EL TRIBUNAL DE CRISTO

 

 

C. H. Mackintosh

 

 

 

Hemos recibido últimamente cartas de varios amigos en las cuales expresan un vivo deseo de obtener luz con respecto al solemne tema del tribunal de Cristo; y como es muy probable que haya muchos otros que tengan inquietudes similares sobre el mismo punto, quisiéramos detenernos a considerar con atención este tema antes que dar una respuesta demasiado breve a nuestros lectores.

 

Uno de entre ellos se expresa de la siguiente manera:

 

«Me encuentro ahora en una dificultad. Es respecto de una querida amiga que desde hace un tiempo ha estado muy afligida pensando que ante el tribunal de Cristo todos los pensamientos secretos y todos los motivos del corazón serán manifestados a todos. No tiene temores ni dudas en cuanto a su salvación eterna o al perdón de sus pecados; pero se sobrecoge de terror ante el pensamiento de que los secretos de su corazón serán hechos manifiestos a todos».

 

Otro nos escribe en estos términos:

 

«En presencia de las verdades benditas y de importancia eterna que nos enseñan Juan 5:24; 1 Juan 1:7-9; 2:12; Hebreos 10:1-17, deseo saber cómo entiende usted los pasajes siguientes que le transcribo en su totalidad, a fin de destacar las palabras a las que hago particularmente alusión: “Porque es necesario que todos nosotros comparezcamos ante el tribunal de Cristo, para que cada uno reciba según lo que haya hecho mientras estaba en el cuerpo, sea bueno o sea malo” (2 Corintios 5:10). “De manera que cada uno de nosotros dará a Dios cuenta de sí” (Romanos 14:12). “Mas el que hace injusticia, recibirá la injusticia que hiciere, porque no hay acepción de personas” (Colosenses 3:25).

 

«Estoy ansioso por tener la interpretación y aplicación correctas de estos pasajes; y pensé que usted no consideraría una pérdida de tiempo solicitarle su opinión sobre este tema».

 

Hemos tenido mucho interés, en estos últimos tiempos, en considerar los diversos motivos de angustia que parecen existir con respecto al solemne tema del “tribunal de Cristo”. Los mismos pasajes que cita nuestro corresponsal son tan claros, tan puntuales y tan precisos sobre la cuestión, que no podemos sino tomarlos tal como son y dejar que ejerzan sobre el corazón y la conciencia toda la autoridad que les pertenece: “Porque es necesario que todos nosotros comparezcamos (o seamos manifestados) ante el tribunal de Cristo”. “De manera que cada uno de nosotros dará a Dios cuenta de sí”. “Mas el que hace injusticia, recibirá la injusticia que hiciere”.

 

Éstas son claras afirmaciones. ¿Querríamos debilitar su fuerza, embotar su filo o desviar su punta? ¡Dios no lo permita! Antes bien debemos procurar hacer un santo uso de ellos ejerciendo presión sobre la vieja naturaleza, con todas sus vanidades, malos deseos y reacciones. El Señor quiso que los utilizáramos de esta manera. Nunca fue su intención que los utilizáramos con un espíritu legal, para debilitar nuestra confianza en Cristo y en su perfecta salvación. Nunca iremos a juicio por nuestros pecados; Juan 5:24, Romanos 8:1 y 1 Juan 4:17 son concluyentes al respecto. Pero entonces es necesario que nuestros servicios sean expuestos a los ojos del Amo. La obra de cada uno será probada, para que se ponga de manifiesto de qué clase es (1 Corintios 3:13). El día hará manifiestas todas las cosas. Todo esto es muy solemne, y debería conducirnos a velar más cuidadosamente por nuestras obras, caminos, pensamientos, palabras, motivos y deseos. El sentimiento más profundo de la gracia y la más clara comprensión de nuestra perfecta justificación como pecadores, no debilitarán nunca en nosotros el sentido de la profunda solemnidad respecto del tribunal de Cristo, ni hará mermar nuestro deseo de andar de modo tal de serle agradables (2 Corintios 5:9).

