Artículo N.º 9

 

¿QUÉ DEBO LEER?

 

Una pregunta para nuestros tiempos

 

          La pregunta que constituye el título del presente artículo es de significativo peso y de una gran importancia práctica. Ella encierra mucho más de lo que quizás estaríamos dispuestos a admitir. Un conocido refrán dice: «Dime con quién andas, y te diré quién eres». También podríamos decir, con igual verdad: «Muéstrame tu biblioteca y te diré cómo te encuentras». Nuestras lecturas, por lo general, pueden tomarse como el gran indicador de nuestra condición moral, intelectual y espiritual. Nuestros libros constituyen nuestro alimento intelectual y espiritual, la sustancia de la que se nutre el hombre interior. De ahí la seriedad de toda esta cuestión de las lecturas del creyente. A la verdad, debemos confesar abiertamente a nuestros lectores que este asunto nos ha tenido bastante preocupados últimamente; y nos sentimos constreñidos —por fidelidad al Señor y a las almas de nuestros lectores— a ofrecer unas palabras de advertencia respecto a un tema que no podemos sino considerarlo de verdadera importancia para todos los cristianos.

          Observamos, con profunda consternación, un creciente desinterés por la lectura de libros sólidos, especialmente entre los jóvenes creyentes, aunque por desgracia no se limita solamente a ellos. Diarios, novelas religiosas, obras sensacionalistas, todo tipo de literatura ponzoñosa y despreciable es devorada con avidez; en tanto que los libros de importantísimas y preciosísimas verdades yacen intactos y abandonados en los estantes.

          Creemos que todo esto es muy lamentable. Lo consideramos como una alarmante señal de una condición espiritual decadente. Es ciertamente difícil concebir cómo uno que posee aunque sea una pizca de vida divina puede hallar placer en toda esa inmundicia contaminante que abunda hoy día y que tristemente vemos en manos de muchos que ocupan el más alto terreno de la profesión cristiana. El inspirado apóstol exhorta a todos los cristianos con estas palabras: “Desead, como niños recién nacidos, la leche espiritual no adulterada, para que por ella crezcáis” (1.ª Pedro 2:2). ¿Cómo podemos crecer si descuidamos la Palabra de Dios y, en cambio, devoramos periódicos y libros superfluos y sin valor? ¿Cómo es posible que un cristiano se halle en una saludable condición de alma cuando apenas dedica unos pocos momentos para hojear de prisa uno o dos versículos de la Escritura, mientras que se aplica durante horas a lecturas triviales y efímeras? Podemos estar seguros de que nuestras lecturas reflejan qué somos y cómo estamos. Si nuestra lectura es fútil y frívola, ello prueba que nuestro estado es el mismo. Si nuestro cristianismo es de carácter sólido y diligente, ello será claramente evidenciado por nuestras lecturas habituales y voluntarias, por el tipo de lectura que buscamos para nuestra recreación y refrigerio.

          Puede ser que algunos arguyan: «No podemos estar leyendo siempre la Biblia y buenos libros». A ello contestamos, de forma resuelta y enfática: la nueva naturaleza nunca tendrá interés por leer ninguna otra cosa. Ahora bien; pregunto: ¿A quién deseamos alimentar: a la vieja naturaleza o a la nueva? Si a la nueva, entonces podemos estar seguros de que los periódicos y la literatura liviana no pueden ser utilizados para tal fin. Es absolutamente imposible que un cristiano verdaderamente espiritual y serio pueda hallar algún placer con tales lecturas. Puede suceder que un cristiano, por el tipo de actividades que desarrolla —ya sea en el orden comercial, profesional o público— se vea obligado a remitirse a los periódicos. Pero esto es algo completamente diferente a hallar su verdadero deleite y recreación en ese tipo de lectura. No encontrará el maná oculto ni el grano de la tierra de Canaán en los diarios. No hallará a Cristo en las revistas mundanas.

