazón o en su voluntad ningún movimiento que no procediera de la voluntad de Dios, o que no fuese esa voluntad, y tal es la perfección. No es una regla que pone un freno a la propia voluntad, aquello de lo cual, lamentablemente, tenemos a menudo necesidad, sino que es la voluntad de Dios como motivo de nuestra acción, de la acción de nuestra voluntad. Es lo que la Escritura menciona como la obediencia de Cristo para la cual somos santificados (1.ª Pedro 1:2). En un sentido, el hombre se volvió libre, pero libre respecto de Dios, y cayó así en la apostasía moral y en la esclavitud del pecado. De eso Cristo nos libera plenamente, y nos santifica para la obediencia, habiendo sufrido la pena debida a los frutos de nuestra voluntad. ¿Cómo vine a tener que elegir? Si debo elegir, no poseo el bien, y ¿que me hará elegir el bien?

 

Uno confunde también la conciencia del bien y del mal con la voluntad. El hombre adquirió la conciencia por la caída; ella está así en ejercicio en el inconverso que se encuentra en un estado de alejamiento respecto de Dios: la voluntad es una cosa distinta. En la carne, está la enemistad contra Dios, la concupiscencia y la iniquidad, y si la ley interviene, está la trasgresión. Si tengo el Espíritu de Dios, la carne tiene su deseo contra él. Este estado es expresado por un pagano en estas palabras: «Veo el bien y lo apruebo, y practico el mal.» La conciencia actúa por una parte, y, por otra, se encuentra la concupiscencia que controla la voluntad. El hombre tenía, pues, perfecta libertad en cuanto a lo que debía hacer estando puesto a prueba, pero el ejercicio de la voluntad o la elección era precisamente el pecado, la obediencia pura y simple tenía su lugar ante Dios. El hombre fue creado bueno, y no tenía que elegir el bien; ahora ama el pecado y su propia voluntad, y tiene entonces necesidad de ser liberado de este estado.

 

Con afectuosos saludos,

 

J. N. D.

 


 

3.ª Carta

 

 

Mi querido hermano,

 

Me agradó mucho su artículo sobre el libre albedrío; no encuentro que haya mucho que añadir. Todo depende de la profundidad de convicción que tenemos de nuestra condición de pecado; nuestra seguridad y nuestro gozo dependen también de ello. “Perdidos” y “salvados” responden uno al otro: nuestra condición en el viejo hombre, y nuestra condición en Cristo. Los arminianos sostienen que nuestra responsabilidad depende de nuestro poder. Si yo le presté 100.000 dólares a alguien, y esa persona se los malgastó en su totalidad, es obvio que no puede pagar, pero ¿acaso su incapacidad de pagar lo exime de su responsabilidad? ¡No! La responsabilidad depende del derecho de la persona que le ha prestado el dinero, y no de la capacidad del que ha malgastado injustamente el dinero. Si el hombre puede hacer uso de su libre albedrío, lo será o guardando la ley, o recibiendo a Cristo. La salvación no es por la ley, Cristo, entonces, habría muerto en vano. Pero se dice expresamente que la carne no se somete a la ley de Dios y que tampoco puede (Romanos 8:7). La conciencia ciertamente reconoce que la ley es justa y buena, pero someterse y guardarla, es otra cosa totalmente diferente. Aunque el quererlo está allí, el hombre es esclavo, y el hacerlo no es la consecuencia. Pero la voluntad no está allí. La aprobación dada al bien por la conciencia existe, pero no la voluntad; ésta desea ser independiente de Dios. ¿Acepta la ley tal disposición? Libre, sí; uno lo está del lado de Dios, quien no impide al hombre elegir el bien, pero el hombre desea ser libre, es decir, poder hacer su propia voluntad. Ahora bien, eso no es la obediencia. La ley lo exige, pero “los designios (lit.: ‘el pensamiento’) de la carne son enemistad contra Dios” (Romanos 8:7). Un pagano hasta podía decir: «Video meliora proboque; deteriora sequor» (es decir, «veo el bien y lo apruebo; sigo el mal»). Todos los hombres tienen una conciencia desde la caída, es decir, el conocimiento del bien y del mal; saben hacer la distinción, pero eso no dice nada en cuanto a la voluntad, de manera que, puesto que la ley demanda la obediencia y la carne no puede someterse, recibir la ley es, de hecho, una imposibilidad. No que Dios impida al hombre, como ya lo dije, sino que el hombre no lo desea. Además, la ley defiende la concupiscencia, pero el hombre caído tiene la concupiscencia en su carne, y por la concupiscencia precisamente el apóstol dice haber conocido el pecado. El hombre debe perder su naturaleza antes de estar dispuesto a obedecer la ley, y por eso es necesario «nacer de nuevo». El hombre no puede darse a sí mismo una vida divina y eterna. ¿Por qué, pues, la ley ―se dirá—? Fue dada a fin de que la falta abunde, es la respuesta. Por la ley, el pecado se volvió en exceso pecador. La ley provocó la justa ira de Dios contra nosotros, y no el temor de Dios en nosotros. Ella no da una nueva vida, y la vida que tenemos es enemistad contra Dios. El hombre en la carne no puede recibir la ley de Dios en su corazón.

