EXPOSICIÓN DE LA PRIMERA EPÍSTOLA A TIMOTEO

 

William Kelly

 

 

CAPÍTULO 4

 

 

La asamblea, vista en su posición práctica y responsable ante los hombres como testigo de la verdad y la voluntad de Dios reveladas, naturalmente conduce al apóstol a considerar los esfuerzos de Satanás por socavar y falsificar la verdad, sin que falten las advertencias de Dios al respecto.

 

“Pero el Espíritu dice expresamente que en [los] postreros tiempos algunos apostatarán de la fe, prestando atención a espíritus seductores y a enseñanzas de demonios, 2 por hipocresía de mercachifles de leyendas, marcados a fuego en su propia conciencia, 3 que prohíben casarse, [prescribiendo] abstenerse de alimentos que Dios creó para recibimiento con acción de gracias por los fieles y [los] que han conocido plenamente la verdad. 4 Porque toda criatura de Dios [es] buena, y nada ha de rechazarse cuando es recibido con acción de gracias, 5 porque es santificado mediante [la] palabra de Dios y [la] intercesión” (v. 1-5).

 

El mal al que aquí se alude no es aquel postrero y más extendido del que se habla en 2 Timoteo 3:1-9, que habrá de manifestarse cuando la cristiandad se halle compuesta únicamente por hombres que profesen el nombre del Señor —una forma de piedad con la negación de su poder—, esencialmente no mejores que los paganos (compárese Romanos 1:28-32), aunque exteriormente tengan la apariencia, y la consiguiente responsabilidad, de la revelación final divina de la gracia y la verdad en Cristo. Menos todavía se trata de la terrible apostasía de 2 Tesalonicenses 2:3-12, la cual pondrá fin al siglo antes de que el Señor Jesús sea revelado en juicio desde los cielos para introducir el nuevo siglo y el reino de Dios se manifieste con poder y bendición universal en la tierra. Aquí no se contempla ninguna antipatía de ese tipo (absoluta o global) contra el evangelio y el Señor, sino que más bien se trata de una afectación sentimental e intelectual de santurronería ascética: los gérmenes de lo que ya en ese entonces estaba en actividad y que pronto habría de desembocar en las sectas gnósticas. Era pura pretensión humana, en contraste con la fe en las santas comunicaciones del pensamiento de Dios y con la sumisión del corazón a Su voluntad, quien no puede sino dirigirnos para Su gloria a través las corrupciones de un mundo arruinado por la concupiscencia.

 

Aquí, la libertad que caracteriza a aquellos que tienen el Espíritu Santo es suplantada por una sistemática esclavitud de la voluntad del hombre, con miras a lograr una santidad mayor que la de Dios, y fundada sobre ideas fantasiosas y etéreas que, siendo exageraciones de la imaginación, no pueden ser nunca la verdad que ellos pretenden con tanto afán. No es el corazón en reposo, sino el pretensioso esfuerzo de la carne, inflada por el enemigo, lo que en un tiempo posterior dio lugar al error oriental de dos principios divinos: uno malo y otro bueno; el bueno tenía que ver con el alma y estaba caracterizado por la luz; mientras que el malo tenía que ver con el cuerpo y se caracterizaba por las tinieblas: el Dios del Nuevo Testamento en contraste con el Dios del Antiguo en su maniquea forma final de heterodoxia. La raíz de todo esto parece estar aquí. El menosprecio por las cosas que Dios creó resulta en el menosprecio por el Creador. Tampoco el error ha muerto aún, aunque pueda refugiarse bajo frases confusas, para evitar así una colisión con la verdad. En nuestros días ha tomado la forma de «muerte a la naturaleza»(21) y de un menosprecio por las relaciones ordinarias. Se trata de los mismos principios que el Espíritu Santo denuncia aquí, en nuestro texto, como la negación de verdades fundamentales, las que son totalmente consistentes con las revelaciones más elevadas. Aquel que escribió a los romanos escribió también a los efesios, y el mismo apóstol es el autor de las epístolas a los Colosenses y a los Hebreos. Así, siempre se verá que aquellos que son verdaderamente más versados en los misterios de Dios tienen el mayor de los cuidados en mantener las inmutables verdades de Su naturaleza y el debido lugar de la criatura.

