EXPOSICIÓN DE LA PRIMERA EPÍSTOLA A TIMOTEO

 

William Kelly

 

 

CAPÍTULO 3

 

A continuación se establece el carácter y las cualidades para desempeñar los cargos locales de obispos y diáconos. Timoteo, si bien no fue apóstol, tenía una posición superior aun al más eminente de los dos cargos, por lo que aquí es instruido en aquello que convenía a cada oficio. La prohibición de que las mujeres ejercieran autoridad naturalmente preparó el camino —una vez que se dio término en forma definitiva a su situación— para determinar los requisitos que convenían a aquellos que pudieran desear el desempeño de la buena e importante obra de supervisar (o vigilar) la casa de Dios. Se trata aquí de una cuestión de gobierno más bien que de dones, independientemente de la importancia de éstos para el correcto desempeño del oficio. Las mujeres estaban excluidas, pero no por eso todos los varones creyentes eran elegibles. Aquellos que deseaban realizar esta excelente tarea, debían reunir ciertas cualidades importantes, además de circunstancias moralmente claras.

 

Uno ve así el error que cometen aquellos que, como Calvino, hablan de «ordenar pastores». Porque “pastores, y maestros” son tratados por el apóstol, en Efesios 4:11, como dones de Cristo para el perfeccionamiento de los santos. La ordenación se realizaba cuando se consideraba el gobierno, o incluso el servicio en cosas materiales; y la única autoridad legítima para designar a los obispos o ancianos y a los diáconos descendió de Cristo mediante los apóstoles que Él eligió, o mediante delegados apostólicos, tales como Timoteo y Tito, especialmente comisionados para representar a un apóstol en esa tarea.

 

Sin duda alguna los apóstoles tuvieron un lugar único en su género. Ellos se sitúan en el primer lugar en las listas de dones (χαρισματα, 1 Corintios 12; δοματα, Efesios 4); pero también fueron la principal autoridad designada con poder para elegir autoridades subordinadas en el nombre del Señor. Por consiguiente, ellos —y sólo ellos— son vistos en la Escritura designando presbíteros (ancianos) y diáconos (servidores), ya sea de forma directa o mediante un representante autorizado para actuar en una determinada esfera, como lo fue Tito. Nunca se oye cosa tal como que un presbítero ordenase a otro presbítero o a un diácono. Ello destruye todo el principio de autoridad que desciende de arriba, como está establecido en la Escritura; pero si se implementa —o debiera implementarse— otra cosa, “la Escritura no puede ser quebrantada” (Juan 10:35).

 

Si nos hemos familiarizado con la Escritura, enseguida aprenderemos que evangelistas, pastores y maestros son simplemente dones de Cristo, independientemente de la cuestión de la ordenación, al igual que los profetas, a quienes nadie (excepto los fanáticos que menosprecian la Escritura en favor de sus propias comunicaciones cuasi-divinas) pensaría en ordenarlos. Todos ellos están obligados por igual a ejercitar sus dones con directa responsabilidad ante Aquel que los dio y envió para la obra del ministerio, para la edificación del cuerpo de Cristo.

 

Quienes exigís orden en este asunto, ¿por qué no hacéis caso al orden del Señor, el único orden reconocido en las Sagradas Escrituras? ¿Acaso tenéis tantos prejuicios que no veis nada excepto el orden tradicional de vuestra propia secta? Cuidaos de renunciar a todo principio y, si sabéis que vuestro propio orden carece de valor bíblico, cuidaos también de conformaros a un orden cualquiera que sea de origen humano y contrario a la Palabra de Dios. Qué triste sería, queridos hermanos, que el único orden que censurarais fuese aquel que está fundado únicamente en la Escritura y formado por la obediencia a ella, sea por lo que se hace o por lo que no se hace. Escudriñad y ved en qué posición estáis respecto a esta buena obra; escudriñad las Escrituras para ver si estas cosas son así. Dios hizo que su Palabra fuese escrita a fin de que sea entendida y obedecida.