 

¿Es, pues, cierto que el tal puede recibir a Cristo? Aquí, todo es gracia. Ya citamos los pasajes: “a todos los que le recibieron... los cuales no son engendrados… de la voluntad del hombre, sino de Dios” (Juan 1:12-13). Si el pensamiento de la carne es enemistad contra Dios, cuanto más Dios sea manifestado, tanto mayor será la enemistad. Esto es lo que la presencia de Dios en Cristo hizo evidente: “Ahora han visto y han aborrecido a mí y a mi Padre” (Juan 15:24), dice el Señor. Vino, y no hubo nadie que lo recibiese; dio testimonio, y nadie recibió su testimonio. El hombre en la carne no puede ver ninguna belleza en Cristo, no más de lo que no puede guardar la ley. ¿Puede la carne recibir a Cristo? ¿Puede encontrar su placer en el Hijo de Dios? Entonces no sería ya la carne; ella tiene así el pensamiento del propio Padre. Si hay en él algo distinto que la carne, entonces el hombre es ya nacido de Dios, puesto que lo que es nacido de la carne, carne es. Si la carne puede hallar su placer en Cristo, entonces posee lo más excelente que se pueda encontrar, no solamente en la tierra, sino en el cielo mismo. Encuentra su placer allí donde el Padre encuentra el suyo: no sería, pues, necesario haber nacido de Dios. ¡La cosa más excelente que el hombre posee ahora, por gracia, como cristiano, él ya la poseía, supuestamente, antes de recibir la vida al recibir a Cristo! Con un pensamiento análogo, la certeza de la salvación se destruiría: si la salvación es el fruto de mi voluntad, entonces ¡depende de ella!; si puede ser tan fácilmente producida, no podría decirse: “Porque yo vivo, vosotros también viviréis” (Juan 14:19). Se dice que la fe no es más que la mano que recibe la salvación, pero, ¿qué es lo que nos dispone a extender la mano? La gracia que opera en nosotros.

 

“Haremos todas las cosas que Jehová ha dicho, y obedeceremos” (Éxodo 24:7). Israel había respondido “a una voz” estas palabras cuando Moisés había hecho la lectura del libro del pacto. Al hablar así, el pueblo realizaba una completa confusión entre la responsabilidad y el poder, dos principios muy distintos que el hombre ha continuamente confundido e ignorado desde la caída de Adán. El hombre es responsable de guardar perfectamente la ley, pero por la caída perdió el poder. El corazón natural no puede comprenderlo. Un hombre negará su responsabilidad, otro afirmará su poder; la gracia solamente pone al hombre en claro sobre estos dos puntos.

 

Con afectuosos saludos,

 

Su hermano,

J. N. Darby

 

 


Inicio | E-mail