 

(21) N. del T.— En la época de Kelly surgió este movimiento, el cual sostenía una doctrina de santificación denominada «Muerte a la naturaleza» como supuesto antídoto contra el laodiceísmo prevaleciente. Puede leerse de J. N.Darby una adecuada refutación a esta escuela de error en el tratado: On the delusion of Death to Nature, and the misuse of Laodicea.

 

Aquí nadie escapaba del descarrío: “Algunos apostatarán de la fe, prestando atención a espíritus seductores y a enseñanzas de demonios, por hipocresía de mercachifles de leyendas”. Había, pues, tres clases de personalidades implicadas en el abandono de la fe: en primer lugar, las víctimas del error; en segundo lugar, los poderes invisibles del mal los espíritus o demonios embaucadores; y, en tercer lugar, los mercachifles de leyendas que eran los médium. Esto hace ver la importancia de tener una traducción correcta. Porque no se dice que los demonios eran los proferidores de mentiras en hipocresía, ni tampoco que ellos fueron marcados a fuego con un hierro candente aplicado a su conciencia. Esta confusión probablemente llevó a que se mitigara la verdadera frase. Restablezca usted el médium y desaparecerá toda necesidad de esa índole. Un hombre puede proferir falsedades con hipocresía. Nosotros difícilmente podamos hablar de la hipocresía de un demonio; y la Escritura ciertamente no ofrece ninguna garantía para atribuirle conciencia a un espíritu seductor. Pero esto es precisamente cierto de los falsos maestros que fueron impulsados por estos agentes invisibles del mal. Eran ellos los hipócritas y quienes tenían “su propia” conciencia marcada a fuego, a diferencia de los hombres desafortunados —pero menos culpables— que fueron descarriados por su medio.

 

Ellos prohibían casarse y mandaban a los hombres que se abstuvieran de viandas que Dios creó para que las recibiesen con acción de gracias los creyentes que han conocido plenamente la verdad. Tenía lugar la presunción de una extraordinaria pureza; pero los fraudes del diablo estaban en ello, pues esa presunción ponía en tela de juicio la institución divina del matrimonio, el vínculo de la sociedad aquí abajo. Pero “Dios no puede ser burlado”, de manera que los resultados no tardaron en demostrar que el maligno era su autor, pues la consecuencia fue la más profunda corrupción moral.

 

Puede darse el caso de que la gracia llame a un siervo de Dios por razones especiales y dignas a una senda inconsistente con la relación marital, por cuanto los deberes que emanan de tal relación no podrían llevarse a cabo con el debido cumplimiento de los objetivos de aquella senda. Vemos un ejemplo en el caso del apóstol Pablo mismo, como nos lo hace saber en 1 Corintios 7. Pero este mismo capítulo mantiene la regla general del estado matrimonial, así como en otra parte él exhorta a que éste “sea con honra en todo respecto” (Hebreos 13:4). Lo único que es supremo es el llamado de Dios. Sin embargo, el que recibe este llamamiento siempre respeta, y nunca menosprecia, la regla ordinaria a causa de aquella excepción. El error echa mano de la excepción (pues ningún error es capaz de subsistir sin una pizca o apariencia de verdad) y la transforma así en una regla humana. Es Satanás quien ocupa así el lugar y los derechos del Señor; él tiene por blanco exponer a Dios al desprecio y guiar al hombre —deslumbrado por el vano ideal de una santidad superior— a las profundidades de la corrupción. La verdad (y ninguna mentira procede de la verdad) es lo que santifica.