 

El error católico consiste en confundir ministerio y gobierno con sacerdocio, y este error es fundamental. Tal confusión surge de la ignorancia del Evangelio, y es de extracción o bien judía o bien pagana; es propia de los lugares en donde se desconoce la relación viva de hijos reconciliados con el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo. Todos los cristianos son sacerdotes (Hebreos 10:19-22; 1 Pedro 2:5-9; Apocalipsis 1:6), y no es ésta una mera cuestión de palabras o de título, sino de hecho. Ellos son traídos ante Dios por la sangre de Cristo y, teniendo un gran Sumo Sacerdote, son ahora exhortados a venir con confianza ante el trono de la gracia (Hebreos 4:16) más aún, a entrar en el Lugar Santísimo por la sangre de Jesús, por el camino que Él nos consagró, un camino vivo y nuevo, “a través del velo”. Nadie en la antigüedad podía hacerlo, salvo que fuese sacerdote de la más alta dignidad, con temblor y sólo una vez al año; mientras que “hermanos”, como tales, son ahora libres para hacerlo habitualmente (Hebreos 10:19-22). Pero no todos los cristianos son ministros de la Palabra, sino sólo aquellos a quienes el Señor, por el Espíritu, ha dado el don: “Teniendo, pues, diferentes dones según la gracia que nos es dada, si profecía...” (Romanos 12:6-8).

 

El error protestante consiste en confundir los dones con oficios o cargos (14). Los dones se hallan asociados al cuerpo de Cristo, como lo vemos en cualquier pasaje donde se habla de ellos. Los cargos locales nunca se hallan confundidos con dones, si bien algunos individuos podían tener ambos. Cuando Cristo ascendió a los cielos, dio dones, algunos de los cuales fueron dados, incuestionablemente, para echar los cimientos, como el de apóstol y el de profeta; otros, como el de evangelista, pastor y maestro, para cumplir la obra en su forma más ordinaria. Tal es la verdadera fuente y el carácter del ministerio de la Palabra. El ministerio, pues, es servir a Cristo el Señor mediante el ejercicio de cualquier don que haya sido dado para cualquier propósito de Su amor. Por eso, aun en su forma más modesta, el don es conferido esencialmente en la unidad de Su cuerpo, y no se limita a esta o a aquella localidad; mientras que el cargo local —el cual tiene como objetivo el gobierno—, se basa en la posesión de cualidades principalmente morales (con o sin dones específicos relativos al ministerio de la Palabra) las que darían peso al tratar con las almas, o en la correcta aptitud en el desempeño de deberes de orden material.

 

(14) N. del A.— Algunos tratan de reforzar el error mediante el argumento de que el término inglés «presbyter» es la forma extensa de «priest» —sacerdote—. Es muy probable que la palabra inglesa priest, etimológicamente deba su origen a aquella exótica forma anglicanizada (presbyter, del griego πρεσβυτερος). Pero, en cuanto al uso, ambas difieren completamente. Priest, en todas las versiones —salvo en la corrupta Rhemish— representa a aquel que oficia el sacrificio, ιερευς, y no a su antecesora, la cual realmente significa «anciano».

 

La importancia de esta distinción es grande porque los hombres ignoran por completo la permanencia real y el carácter universal de los dones, y amalgaman todo en los cargos locales, los cuales han venido a ser considerados como puestos fijos, inalienables y exclusivos. Uno de ellos es el ministro; el otro (constituido por uno o por varios en número) un oficio subordinado, y en algunos lugares el noviciado para el cargo más alto. La verdad vista en la Escritura es que cuando las asambleas tuvieron tiempo para crecer un poco, los apóstoles solían elegir ancianos o presbíteros para los discípulos (y nunca, los discípulos para ellos mismos, Hechos 14:23), lo cual demuestra a todas luces la existencia de asambleas que todavía no los tenían y que nunca hubieran podido tenerlos (como era el caso de algunas asambleas) por falta de autoridad apostólica (directa o indirecta) para designarlos, lo que es una consideración reconfortante para aquellos que se ajustan al orden de las Escrituras y rehúyen imitar lo que cubrió las necesidades de otra época, pues creen que el Señor, quien ordenó las cosas de este modo, es digno de toda confianza, sin invenciones de nuestra parte por falta de aquel orden provisorio.