 

Bueno es discernir esto. El apóstol se esforzaba para ser acepto (2 Corintios 5:9, VM). Tenía su cuerpo sujeto, de modo de no ser reprobado (1 Corintios 9:27). Todo creyente debería hacer lo mismo. En Cristo ya hemos sido hechos aceptos y, como tales, nos esforzamos para serle aceptos. Cada verdad ocupa su propio lugar, y debemos procurar darle a cada una el lugar que le corresponde; y el medio para eso es estar mucho en la presencia de Dios y ver cada verdad en relación inmediata con Cristo. Siempre existe el peligro de utilizar una verdad desplazando de su lugar otras verdades: y esto es algo de lo cual deberíamos guardarnos cuidadosamente. Creemos que habrá en el tribunal de Cristo una plena manifestación de cada uno y de cada cosa. Allí todo saldrá a luz. Las cosas que parecían aquí abajo muy brillantes y dignas de alabanza, y que se hicieron con gran pompa entre los hombres, serán todas quemadas como tanta “madera, heno u hojarasca” (1 Corintios 3:12-15). Las cosas que fueron pregonadas a bombos y platillos, y que se utilizaron para buscar el aplauso de los hombres y coronar sus nombres con una aureola de gloria humana, serán sometidas a la acción penetrante del “fuego” y muchas de ellas posiblemente quedarán reducidas a cenizas. Serán manifiestos los consejos de todos los corazones. Todos los motivos, las intenciones y los designios serán pesados en la balanza del santuario. El fuego probará la obra de cada uno, y nada recibirá el certificado de autenticidad salvo lo que haya sido fruto de la gracia divina en nuestros corazones. Todos los motivos mezclados serán juzgados, condenados y consumidos por el fuego. Todo prejuicio, todo juicio erróneo, toda mala sospecha con respecto a otro, todo esto, y demás cosas parecidas, serán expuestos y arrojados al fuego. Entonces veremos las cosas como Cristo las ve, las juzgaremos como él las juzga. Nadie se complacerá más que yo mismo al ver toda mi hojarasca consumida. Incluso desde ahora, a medida que crecemos en luz, conocimiento y espiritualidad, a medida que nos mantenemos más cerca de Cristo y nos asemejamos más a él, condenamos de corazón muchas cosas que antes considerábamos buenas. ¿Cuánto más no lo haremos cuando estemos en todo el resplandor de la luz del tribunal de Cristo?

 

Ahora bien; ¿cuál debería ser el efecto práctico de todo esto en el creyente? ¿Hacerle dudar de su salvación? ¿Dejarlo en un estado de incertidumbre respecto de si es o no acepto? ¿Hacerle dudar de su relación con Dios en Cristo? Seguramente que no. Entonces, ¿cuál? Conducirlo a andar día a día con santa vigilancia, consciente de que camina bajo la mirada de su Amo y Señor; producir en él una cuidadosa atención de su conducta, sobriedad y juicio de sí mismo; infundir fidelidad, diligencia e integridad en todos sus servicios y en todos sus caminos.

 

Tomemos un simple ejemplo. Un padre se aleja de su casa por un tiempo y, al despedirse de sus hijos, les deja cierto trabajo para hacer y les traza cierta línea de conducta que deberán seguir durante su ausencia. A su regreso, puede que tenga que alabar a unos por su fidelidad y diligencia, mientras que deberá culpar a otros por su negligencia. Pero ¿acaso reniega de estos últimos? ¿Rompe la relación en que están con él? De ninguna manera; son tan hijos suyos como los otros, aunque señale fielmente sus faltas y los censure por ellas. Si han estado mordiéndose y devorándose unos a otros (Gálatas 5:15) en vez de hacer la voluntad de su padre; si uno ha estado juzgando la obra del otro en vez de atender la suya propia; si ha habido envidias y celos en vez de una cordial diligencia para cumplir las intenciones de su padre, todas estas cosas recibirán la censura que merecen. ¿Cómo podría ser de otro modo?