 

Asimismo, se hace patente el igual menosprecio por Dios en la prescripción de abstenerse de alimentos. Él los creó para que fuesen recibidos con acciones de gracias. Sin duda fue el propósito de Dios que todo ser humano participase de esos beneficios y lo hiciese en su justa medida; pero muchos son los que participan como bestias sin una real acción de gracias y, a menudo, sin siquiera guardar las formas. Los fieles, en cambio, aquellos que están plenamente familiarizados con la verdad, reciben tales dones de parte de Dios y dan las gracias respectivas. Satanás eleva a algunos a tal grado de locura filosófica que llegan a negar que esas dádivas provengan de Dios, quien las reconcilió consigo mismo mediante la muerte de su Hijo; luego, llegan también a imaginar que ellas son las tentaciones de un ser maligno y, finalmente, se animan a concebir que la pretendida creación de algo es una leyenda y que, en consecuencia, tampoco hay un Creador. De manera que el error, si bien es pequeño en un principio, se transforma en el origen de un terrible mal.

 

Por otra parte, no debe pensarse que aquí la importancia del ayuno es de alguna forma menoscabada por la agradecida recepción del pan de cada día. Antes bien estas dos cosas van juntas en toda mente sana y piadosa. Pero las artimañas del diablo se hicieron ver al aprovecharse éste de la abstención de alimentos. El ayuno es algo admirable en su debido lugar y por motivos particulares que surgen de vez en cuando según las directivas de la gracia de Dios. Pero algo completamente opuesto es el engaño de los espíritus seductores, el que fue convertido en ley por los mercachifles de leyendas, tal como sucedió con la abstención de contraer matrimonio. “Porque toda criatura de Dios es buena, y nada ha de rechazarse cuando es recibido con acción de gracias, porque es santificado mediante [la] palabra y [la] intercesión”. De este modo, las prohibiciones ordinarias de la ley desaparecen, pues en cuanto a esto (como a otras cosas) la ley nada perfeccionó (Hebreos 7:19). El Evangelio —la plena revelación de Cristo— al tiempo que se eleva hasta la gloria de Dios en los lugares más altos y se sitúa en presencia de las inescrutables profundidades del santísimo juicio divino del pecado en la cruz, reivindica todos los caminos de Dios en la creación, como así también en providencia. Por consiguiente, el cristiano (aunque no así el judío) puede decir que toda criatura de Dios es buena y que nada es de desechar; pero hay una condición: “si se recibe con acción de gracias”. Un santo desagradecido es una anomalía. El creyente mas sencillo, al igual que el no pasar por alto la bondad —y mucho menos la sabiduría— de Dios, quien creó todas las cosas y dijo a la vez: “De ningún modo te dejaré, ni te desampararé en forma alguna” (Hebreos 13:5).

 

Pero el apóstol agrega otra razón que confirma el agradecimiento del creyente: “Pues es santificado mediante [la] palabra de Dios y [la] intercesión.” De este modo, el usufructo de todas las cosas creadas por Dios queda resguardado. No es una mera licencia indiscriminada; pero, así como las restricciones de una ley dada para un limitado grupo de personas se desvanecieron ante la luz del Evangelio y la bondad de Dios fue oída por la declaración de que Él había limpiado aquello que para los prejuiciosos judíos habría de ser común (“todas las cosas son puras para los puros”, Tito 1:15), así también el receptor probaba su fe en “la palabra de Dios” por la respuesta de su “intercesión”. Fue su Palabra, y no la voluntad de ellos, la que aprobó el uso de todo lo que Dios creó como bueno para ser comido, y sus corazones —una vez que vinieron al conocimiento de Su gracia para salvación— se acercan en esa libre relación con Él, asegurada por Su amor, y proveniente de él mismo, el cual nos ha sido dado a conocer en Cristo y en su redención. Pero se trata de una relación, basada en Su gracia, la que recibe las cosas más pequeñas como siendo no tan pequeñas para Dios, y la que ha aprendido en Cristo que las cosas más grandes de Dios no son tan grandes para sus hijos.