 

“Fiel [es] la palabra: si alguno anhela [ejercer la] supervisión, buena obra desea. 2 El supervisor [u obispo], por lo tanto, debe ser irreprochable, marido de una [sola] mujer, templado, sobrio, ordenado, hospitalario, apto para enseñar, 3 no dado al vino, no pendenciero, sino apacible, no contencioso, no amigo del dinero, 4 uno que gobierna bien su propia casa, teniendo a [sus] hijos en sujeción con toda gravedad, 5 (pero si uno no sabe cómo gobernar su propia casa, ¿cómo cuidará de [la] asamblea de Dios?), 6 no neófito, no sea que, hinchado [de orgullo], caiga en la falta [o juicio] del diablo” (v. 1-7).

 

La traducción «obispado» u «oficio de obispo» induce a error, puesto que el oficio moderno, con el cual está familiarizada la mayoría, difiere muchísimo de la realidad primitiva; porque había varios en cada asamblea, con deberes gubernativos coordinados de una naturaleza circunscripta, siendo valiosos todos ellos, y honrados en su lugar correspondiente. De ahí que parezca mejor y más sabio, así como más consistente, llamar a la función supervisión (vigilancia) y al funcionario supervisor, de conformidad con la A.V. inglesa en Hechos 20:28, en donde los ancianos de la asamblea de Éfeso (v. 17), que se encontraron con el apóstol en Mileto, son designados de este modo. Se observará que allí no se trata de regentes episcopales de muchas diócesis o de asambleas separadas, y mucho menos de varios jerarcas que son nombrados y llamados presbíteros, por haber ascendido de un grado inferior al grado superior; sino que los ancianos, o presbíteros, son llamados “supervisores” u obispos; y esto, con respecto a la única asamblea de Éfeso.

 

¿Qué hombre honesto e inteligente puede negar que este pasaje es incompatible ya sea con el Episcopado, con el Presbiterianismo e incluso con el Congregacionalismo, los tres sistemas característicos de la cristiandad que reclaman basarse en las Escrituras? Pues, a la luz de este pasaje, la figura de «el» ministro de los dos últimos sistemas queda completamente destruida, al igual que el «prelado» del primero. Todos ellos son manifiestos inventos que surgieron después de los tiempos apostólicos, y que están en irreconciliable oposición con los hechos claros y los principios esenciales de los días en los cuales la Palabra divina regía a aquellos que invocaban el nombre del Señor. Y si esto es algo puramente humano, ¿de qué vale tener en cuenta su antigüedad? ¿No son acaso todos ellos distintos matices de la misma masa de barro, de ese pretendiente superior a cualquiera de ellos, el Papado, por mucho el más débil y el peor de todos espiritualmente? Otros pasajes tales como Hechos 14:23; 15; Filipenses 1:1; 1 Timoteo 5:17; Tito 1, enseguida podrían citarse como refuerzo para confirmar lo dicho; pero creo que para un alma recta es suficiente apoyarse sobre la base de un solo pasaje de la Palabra de Dios, por lo que nada más se agrega por ahora. “La Escritura” —lo repetimos— “no puede ser quebrantada” (Juan 10:35).

 

La fórmula “Fiel es la palabra”, con la que el apóstol comienza aquí, se repite en esta epístola, si bien se la encuentra en la segunda epístola a Timoteo y en la epístola a Tito, aunque una sola vez en cada una de estas últimas. En la que nos ocupa aparece en tres ocasiones; en la primera (1:15) y en la tercera (4:9) con la apropiada adición: “y digna de toda aceptación”, la que estaría fuera de lugar en el caso que consideramos, y mucho más en la segunda epístola (2:11) o en la epístola a Tito (3:8).