          Es algo miserable y desgraciado oír a un cristiano decir: «¿Cómo podemos estar leyendo siempre la Biblia?» o «¿Qué tiene de malo leer una revista o una historieta?». Estas preguntas demuestran de forma lamentable que el alma se ha apartado de Cristo. Esto es lo que hace tan serio nuestro tema. Antes de que un cristiano haya sido capaz de formular ese tipo de preguntas, tuvo que haber ocurrido una alarmante y agravante declinación espiritual. Por eso no servirá de mucho plantear si las cosas están bien o están mal, pues no hay capacidad para juzgar correctamente; faltan las aptitudes espirituales para sopesar las cosas. Ello se debe a que toda la condición moral y espiritual se halla mal. “¡Hay muerte en esa olla!” (2.º Reyes 4:40). Lo que realmente se necesita es una completa restauración del alma. Usted tiene que “traer harina” (2.º Reyes 4:41) o, en otras palabras, aplicar un remedio divino para contrarrestar la enfermedad.

          Nos sentimos constreñidos en espíritu a llamar la seria atención del lector cristiano respecto de esta gran cuestión práctica. La consideramos como una de las más serias de nuestro tiempo [1]. No podemos dudar de que el tan extremadamente bajo tono espiritual de nuestra vida cristiana se debe, en muchos casos, a la lectura de literatura superflua e inútil. El efecto moral de todo ello es muy pernicioso. ¿Cómo puede una alma prosperar, cómo puede haber crecimiento en la vida divina, cuando no hay un verdadero amor por la Biblia o por libros que desarrollan su precioso contenido para nuestras almas? ¿Es posible que un cristiano se halle en una saludable condición de alma cuando en realidad prefiere alguna obra trivial en lugar de un libro destinado a la verdadera edificación espiritual? No lo creemos ni podríamos creerlo. Estamos persuadidos de que todo cristiano sincero y serio —todo aquel que de corazón desea compenetrarse de las cosas divinas, que ama realmente a Cristo y que suspira por el cielo y por las cosas de arriba— se aplicará con diligencia a la lectura de las santas Escrituras y procurará echar mano de todo libro bueno y provechoso. Estos cristianos no tendrán tiempo para leer los diarios ni cualquier otro tipo de literatura liviana; ni tampoco tendrán afición por estas cosas. En ellos no se suscita la cuestión de si está bien o está mal éste o aquel tipo de lectura; simplemente no la desean ni la desearían, pues tienen algo muchísimo mejor. ¿Tragaríamos cenizas si tuviéramos para comer sabrosísimos manjares?

          Confiamos en que nuestros lectores habrán de comprendernos cuando escribimos de esta forma tan clara y directa. Nos sentimos realmente constreñidos a hacerlo en vista del tribunal de Cristo. Y sólo podemos decir que querríamos poder escribir acerca de este tema tan vigorosamente como lo sentimos. Lo consideramos como uno de los más importantes y prácticos que puedan ocupar nuestra atención. Instamos a los lectores cristianos a evitar y a desaprobar toda literatura fútil. Cuando estemos por echar mano de algún libro o revista, planteémonos las siguientes preguntas: «¿Quisiera que mi Señor viniese y me hallase con esto en la mano?». «¿Podría tomar esto en la presencia de Dios y pedirle que bendijese su lectura?». «¿Puedo leer esto para gloria del Nombre de Jesús?». Si no podemos contestar afirmativamente a estas preguntas, entonces, por la gracia de Dios, huyamos de estos libros y dediquemos nuestros ratos libres a la bendita Palabra de Dios o a alguna obra espiritual que se relacione con ella. Entonces nuestras almas se verán nutridas y fortalecidas. Creceremos en la gracia, en el conocimiento y en el amor de nuestro Señor y Salvador Jesucristo. Entonces los frutos de justicia abundarán en nuestra vida práctica, para gloria de Dios.

          Puede ser, no obstante, que algunos de nuestros amigos repudien por completo el hábito de leer escritos humanos. Hay quienes asumen la postura de no leer nada excepto la Biblia. Ellos nos dicen que encuentran en ese Libro incomparable todo lo que les hace falta, y que los escritos humanos son más bien un estorbo que una ayuda.