 

La palabra εντευξις se traduce aquí por “intercesión” a fin de conservar su especificidad de acuerdo con su sentido en otras partes, como en el capítulo 2:1. La palabra “oración”, aunque aparentemente suena mejor —además le figurar en todas las viejas versiones inglesas, incluso en la R.V. (en las versiones comunes en castellano, el caso es el mismo; N. del T.— es demasiado vaga para expresar el libre curso —la íntima intercomunicación— que la gracia ha abierto entre Dios y sus hijos. Reconozco que “intercesión” suena inadecuada; pero no conozco mejor equivalente en nuestro idioma y, en consecuencia, me he aventurado a explicar lo que parece querer transmitir. Si la Palabra de Dios comunicó la realidad y la extensión de Su misericordiosa voluntad, los fieles pueden expresar, sin restricción de ninguna índole, lo que sienten sus corazones por todas las bondades de Su amor. De este modo, todo lo que es recibido es “santificado”. Pues ahora que sabemos que Cristo murió y resucitó, podemos decir también aquí que las cosas viejas pasaron, he aquí han sido hechas nuevas. Y todas las cosas son de Dios, quien nos reconcilió consigo mismo por medio de Cristo (2 Corintios 5:17-18).

 

En los versículos siguientes (6 al 16) el apóstol se dirige a aplicaciones de un carácter más preciso y, hacia el final, a lo que es todavía más estrictamente personal.

 

“6 Presentando estas cosas a los hermanos, serás un buen servidor de Cristo, nutrido con las palabras de la fe y de la buena enseñanza que has seguido estrictamente. 7 Pero rechaza las fábulas profanas y de viejas, y ejercítate para [la] piedad; porque el ejercicio corporal es provechoso para un poco, pero la piedad es provechosa para todas las cosas, teniendo promesa de vida, de la presente y de la que viene. Fiel [es] la palabra y digna de toda aceptación; 10 pues para este fin trabajamos y sufrimos vituperio, porque hemos puesto nuestra esperanza en un Dios viviente, quien es Salvador de todos [los] hombres, especialmente de los fieles” (v. 6-10).

 

El lenguaje empleado es de muy meditada moderación. Sugiriendo estas cosas a los hermanos, Timoteo sería un buen ministro de Cristo Jesús. La humildad no hace perder la dignidad en ningún caso: en un joven ella es muy conveniente y, además, confiere muchísima fuerza moral en los casos en que deban darse solemnes advertencias. El objetivo de todo ministerio es la exaltación de Cristo, pero esto no puede ser a expensas de la verdad o de la santidad. Los sustitutos del enemigo pueden parecer razonables y ciertamente adular a la carne; pero únicamente se puede confiar en la Palabra de Dios. Él asegura infaliblemente no sólo una cosa sino todas las cosas en armonía con Su voluntad revelada. La tradición humana tiene tan poco valor como la imaginación humana, y se hallará que ambas, si se les da cabida, a la larga no harán otra cosa que suplantar a la Palabra de Dios y ejercer su influencia a favor del poder del enemigo a través de un sometimiento de la Palabra a la voluntad del hombre. Exponer ante los hermanos lo que el Espíritu dice expresamente, es buen ministerio, es servir a Cristo Jesús. Así es cómo Él anduvo y sirvió aquí abajo. Su alimento era hacer la voluntad de Aquel que le había enviado y acabar su obra. ¿Hay algo más bienaventurado que andar y servirle de este modo ahora? Los hombres están más resguardados cuando Cristo solo es su objeto, puesto que él es la fuente de todo poder por el Espíritu para guiar y sustentar. Es Él quien llamó y quien envió a ocupar Sus cargos. Pero muy diferentes son los efectos morales, tanto para el ministro como para los demás, que produce el hecho de servir a una sociedad, aun cuando esa sociedad fuese la iglesia de Dios como patrona del servicio. El que busca agradar a los hombres no puede ser un siervo de Cristo en el pleno sentido del término: no podemos servir a dos amos.