 

Se trata de una cuestión de gobierno en la asamblea; y fiel es la sentencia: cualquiera que aspire a la supervisión, desea una obra buena u honorable. Se requieren cualidades morales —no dones—; y, además, circunstancias, ya sean personales, ya sean de relación con los demás, de buena reputación. De ahí que se exigía ser marido de una sola mujer, así como un testimonio de conducta sin reproche. ¡A cuántos evangelistas se ha dignado Dios bendecir, que en otro tiempo habían sido pecadores desvergonzados en la violencia y la corrupción! El supervisor no podía tener tal fama. Por otro lado, si un hombre tenía más de una mujer, no por ello se le iba a negar la comunión —pues muchos, judíos o gentiles, en esa situación, podían creer al Evangelio—, sino que el tal era inelegible para ser un santo guardián del orden según Dios entre los santos. Dominio propio, moderación y modestia o buen orden se requería en uno que estuviese al frente de los demás; de lo contrario, toda palabra que dirigiese a los demás, resultaría minada por sus propias faltas. Era también importante que el amor activo fuese demostrado por la hospitalidad, así como evidenciar inteligencia o aptitud para enseñar, sin ser necesariamente un maestro. Pero detenerse mucho en el vino, con el carácter pendenciero que éste produce, no podía tolerarse para esta tarea, sino que era necesario un espíritu apacible y no contencioso, libre del amor al dinero y acostumbrado a gobernar bien su casa, teniendo a sus hijos sujetos con toda gravedad. Pues en cuanto a eso, demasiada inconsistencia práctica sería fatal, más aún tratándose de la asamblea de Dios, la cual necesita un cuidado mucho mayor que la propia casa de uno.

 

Además, uno recién llegado a la fe —un “neófito”— era objetable —no, desde luego, para el ejercicio de algún don confiado por el Señor, sino— para esta delicada posición en el trato con los demás, “no sea que, siendo hinchado, caiga en la falta (o juicio, κριμα) del diablo”. “Condenación” es una expresión demasiado fuerte y no es el sentido que se quiere comunicar aquí. Parece hacerse alusión al notable pasaje de Ezequiel 28:11-19, en el que el rey de Tiro es manifestado en términos que parecen reflejar la caída de una criatura aún más exaltada, a causa de su engreimiento y presunción.

 

El conjunto de requisitos finaliza con la demanda de que tenga buen testimonio de los de fuera, “no sea que caiga en vituperio y trampa del diablo”. Esto, naturalmente, no tiene nada que ver con la vanidad u orgullo de la criatura ocupada con su propia posición en comparación con la de los demás, sino que advierte acerca del peligro debido a una mala reputación; porque si no supo guardar su corazón en la presencia de Dios (¡y qué difícil es esto cuando uno está en continua relación con los demás!) ¡Cuánta ventaja daría al enemigo el conocimiento de ello, tanto para calumniar como para tender sus trampas! Porque si uno que se halla en tan pública y responsable posición no tuviere buena fama, bien sabría Satanás cómo avergonzarlo en su afán por guardarse de hipocresía, o lo conduciría, al menos, a la apariencia de la hipocresía, si el tal intentase burlar el escándalo.

 

No es un santo ordinario aquel que es idóneo para esta seria y honorable tarea de supervisión o cuidado de los demás, ni puede uno sorprenderse —a menos que esté viciado por la tradición eclesiástica o por el orgullo del viejo hombre no juzgado— que un apóstol —o un delegado apostólico especialmente calificado—, sea el único que en la Escritura se ve competente para nombrar presbíteros. Nunca fue la asamblea —independientemente de la piedad o la inteligencia de aquellos que la componían— la encargada de una elección tan difícil de cumplir. Tales son los hechos de la Palabra de Dios, los cuales concuerdan completamente con el principio de que la autoridad no viene de abajo —cualesquiera sean las teorías de los hombres antiguos o modernos— sino de arriba, esto es, de Cristo el Señor, quien no sólo da dones como Cabeza de la Iglesia, sino que también es la fuente y el conducto de toda verdadera autoridad, como ha sido observado oportunamente.