          Bien, en cuanto a esto, cada uno debe juzgar por sí mismo. Ninguno puede ser una regla para el otro. En lo que respecta a nosotros, no podemos, a la verdad, asumir este elevado terreno. Bendecimos cada día al Señor, más y más, por toda la benévola ayuda que nos brinda a través de los escritos de sus amados siervos. Los consideramos como una preciosísima corriente de refresco y bendición espiritual que brota de nuestra glorificada Cabeza en los cielos, por lo cual nunca podríamos alabarle lo suficiente. ¿Se nos ocurriría dejar de oír a un hermano en la asamblea de la misma forma que rehusaríamos leer sus escritos? ¿No son éstas dos ramas del ministerio —la oral y la escrita— un don de Dios para nuestro provecho y edificación?

          Sin duda tenemos que ejercitar un celoso cuidado a fin de no darle una importancia desmedida al ministerio, ya sea oral o escrito. Pero el posible abuso de una cosa no constituye ningún argumento válido contra el uso de la misma. Hay peligro de ambos lados; y seguramente es algo muy peligroso despreciar el ministerio. Ninguno de nosotros es autosuficiente. Es el propósito de Dios que seamos de ayuda los unos a los otros. No podemos prescindir de ninguna de “las coyunturas que se ayudan mutuamente” (Efesios 4:16). ¡Cuántos habrán de alabar a Dios por la eternidad a causa de la bendición que recibieron por medio de libros y tratados! ¡Cuántos hay que jamás obtuvieron una pizca de ministerio espiritual, salvo lo que el Señor les envió mediante la palabra impresa! Se dirá: «Ellos tienen la Biblia». Es cierto; pero no todos tienen la misma capacidad para sondear las vivientes profundidades de las Escrituras ni de discernir sus glorias morales. No cabe duda de que, si no tuviésemos ministerio oral ni escrito, el Espíritu Santo podría alimentarnos directamente con los verdes pastos de las santas Escrituras. Pero, ¿quién se atrevería a negar que los escritos de los siervos de Dios constituyen un medio poderosísimo en las manos del Espíritu Santo para la edificación del pueblo del Señor en su santísima fe? Es nuestra firme convicción que Dios ha empleado más ese medio durante los últimos cuarenta años que durante toda la Historia de la Iglesia. [2]

          Y ¿no debemos alabar a Dios por ello? Por cierto que sí. Debemos alabarle con corazones rebosantes y ardientes; y deberíamos elevar nuestras oraciones a Dios con vehemencia para que conceda aun más bendición a los escritos de sus siervos; para que profundice su tono, acreciente su poder y amplíe su ámbito de acción. Los escritos humanos, si no están revestidos del poder del Espíritu Santo, no son más que papel de desecho. Del mismo modo, la voz del predicador o del maestro en público, si no fuera el vehículo viviente del Espíritu Santo, no sería más que “metal que resuena o címbalo que retiñe”. Pero el Espíritu Santo se sirve de ambos medios para la bendición de las almas y la difusión de la verdad; y consideramos que es un grave error desestimar un medio que Dios se ha placido adoptar. En realidad, tenemos que confesar que raramente hemos encontrado a alguien que rechace la ayuda que brindan los escritos humanos y no evidencie ser excesivamente estrecho de miras, tosco y extremista. No podríamos esperar otra cosa, pues el método divino es que seamos de ayuda los unos a los otros; de ahí que, si alguno pretende ser independiente o autosuficiente, deberá, tarde o temprano, darse cuenta de su error.

 

 

C. H. M.

 


NOTAS

 

[1] N. del T.— Hay que tener en cuenta que C.H. Mackintosh escribió este artículo en el año 1877. Si lo hubiera escrito hoy, seguramente no habría dejado de mencionar —o de tratar por separado— el tema de la televisión, la cual, además de haberse instalado como un miembro más de la familia en la mayoría de los hogares del mundo, ha desplazado casi por completo a la lectura. Indudablemente, lo que el autor dice respecto a la vanidad de la literatura «secular» se aplica igualmente a la TV, y aun con más razón, no sólo por la pérdida de tiempo que implica (véase Efesios 5:16; Colosenses 4:5) sino por su carácter mucho más virulento y sus nocivos efectos para la mente espiritual.

 

[2] N. del T.— Esto fue escrito en el año 1877.

 


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