 

Timoteo sería un buen servidor de Cristo Jesús si presentara la verdad divina. “Nutrido en las palabras de la fe y en la buena enseñanza que has seguido estrictamente.” Esto es algo importante. Para continuar bien en el servicio de Cristo uno debe estar bien preparado o nutrido en las palabras de la fe. Para comunicar, uno debe primero recibir. Pero el material adecuado no es la ciencia o la literatura de los hombres, sino “las palabras de la fe”. La buena enseñanza —que Timoteo había seguido ya estrictamente— proporciona el material para el correcto servicio de Cristo, quien repudia la sabiduría de este siglo. Las palabras de la fe están siempre más lejos y por encima de este siglo. Mezclarlas con las palabras persuasivas de la sabiduría humana no es otra cosa que una deshonra para Cristo. El Espíritu Santo ha sido dado para que no haya necesidad de ninguna índole, y esto, por la bondad de Dios, y también como la más completa salvaguardia contra las seducciones del príncipe de este mundo.

 

¿Qué puede mostrar mayor desdén hacia las constantes trampas de los judíos, como así también de los gentiles, que la exhortación del apóstol: “Rechaza las fábulas profanas y de viejas”? En estos términos él caracteriza a aquello que toma el lugar de la Palabra de Dios, el alimento de la fe. Allí donde no ha habido un saludable apetito del nuevo hombre, los sueños fabulosos siempre han ejercido una atracción sobre el corazón y la mente del hombre; y éstos seguramente abundan más cuanto mayor es la aversión que se siente por la revelación divina. Ellos estimulan, inflan y, en alguna medida, satisfacen a la vieja naturaleza. Pero el verdadero Dios no está allí, ni tampoco Jesucristo, a quien Él envió, y menos todavía están estos últimos allí donde tales individuos osan concebir y presentar del modo más profano ya sea a Dios o a su Cristo conforme a sus propias imaginaciones. ¿Qué puede ser más ofensivo que los evangelios apócrifos acerca del Señor? ¡Cuán palpables son las tinieblas en contraste con la verdadera luz que brilla en Él a través de los evangelios! ¡Qué absurdos, carentes de poder moral, por cierto, y positivamente nocivos son los imaginarios milagros de su infancia! ¡Qué santos, sabios y perfectos son los gloriosos reflejos de la verdad en cuanto a su infancia que tenemos en el evangelio de Lucas!

 

Timoteo debía alejarse de las fábulas de viejas. Pero, dice Pablo: “ejercítate para la piedad”. El servicio de Cristo es admirable; sin embargo, no hay mayor peligro que el descuido personal de la piedad. Es de suprema importancia que ésta sea guardada profundamente en el alma, puesto que, de lo contrario, las satisfacciones y el gozo —como así también las penas y los peligros de Su servicio— lo absorberían todo. Los atolondrados corintios corrían gran peligro de descuidar la piedad (1 Corintios 9:24-27). El apóstol, entonces, transfiere la exhortación a sí mismo: en vez de aplicarla a los corintios, que estaban en falta, se la aplicó a sí mismo para bien de ellos; y así les dice que él acostumbraba abofetear su cuerpo y tenerlo en sujeción, no fuera que, después de haber predicado a otros, él mismo fuese reprobado o rechazado. Eran ellos, y no él, quienes descuidaban la santidad y la piedad. Pero él se pone como ejemplo —hecho poco usual en él— a fin de que ellos fuesen advertidos de un peligro muy real para sus propias almas; él no desconfiaba en absoluto de Dios en cuanto a sí mismo.

 

Aquí, como en 1 Corintios 9, la figura del “ejercicio” parece haber sido tomada de los juegos públicos y de la preparación que se necesitaba para participar en ellos, algo muy familiar para la mente griega. Timoteo debía estar en constante entrenamiento: “Ejercítate para la piedad, pues el ejercicio corporal es útil (provechoso) para un poco, pero la piedad es útil (provechosa) para todas las cosas, teniendo promesa de vida, de la presente y de la que viene.” La alusión es evidente. El ejercicio exterior beneficia físicamente, o, como él dice estrictamente: “el ejercicio corporal es provechoso para un poco”. La piedad es un ejercicio espiritual y, como tal, demanda tanto una vigilancia continua como un santo dominio propio, y no menos una plena sumisión a la revelada voluntad de Dios, de la misma manera que el entrenamiento para los juegos requería, además de una abstinencia habitual de todo hábito que produjese un relajamiento, una práctica diaria con miras a lograr el fin perseguido. ¡Cuán insignificante es este último objetivo! pero ¡cuán trascendente es el primero! La piedad es provechosa para todas las cosas, teniendo promesa de vida, de la presente y de la que viene. El cristianismo no recoge diezmos como el judaísmo, pero no puede consentir reserva alguna aunque todo sea gracia. Él tiene —y, por su mismo carácter, debe tener— al hombre en su totalidad muerto al pecado y vivo para Dios, justo, a través de la presente vida, para la eternidad. Y este amplio espectro práctico de piedad es preeminente en estas mismas epístolas pastorales; no se hace tanto hincapié en privilegios celestiales o en alguna particularidad dispensacional, sino más bien en una vida sana y devota conforme a la piedad. Es esto lo que el apóstol recalcaba a Timoteo y lo que él también debía inculcar a los demás.