 

Es generalmente aceptado que “diáconos” o “ministros” (como algunos lo prefieren traducir, a fin de evitar confundirlos con los grados inferiores o más antiguos del clero, hecho tan familiar en los tiempos modernos) se corresponden con “los siete” que sirvieron a las mesas en la ministración diaria en Jerusalén (Hechos 6:3; 21:8). Es cierto que “los siete” no son llamados de este modo y que en ninguna otra parte hay algún pensamiento acerca de «siete diáconos». También es cierto que en Jerusalén desde el principio prevaleció la condición de poseer todas las cosas en común —algo absolutamente peculiar para aquel tiempo y lugar—, lo que creó la necesidad, para los apóstoles, de designarlos, por un lado, para mitigar las murmuraciones de algunos y, por otro, para otorgarse a sí mismos más tiempo con el objeto de persistir con mayor constancia en la oración y en el ministerio de la palabra. No obstante, aun admitiendo que todo se debió a la forma y orden primitivos en Jerusalén, concuerdo con otros en que, sustancialmente, está a la vista el mismo oficio. “Los siete” sirvieron como diáconos en las circunstancias propias de aquel entonces, así como otros sirvieron en alguna otra parte de forma más ordinaria. En Jerusalén, al menos, ellos fueron elegidos por los discípulos, y los apóstoles les impusieron las manos con oración.

 

“[Los] diáconos asimismo [deben ser] graves, no de doble palabra, no dados a mucho vino, no ávidos de sórdida ganancia; 9 guardando el misterio de la fe con una conciencia pura. 10 Y éstos también sean primero probados, luego que sirvan como diáconos, siendo intachables. 11 [Las] mujeres asimismo [deben ser] graves, no calumniadoras, sobrias, fieles en todas [las] cosas. 12 [Los] diáconos sean maridos de una [sola] mujer, conduciendo (gobernando) bien a [sus] hijos y sus propias casas; 12 pues los que han servido bien como diáconos, ganan para sí un buen grado y gran valor en [la] fe que es en Cristo Jesús” (v. 8-13).

 

Se  ve claramente que los requisitos previstos para los diáconos no son tan altos como aquellos estipulados para los obispos o supervisores, si bien hay algunos en común. Sus deberes son de carácter inferior. Se procuraba la seriedad así como la ausencia de engaño. Estas cosas serían naturalmente requeridas también en nuestro trato con los demás en las actividades más comunes de la vida, y cualquier falta en este sentido acarrearía menosprecio contra este oficio. Pues si bien todo cristiano es llamado a andar en pos de Cristo, con más razón seguramente un diácono debe reflejar Su luz hasta en las cosas mas comunes que deba realizar. Además, no debe ser dado a mucho vino, ni tampoco codicioso de sórdida ganancia: cualquiera de ambas cosas sería ruinoso para el debido cumplimiento de sus funciones y para la confianza que debe inspirar a los demás. Hemos visto que son mucho más amplios los requisitos para el obispo, quien debe ser sin reproche, templado, sobrio, ordenado, dado a la hospitalidad, apto para enseñar, las cuales cosas no se mencionan con respecto al diácono, salvo cuando se trata de la gravedad: en ésta ambos coinciden fuertemente, pues así como el obispo no debía estar mucho tiempo con el vino (o ser pendenciero por efecto del mismo), el diácono no debía ser “dado a mucho vino”. Y así como el diácono no debía ser ávido de sórdida ganancia, así tampoco el obispo debía ser amante del dinero. A diferencia del obispo, que debía ser “apto para enseñar”, no se dice nada respecto del diácono en cuanto a este punto; sin embargo, los diáconos deben guardar el misterio de la fe con una conciencia pura. Éste por cierto es el deber de todos los santos, pero si justamente en los que desempeñan el oficio se tolerara una conducta relajada ¿qué otra cosa haría tropezar más al mundo, afligir a los santos y deshonrar al Señor?

