Artículo N.º 6

 

“¿QUÉ ESPERARÉ?”

 

(Salmo 39:7)

 

          Ésta es una pregunta escudriñadora para el corazón; pero a menudo muy saludable si tenemos en cuenta nuestra continua actitud de esperar por cosas que, una vez llegadas, comprobamos que no eran dignas de ser esperadas.

          El corazón humano es muy similar al pobre cojo que se sentaba cada día a la puerta del templo, según se relata en Hechos 3. Él miraba a todos los que pasaban, “esperando recibir algo”; y el corazón es igual, siempre está mirando en busca de algún alivio, algún consuelo o algún placer en el transcurso de las circunstancias. Se lo puede ver siempre procurando sentarse junto a las corrientes de la pobre criatura, esperando vanamente que algo refrescante fluya por su medio.

          Es asombroso pensar en las bagatelas sobre las que la naturaleza a veces fija su expectante mirada: un cambio de circunstancias, un cambio de escena, un cambio de ambiente, un viaje, una visita, una carta, un libro —cualquier cosa, para resumir— basta para despertar expectativas en un pobre corazón que no encuentra su centro, su fuente, su todo en Cristo.

          De ahí la importancia práctica de escudriñar con frecuencia nuestro corazón haciéndonos la pregunta: “¿Qué esperaré?”. Sin duda, la sincera respuesta a esta pregunta le daría, a veces, al cristiano más avanzado, motivos de honda humillación y juicio propio delante del Señor.

          En el versículo 6 del Salmo 39 tenemos tres grandes prototipos del carácter del hombre, según éste se manifieste “como una sombra”, como aquel que “en vano se afana” o como el que “amontona”. Estos prototipos pueden hallarse algunas veces combinados; pero, por lo general, ellos presentan un desarrollo distintivo.

          Hay muchos cuya vida es “como una sombra”, ya sea en su carácter personal, en su posición comercial o en su profesión política o religiosa. En lo que a ellos se refiere, no hay nada sólido, nada real, nada verdadero. Su brillo no proviene sino de la más fina capa de oro posible: no hay nada profundo, nada intrínseco. Todo es obra superficial, el golpe de luz más fugaz, nada más que humo.

          A continuación, encontramos otra clase de individuos cuya vida es una escena continua de “vano afán”. Nunca se les verá tranquilos, satisfechos ni felices. Siempre hay alguna cosa terrible que se aproxima, alguna catástrofe a la distancia, la mera anticipación de lo cual los mantiene en una constante ansiedad febril. Ellos viven preocupados por los bienes materiales, por los amigos, por los negocios, por los hijos, por los empleados. Aunque vivan en circunstancias que muchos de sus semejantes estimarían como muy envidiables, parecerían hallarse en una perpetua inquietud. Viven acosados por problemas que quizás nunca se susciten, por dificultades con las que quizá nunca tropiecen, por desgracias que probablemente jamás vean. En vez de recordar las bendiciones del pasado y regocijarse en las divinas bondades del presente, siempre anticipan las pruebas y congojas del futuro. En una palabra, ellos “en vano se afanan”.

          Finalmente, usted encontrará otra clase de gente, totalmente diferente de las dos anteriores: gente astuta, sagaz, industriosa, que hace y acumula dinero, gente que viviría cuando otros muriesen de hambre. No hay demasiada “sombra” en cuanto a ellos. Son demasiado sólidos, y la vida es una realidad demasiado práctica para cualquier cosa de ese tipo. Tampoco se puede decir de ellos que se afanen demasiado. Son, más bien, de espíritu sereno, quieto, excesivamente laborioso, de una mentalidad activa, emprendedora, especuladora. Esta gente “amontona riquezas, y no sabe quién las recogerá”.

          Pero, lector, recuerde que el Espíritu Santo acuñó a las tres clases de personas con el mismo calificativo: “vanidad”. Sí, “todo”, sin excepción, “debajo del sol” —como lo pronunció uno que sabía esto por experiencia y que escribió por inspiración— es “vanidad y aflicción de espíritu” (Eclesiastés 1:14). Vuélvase adonde usted quiera “debajo del sol”; su corazón no hallará reposo alguno en este mundo. Usted deberá subirse a la inquebrantable y robusta ala de la fe y remontarse a las regiones por encima del sol, a fin de hallar “una mejor y perdurable herencia” (Hebreos 10:34). Aquel que está sentado a la diestra de Dios dijo: “Por vereda de justicia guiaré, por en medio de sendas de juicio, para hacer que los que me aman tengan su heredad, y que yo llene sus tesoros” (Proverbios 8:20 y 21). Nadie sino Jesús puede darnos “herencia”; nadie sino él puede “llenar”; nadie más que él puede “satisfacer”. En la perfecta obra de Cristo está aquello que satisface las más profundas necesidades de la conciencia; como así también, en su gloriosa Persona se encuentra aquello que puede satisfacer los más vehementes anhelos del corazón. Aquel que ha hallado a Cristo en la cruz, y a Cristo en el trono, ha hallado todo lo que pudiera necesitar, ya sea para esta vida o para la venidera.

          Pues bien, el salmista, una vez que puso a prueba su corazón con la pregunta: “¿Qué esperaré?”, responde: “Mi esperanza está en ti”. Nada de “sombra”, nada de “vano afán”, nada de “amontonar riquezas” tenía que ver con él. Él había hallado en Dios un objeto digno de ser esperado, y, en consecuencia, apartando sus ojos de todo lo demás, dice: “Mi esperanza está en ti”.

          Ésta, amado lector, es la única posición verdadera, apacible y feliz. El alma que se apoya en Jesús, que pone sus ojos en él y espera en él, nunca será defraudada. Ella posee un inagotable fondo de gozo presente en comunión con Cristo; al tiempo que es animada por “la esperanza bienaventurada” de estar con Jesús donde Él está, para contemplar Su gloria, exponerse a la luz de Su faz y ser conformada a Su imagen por siempre, una vez que esta escena presente, con todas sus “sombras”, su “vano afán” y sus recursos, haya pasado.

          Cultivemos el hábito de poner a prueba nuestros corazones, tan ligados a las cosas de la tierra y anhelantes de los recursos humanos, con la escudriñadora pregunta: “¿Qué esperaré?”. ¿Estoy esperando algún cambio de circunstancias o al Hijo de Dios de los cielos? (1.ª Tesalonicenses 1:10). ¿Podemos elevar nuestros ojos a Jesús y, con corazón pleno y honesto, decirle: Señor, “mi esperanza está en ti”?

          Ojalá que nuestros corazones estén plenamente separados de este “presente siglo malo” y de todo lo que pertenece al mismo, por el poder de la comunión con las cosas que son invisibles y eternas.

 

                              De varias ansias mi corazón se aparta,

                              por profundos e ilimitados que sean sus deseos.

                              Debo ahora agradar sólo a Uno,

                              a Aquel ante quien los ancianos se inclinan.

                              Con Él es toda mi ocupación ahora,

                              y con las almas que son suyas.

 

                              Con éstas mi feliz suerte está echada,

                              a través de los desabridos yermos del mundo

                              o a través de sus bellos jardines.

                              Sea que arrasen las tormentas de las dificultades

                              o todos duerman con mortal descuido,

                              con todo, seguir adelante es mi ansia plena.

 

                                                          (Traducción literal)

 

C. H. M.

 


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