 

Aparece así, entonces, la repetición de la fórmula tan frecuente en estas epístolas: “Fiel es la palabra y digna de toda aceptación; pues para este fin trabajamos y sufrimos vituperio, porque tenemos nuestra esperanza puesta en un Dios viviente, que es Salvador de todos, especialmente de los fieles.” No se refiere aquí, según me parece, a la obra de Cristo para salvación de los perdidos que creen. El apóstol habla del Dios viviente como tal, de Dios en su carácter de preservador de los hombres, así como lo refiere Job también (7:20). Lo que tenemos ante nosotros es el cuidado providencial y el gobierno de Dios, en el que nada escapa a su mirada. Así, él viste a las hierbas del campo y alimenta a las aves del cielo que no siembran ni recogen en graneros. Y también hace salir su sol sobre malos y buenos, y envía lluvias sobre justos e injustos. ¡Cuánto más valiosos somos los suyos que muchos gorriones, teniendo contados aun todos los cabellos de nuestras cabezas!

 

Ningún cristiano puede olvidar por un instante los infinitos privilegios de la vida eterna y de la redención, de la esperanza celestial y de la gloria eterna; pero, ante estas cosas eternas e invisibles, bien podría llegar a pasar por alto los constantes cuidados diarios y particulares de Dios en los asuntos comunes de esta vida, lo cual significaría una gran perdida para sí y una deshonra para el Señor. Este versículo 10, al igual que el contexto precedente, preservaría al alma de tales errores. Los privilegios más elevados no invalidan —ni siquiera debilitan— esta inmutable verdad en su menor rango de aplicación diaria. Cuando esto tiene lugar, no es otra cosa que la infiel señal de la heterodoxia; y adviertan bien esto los fieles, pues nunca fue más abundante que ahora. La gracia nunca desacredita a la ley ni menosprecia a la naturaleza; pero un intelectualismo que se vale de un privilegio para destruir las responsabilidades y las relaciones es culpable en ambos respectos.

 

“Estas cosas encarga y enseña. Nadie menosprecie tu juventud, sino sé modelo de los fieles en palabra, en conducta, en amor, en fe, en pureza. 13 Hasta que venga, atiende a la lectura, a la exhortación, a la enseñanza. No descuides el don que te fue dado por profecía, con la imposición de las manos del cuerpo de ancianos. Ocúpate en estas cosas, sé enteramente en ellas; para que tu progreso sea manifiesto a todos. 16 Cuida de ti mismo y de la enseñanza, continúa en ello; porque haciendo esto te salvarás a ti mismo y a los que te oyen” (v. 11-16).

 

Lo que tenemos aquí son claros preceptos personales para Timoteo. La ausencia de presunción confiere, no menos, sino mayor autoridad e influencia para cumplir un solemne encargo o para impartir una enseñanza fiel; y la necesidad de admonición era tanto mayor por cuanto Timoteo era joven, aunque cualquiera que lo menospreciara por tal motivo sería inexcusable. Ello constituía una seria razón para que Timoteo cultivase ese lenguaje y modo de vida, ese amor, fe y pureza, con lo cual debía desarmar aun a los obstinados —los de espíritu desobediente y opositor—, con los que podía tener que tratar entre los creyentes.