 

Quizás valga la pena subrayar que “misterio”, a la vez que nunca significa algo ininteligible, jamás se aplica a una institución o sacramento. En 1 Corintios 4:1, “administradores de los misterios de Dios” señala a aquellos que son llamados a ser responsables de revelar las verdades características del cristianismo. El bautismo y la cena del Señor jamás se describen en estos términos, y el término no puede ser aplicado con propiedad a los mismos como ritos sino a lo sumo únicamente a las verdades que representan. Pero si bien los diáconos no son llamados “administradores” de los misterios de Dios, sí deben guardar el misterio de la fe —es decir, las verdades distintivas del cristianismo— con una conciencia pura. Naturalmente que el Antiguo Testamento sigue teniendo la misma autoridad divina para toda conciencia y sigue siendo de extraordinario valor para todos los cristianos. Pero en el Nuevo Testamento tenemos una revelación más amplia de verdades que eran completamente desconocidas para los santos anteriores a Cristo. “El misterio de la fe” expresa la verdad que nunca antes había sido revelada, el sistema general de aquello que se conoce comúnmente como cristianismo, superior a lo que se conocía antiguamente, aunque, por cierto, confirmándolo de la manera más interesante y en el más alto grado. Esa verdad se ocupa en lo atinente a la conciencia de la forma más íntima y la purifica.

 

Pero también cabe la posibilidad de que se sostengan verdades elevadas a la par de una práctica habitualmente baja o mala. Esto no podía esperarse de parte de un diácono, así como es indigno de parte de cualquier cristiano. El diácono era llamado a guardar el misterio de la fe “con una conciencia pura”. Los demás podían no ser capaces de juzgar directamente el estado de su conciencia, pero un andar desordenado es la prueba más clara de que la conciencia de un hombre no puede ser pura. Cuando esto se hacía evidente, se permitió —más aún, incumbía a los santos— juzgarla.

 

Aun aquí debía tenerse cuidado en la introducción gradual de los diáconos a sus deberes: “Y éstos también sean primero probados, luego que sirvan como diáconos, siendo intachables”. El hecho de probarlos primero, podría poner de manifiesto su incapacidad para la tarea, pues hay muchos santos que no pueden ejercer ni siquiera una pequeña y breve autoridad, y aquello que se descubre exteriormente en los tales enseguida expone al peligro de una degradación moral. Andar intachablemente en lo mínimo de tales nuevos deberes no era ningún testimonio de su aptitud para servir en todo.

 

Las mujeres que tuvieran la más intima relación con ellos no son olvidadas. Ellas asimismo deben “ser graves, no calumniadoras, sobrias (templadas), fieles en todo”. Los deberes de sus maridos les ofrecían la oportunidad de enterarse de muchas cosas de naturaleza delicada. En consecuencia, debían ser “graves, no calumniadoras, sobrias (templadas), fieles en todas [las] cosas”. Nadie sino éstas podían ayudar a sus esposos correctamente; aquellas que fuesen lo contrario a lo aquí establecido no sólo serían un estorbo sino que conducirían a constantes dificultades y escándalos.

 

El obispo no era el único que debía ser marido de una sola mujer, sino que también debían serlo los diáconos. Se le asestaba así un golpe mortal a la poligamia. Al margen de las capacidades y cualidades que podía tener un cristiano, él no podía ser siquiera un diácono si es que —como muchos en aquel entonces— tenía más de una esposa. Esto fue estrictamente dispuesto para todos aquellos que detentaban un oficio en la asamblea, independientemente de cuánto la gracia los había perdonado, en tanto que “las autoridades” civiles toleraban lo contrario.

 

Además, los diáconos, al igual que los obispos, debían gobernar bien a sus hijos y sus casas. Era inadmisible que imperase el desorden entre los hijos o en los hogares de aquellos que servían aun en cosas materiales. La asamblea de Dios está puesta en este mundo, hasta que el Señor venga, para manifestar Su voluntad y para agradarle.

 

Pero los diáconos —como los siete— no estaban destinados únicamente a cumplir ese servicio para el cual eran designados, pues aquellos que han servido bien como diáconos, ganan para sí un buen grado y gran valor en la fe que es en Cristo Jesús. Esto lo vemos tanto en Esteban como en Felipe, que eran de los siete: el uno, altamente honrado por Dios como maestro de la verdad; el otro, ampliamente utilizado para esparcir el Evangelio en los lugares donde éste nunca antes había penetrado. Esto era ganar para sí una buena posición, y nadie qua lea el relato del Espíritu Santo acerca de su testimonio y de los resultados del mismo puede dudar de su gran valor         en la fe que es en Cristo Jesús.