 

Pero hay algunos, como la amiga de nuestro corresponsal, que «se sobrecogen de terror ante el pensamiento de que los secretos de su corazón serán hechos manifiestos a todos». Pues bien, el Espíritu Santo declara que el Señor “aclarará también lo oculto de las tinieblas, y manifestará las intenciones de los corazones; y entonces cada uno recibirá su alabanza de Dios” (1 Corintios 4:5). No dice a quiénes será manifestado; y esto tampoco afecta en nada la cuestión, puesto que toda persona sincera se preocupará muchísimo más del juicio del Amo que del juicio de un consiervo. Con tal que agrade a Cristo, no tengo que preocuparme demasiado por el juicio del hombre. Y, por otra parte, si estoy más preocupado por la idea de tener todos mis motivos expuestos a los ojos de los hombres que por verlos expuestos a los ojos de Cristo, es evidente que debe haber algo que anda mal. Es una prueba de que estoy ocupado conmigo mismo. Si me resisto a exponer «mis motivos secretos», es claro entonces que éstos no son rectos y, cuanto antes los juzgue, mejor.

 

Y, después de todo, ¿qué diferencia habría si todos nuestros pecados y faltas fuesen hechos manifiestos a todo el mundo? ¿Son Pedro y David menos felices porque incontables millones de almas hayan leído el relato de sus vergonzosas caídas? Seguramente que no. Saben que la historia de sus pecados sólo magnifica la gracia de Dios e ilustra el valor de la sangre de Cristo, y por eso se gozan en ello. Así ocurre en todos los casos. Si nos despojáramos más de nosotros mismos y nos ocupáramos más en Cristo, tendríamos pensamientos más simples y más exactos acerca del tribunal de Cristo, así como respecto a cualquier otra cosa.

 

¡Quiera el Señor mantener nuestros corazones fieles a él en este tiempo de Su ausencia, de modo que cuando aparezca, no nos avergoncemos delante de él! ¡Que todas nuestras obras puedan ser comenzadas, proseguidas y terminadas en él de tal manera que nuestros corazones no se vean perturbados ante el pensamiento de verlas justamente pesadas y estimadas en presencia de Su gloria! ¡Que seamos constreñidos por el “amor de Cristo”, no por el temor al juicio, a vivir para aquel que murió y resucitó por nosotros (2 Corintios 5:14-15)! Podemos, con seguridad y felicidad, dejar todo en sus manos, ya que él llevó nuestros pecados en su cuerpo sobre el madero (1 Pedro 2:24). No tenemos ninguna razón para temer, pues “sabemos que cuando él se manifieste, seremos semejantes a él, porque le veremos tal como él es” (1 Juan 3:2). Tan pronto como Cristo aparezca, seremos transformados en su imagen, entraremos en la presencia de su gloria y, allí revisaremos el pasado. Desde esa sublime y santa elevación, miraremos para atrás sobre nuestra marcha aquí abajo. Veremos entonces las cosas bajo una luz totalmente diferente. Puede que nos sorprenda ver que muchas cosas que tanto ocupaban nuestros pensamientos aquí abajo, serán halladas defectuosas allá arriba; y, por otra parte, que gran número de pequeñas cosas que fueron hechas olvidándonos de nosotros mismos y por amor a Jesús, quedarán diligentemente registradas y serán recompensadas con creces. También estaremos en condiciones de ver, en la claridad de la luz de la presencia del Señor, muchos errores y faltas que nunca antes habíamos percibido. Y ¿qué efecto producirá todo esto? Precisamente hacer brotar de nuestros corazones fuertes y vibrantes hosannas para alabanza de Aquel que nos condujo hasta allí a través de todas nuestras penas y todos nuestros peligros, que ha soportado todos nuestros errores y todas nuestras faltas, y nos asignó un lugar en su reino eterno, para calentarnos bajo los relucientes rayos de su gloria y brillar en su imagen para siempre.

 

No nos extenderemos más sobre este tema. Confiamos en que se ha dicho lo suficiente para aliviar la carga de los queridos amigos que nos consultaron sobre él. Poder responder a nuestros lectores sobre aquellos temas con los que pueden tener dificultades, lo consideramos siempre un feliz servicio. Podemos decir que tenemos el sincero deseo de ser de ayuda y bendición para las almas de Su pueblo en todo lugar, para que el nombre del Señor Jesús sea glorificado.  

 

(Breves meditaciones Nº 36 (Volumen I)

 

 

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