 

Los términos contiguos demuestran concluyentemente que la “lectura” no era el estudio personal de las Escrituras, sino más bien la recitación pública de ellas para la instrucción general, ya que la “exhortación” y la “enseñanza” deben necesariamente referirse a otras personas. Momentos antes ya se había insistido sobre la importancia de su andar personal.

 

Por eso, inmediatamente después se le recuerda a Timoteo aquel don de gracia que le había sido comunicado, el cual constituía el fundamento de su ministerio. Pues ninguna gracia práctica, por importante que sea moralmente y por más que sea para gloria de Dios, habilita a un alma a emprender la carrera en el servicio de Cristo sin el respectivo don. Timoteo recibió el don a través de la imposición de las manos por parte de Pablo —como se nos dice más adelante (2 Timoteo 1:6)—, pero también la compañía de ancianos se asoció con el apóstol en la imposición de manos. Ellos fueron los apropiados testigos de aquel don, y los honorables asociados del apóstol. Pero el don en realidad se debió únicamente al ejercicio del poder apostólico bajo las órdenes del Señor. Y esto no sólo está ratificado plenamente por los hechos y el lenguaje empleado tal como aparece en otro pasaje, sino también por la fina distinción de las preposiciones utilizadas en los relatos que se registran en las dos epístolas a Timoteo. No vale la pena oír a aquellos que consideran como simple vaguedad el estilo del escritor —cuando en realidad es éste notablemente preciso— o que sostienen que prevaleció en él un amor por la mera variedad de palabras sin ninguna distinción intencional de su parte en frases que son más exquisitamente correctas que las de cualquier obra de literatura clásica de la antigüedad, por excelente y rigurosa que sea. Solamente aquí, en los Escritos inspirados, podemos estar plenamente seguros de la expresión exacta de la verdad sin afectación de ningún tipo.

 

La conexión de “profecía” con “imposición de manos”, se halla bien ilustrada por Hechos 13:2-3, en donde se ve al Espíritu Santo designando a Bernabé y a Saulo para cumplir la misión especial que motivaba su separación; y sus colaboradores, entonces, impusieron sus manos sobre ellos, encomendándoles conjuntamente a la gracia de Dios para la obra que estaban a punto de emprender entre los gentiles. Sin embargo, había, entre otras, esta marcada diferencia: ninguno de aquellos que impusieron las manos sobre estos ya bendecidos siervos del Señor en aquella ocasión pretendió conferir un don a alguno de éstos. No fue más que una simple comunión para encomendar a hombres que, tanto en posición como en poder, eran superiores a ellos mismos; y es probable que se repitiera con Pablo y Silas en Hechos 15:40 y, quizás, frecuentemente. En el caso de Timoteo (22), le fue dado, por medio del apóstol, un don que no debía descuidar. El uso de medios diversos para que el don pueda ser mejor aprovechado es importante; pero el don del Señor para la obra ministerial debe estar allí como fundamento. “Ocúpate en estas cosas; sé completamente en ellas, para que tu progreso sea manifiesto a todos.” Se reclama así una diligente perseverancia, sin distracciones con otras cosas. Sólo así se logra el crecimiento y el progreso, los cuales todo hombre honesto no puede dejar de ver.

 

(22) N. del A.: Bengel se equívoca totalmente al vincular “profecía” con el cuerpo de ancianos, y al incluir a Pablo en dicho cuerpo.

 

Pero hay todavía otra advertencia de supremo valor que, cuando se le presta la debida atención, trae consigo ricas bendiciones: “Cuida de ti mismo y de la enseñanza”, y hazlo en este orden: , primero; la enseñanza, después. Un maestro de la verdad necesita un santo y vigilante dominio propio más que ningún otro; pues no hay nada que corrompa más a uno, para deshonra del Señor y para tropiezo de las almas, que una conducta negligente combinada con la doctrina más elevada. Un andar moralmente malo, del cual se es consciente, siempre tiende a debilitar el testimonio a fin de parecer consistente; así como el mantenimiento de las verdades más elevadas sin ir acompañado de un andar consecuente conduce directamente a la hipocresía. Haciendo correctamente ambas cosas “te salvarás a ti mismo y a los que te oyen”, dice el apóstol. Salvación significa a menudo, como aquí, salvaguardia durante el transcurso de esta vida.

