Artículo N.º 36 (Correspondencia)

 

EL MATRIMONIO

 

(Respuesta a una carta)

 

          No nos sentimos con libertad de ofrecerle ningún consejo respecto de su situación. Usted debe acudir solamente a Dios. Cada uno debe aprender por sí mismo, en comunión con Dios, cuál es su propia senda en este solemne asunto. Siempre hemos encontrado que aquellos que fueron los más apresurados para ofrecer consejos, fueron los más incompetentes para darlos; mientras que, aquellos cuyo consejo merecía ser tomado en cuenta, fueron los más pausados para darlo. No vaya a suponer, querido amigo, que somos indiferentes a sus ejercicios; al contrario, nos condolemos profundamente de ellos; pero nosotros creemos que usted debe pedir consejo a Dios. 1.ª Corintios 7:32-34 enseña, muy ciertamente, que los solteros son los que más libertad tienen de cuidados; pero el versículo 7 enseña con claridad que “cada uno tiene su propio don de Dios”; y cada uno debe saber, por sí mismo, cuál es su propio don. Una cosa es decir: «Siga el ejemplo de Pablo», y muy otra tener el «propio don» para hacerlo. Es un error fatal que uno aparente andar en una senda para la que Dios no le ha dado ningún llamamiento ni le ha dotado de poder espiritual.

          Debemos recordar, en estos días de ritualismo y de renovado monasticismo, que el matrimonio es una institución santa y honrosa, establecido por Dios en el huerto del Edén; aprobado por su presencia en Caná de Galilea y declarado ser honroso en todo, por su Espíritu, en Hebreos 13:4. Esto es suficiente en cuanto al principio general; mas, cuando consideramos los casos individuales, cada uno debe ser guiado por Dios. A él lo encomendamos a usted muy afectuosamente.

          No podemos comprender cómo uno que se llame a sí mismo «cristiano» puede atreverse a hablar, en los términos que usted describe, de la santa y honrosa institución del matrimonio. Tampoco podemos entender por qué usted tuvo que buscar una opinión humana sobre el tema, estando Hebreos 13:4 brillando delante de usted, por un lado, y 1.ª Timoteo 4:1-4, por el otro. ¡Oh! ¿cuándo aprenderá la gente a abrir su Biblia e inclinarse ante su santa autoridad en todas las cosas? Detestamos absolutamente esa ficticia espiritualidad, santurronería y trascendentalismo que salta a la vista en las notas a las que usted llama nuestra atención. A nosotros nos parece que se trata simplemente de santidad en la carne, lo cual sabemos que es una de las habilidosas tretas de Satanás. El matrimonio fue instituido por el Jehová Dios en el huerto del Edén. Fue ratificado por la presencia de Cristo en Caná de Galilea. El Espíritu Santo declara en Hebreos 13 que es honroso. La prohibición del matrimonio es declarada doctrina de demonios en 1.ª Timoteo 4. Esto es plenamente suficiente para nosotros, por más que los píos sentimentalistas e hiperespiritualistas digan lo que les plazca.

          Debe ser absolutamente una cuestión de fe individual. Usted debe andar delante de Dios; pero procure andar en feliz y benigna comunión. Ustedes dos, juntos, deberían esperar en Dios y procurar ser de un mismo pensamiento en el Señor. Éste es su feliz privilegio. No hay nada más importante para los esposos que cultivar juntos el hábito diario de esperar en el Señor. Ello produce un maravilloso efecto en todo el ámbito de la vida doméstica. Pongan todo delante de Dios, derramen sus corazones juntos; no tengan secretos ni ninguna reserva. Entonces sus corazones estarán unidos en santo amor, y la corriente de su vida personal, conyugal y doméstica fluirá en paz y felicidad, para alabanza de Aquel que los ha hecho uno y los ha llamado a andar juntos como herederos de la gracia de la vida.

          Ya hemos alzado una voz de advertencia contra el terrible mal de los matrimonios mixtos (esto es, la unión de un creyente con un inconverso) y hemos dado un muy solemne ejemplo de sus consecuencias. Creemos que es un paso fatal que un creyente se case con un inconverso, y una triste prueba de que el corazón se ha apartado del Señor y de que la conciencia ha escapado de la influencia de la luz y la autoridad de la Palabra de Dios. Es sorprendente cómo el diablo logra echar polvo en los ojos de la gente en este asunto. Él induce a los creyentes a creer que serán una bendición para el cónyuge inconverso. ¡Qué lamentable engaño! ¿Cómo podemos esperar bendición sobre un flagrante acto de desobediencia? ¿Cómo puedo yo, siguiendo un mal camino, pretender en él corregir a otro? Pero sucede —y no infrecuentemente— que un creyente, cuando se empeña en casarse con un incrédulo, se engaña a sí mismo mediante la convicción de que es convertido. Estos creyentes aparentan estar satisfechos con pruebas de conversión que, bajo otras circunstancias, dejarían enteramente de inspirarles confianza. En estos casos, lo que gobierna es su propia voluntad. Ellos están decididos a seguir su propio camino, y entonces, cuando ya es demasiado tarde, se dan cuenta de su terrible error.

          Con respecto a su pregunta acerca de cómo debemos actuar con las personas que incurren en esta transgresión, no conocemos ninguna instrucción directa que conste en el Nuevo Testamento. Con toda seguridad, tendrá que haber una solemne reprensión y una fiel reprobación; pero creemos que se trata de algo que más bien pertenece al trabajo pastoral y a la disciplina personal que a la disciplina de la asamblea.

          Acerca del triste caso que usted menciona, no creemos que esté bien que un hijo «intente y gestione una reconciliación» entre sus padres. Si el marido desea regresar, la esposa deberá recibirlo. Creemos que esto se desprende claramente de 1.ª Corintios 7:13. “Y si una mujer tiene marido que no sea creyente, y él consiente en vivir con ella, no lo abandone”. Si él desea regresar, ello equivale a “consentir en vivir con ella”; y si a ella se le dice que “no lo abandone”, ello equivale a recibirlo. Al menos, así lo juzgamos nosotros. Puede ser que el Señor esté por llevar a sus pies al marido; y, si es así, sería muy triste que una esposa creyente resultara ser una piedra de tropiezo por falta de gracia. Sin duda, el marido ha faltado grandemente a sus deberes como esposo al abandonar a su mujer, aun si no hubiera nada más serio; pero si él realmente desea volver —aparte de cualquier manipulación o influencia externas—, no podemos sino considerar que es deber de toda esposa cristiana recibirlo y procurar, mediante su “conducta casta y respetuosa” (1.ª Pedro 6:2), ganarlo para Cristo. Si ella se opusiera, y él entonces fuese empujado al pecado o al endurecimiento de su corazón, ella nunca se lo perdonaría a sí misma.

 

C.H.M.

 


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