 

 

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Capítulo 4

 

Pero el Espíritu dice expresamente que en [los] postreros tiempos algunos apostatarán de la fe, prestando atención a espíritus seductores y a enseñanzas de demonios, 2 por hipocresía de mercachifles de leyendasa, marcados a fuego en su propia conciencia, 3 que prohíben casarse, [prescribiendo]b abstenerse de alimentos que Dios creó para recibimiento con acción de gracias por los fieles y [los] que han conocido plenamente la verdad. 4 Porque toda criatura de Dios [es] buena , y nada ha de rechazarse cuando es recibido con acción de gracias, 5 porque es santificado mediante [la] palabra de Dios y [la] intercesión. 6 Presentandoc estas cosas a los hermanos, serás buen servidor de Cristo Jesús[1], nutrido con las palabras de la fe y de la buena enseñanza que has seguido estrictamente. 7 Pero rechaza las fábulas profanas y de viejas, y ejercítate para [la] piedad; porque el ejercicio corporal es provechoso para un poco, pero la piedad es provechosa para todas las cosas, teniendo promesa de vida, de la presente y de la que viened. Fiel [es] la palabra y digna de toda aceptación; 10 pues para este fin [2]trabajamos y [2]sufrimos vituperio, porque hemos puesto nuestra esperanza en un Dios viviente, quien es Salvadore de todos [los] hombres, especialmente de [los] fielesf. 11 Estas cosas encarga y enseña. 12 Nadie menosprecie tu juventud, sino sé modelo de los fielesf en palabra, en conducta, en amor,[3] en fe, en pureza. 13 Hasta que venga, atiende a la lectura, a la exhortación, a la enseñanza. 14 No descuides el don que te fue dado por profecía, con la imposición de las manos del cuerpo de ancianos.[4] 15 Ocúpate en estas cosas, sé enteramente en ellas; para que tu progreso sea manifiesto a[5] todos. 16 Cuidag de ti mismo y de la enseñanza, continúa en ello; porque haciendo esto te salvarás a ti mismo y a los que te oyen.

 

 

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NOTAS DE CRÍTICA TEXTUAL DEL CAPÍTULO 4 (por W. K.)

 

[1] La preponderancia de excelentes y más antiguos manuscritos favorece este orden, contrario al del Textus Receptus, el cual no tiene el respaldo de tan siquiera un solo uncial en su primera lectura. Otras variantes en este versículo y en los tres siguientes, no merecen indicarse aquí.

 

[2] El primer και (“aun”), que precede a “trabajamos”, no figura en las copias más antiguas, ni en ninguna de las versiones antiguas, contrariamente al Textus Receptus. Pero αγωνιζομεθα —”luchamos” o “combatimos”— cuenta con el respaldo de אּpm A C Fgr Ggr K y ocho cursivos contra el resto de los testigos que presentan ονειδιζομθα —sufrimos oprobio—, como en el Textus Receptus.

 

[3] En el Textus Receptus consta “en espíritu”, pero en contra de los mejores manuscritos y de todas las versiones antiguas.

 

[4] El manuscrito Sinaítico cuenta con un ligero respaldo en contra de todo el resto de la evidencia, en el extraño equívoco de “los ancianos”.

 

[5] El Textus Receptus agrega “en”, como figura en el margen de la A.V. Pero la lectura correcta es “a”. Tal vez la A.V. se haya dejado influir por la Vulgata.

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NOTAS

 

a lit.: habladores de mentiras (mentirosos) b Éste es un caso que los gramáticos llaman zeugma, en el que otro verbo está implícito por el contexto, como en el capítulo 2:12 de esta epístola (W. K.) c lit.: proponiendo d o la que está viniendo e o Preservador f o creyentes g o presta atención


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