 

 

La presencia de un apóstol era una bendición de incalculable valor, tanto para establecer la asamblea en cualquier lugar como para edificarla. Pero ¿qué no le debemos también a su ausencia? Así pues, Pablo escribió, como aquí a Timoteo, en otras ocasiones a ésta o a aquella asamblea y nos legó así, de forma permanente, el pensamiento del Espíritu aplicado a las necesidades instructivas, a las dificultades y a los peligros de los santos aquí abajo.

 

“Estas cosas te escribo, esperando venir a ti más pronto; pero si tardare, para que sepas cómo debemos conducirnos en [la] casa de Dios, la cual es [la] asamblea de[l] Dios viviente, columna y base de la verdad” (v. 14-15).

 

Vemos así que la pérdida de la presencia del apóstol se torna en algo provechoso no sólo para Timoteo sino también para nosotros. A partir de los deberes especificados, estamos ahora frente a la gran verdad de que Dios tiene una casa en la tierra, en la que cada cristiano tiene que conducirse correctamente. Nuestras relaciones son siempre la medida y el modelo —como también el fundamento— de nuestros deberes. ¡Cuán solemne y precioso es saber que Dios tiene su lugar de morada en la tierra, con el cual todo creyente tiene una relación, tanto en la fe como en la práctica!

 

No hay duda de que esto tenía por objeto actuar sobre el alma de Timoteo, pero la estructura de la frase indica que la misma no se limitaba a Timoteo. Ella está expresada de este modo a fin de abarcar a todos y a cada uno de los santos en su propia posición. Ya no se trata ahora de un sobreveedor, de un diácono, ni de sus esposas. Todo está sobre el terreno más general, pero ¿qué otra cosa podría actuar más poderosamente sobre la conciencia que verse uno mismo llamado a comportarse como conviene a la casa de Dios? Todas las versiones inglesas, desde Wiclif hasta la A.V. refieren el llamado únicamente a Timoteo y a su responsabilidad personal (18). No puedo menos que concordar con los Revisores en el hecho de que la aplicación está expresada adrede de una forma más general. Tal vez la versión: “cómo los hombres deben comportarse” difícilmente sea tan afortunada como ésta: “cómo uno debe comportarse”. «Los hombres» parece un pensamiento demasiado vago, del mismo modo que las versiones inglesas anteriores son más bien de aplicación demasiado limitada.

 

(18) N. del T.— Igualmente lo hace la versión Reina-Valera en todas sus revisiones, así como la Versión Moderna.

 

En el Antiguo Testamento, Dios tenía su casa en la tierra. Esto no siempre fue así. En el comienzo de los tratos de Dios con el hombre, Él no tuvo tal lugar de morada aquí abajo. No vemos nada semejante antes de la caída del hombre durante su breve permanencia en Edén; menos todavía hubo tal casa durante el largo y penoso período de la historia del hombre caído hasta el diluvio. Ni se le concedió a Noé este privilegio cuando Dios estableció su pacto y puso su “arco en las nubes, por señal entre él y la tierra” (Génesis 9:13). Ni aun a los patriarcas Abraham, Isaac y Jacob les fue dado tal privilegio, si bien es cierto que Jacob dijo en su temor: “¡Cuán terrible es este lugar! No es otra cosa que casa de Dios, y puerta del cielo” (Génesis 28:17). Más correctamente él añadió: “Esta piedra que he puesto por señal, será casa de Dios” (v. 22, versión Valera). Hasta ese entonces, Dios no tenía realmente ninguna casa que pudiera reconocer en la tierra, si bien la fe la podía anticipar.

 

¿Sobre qué, entonces, está basada la casa de Dios? Sobre la redención. Y por este motivo, como Éxodo es el libro de la redención por excelencia, precisamente ese libro del Antiguo Testamento es el que primero, y del modo más abundante, trata sobre la casa de Dios. El segundo libro de Moisés se divide naturalmente en tres partes: primera, la evidencia de la necesidad de redención del pueblo; segunda, el cumplimiento de la redención en toda su plenitud; y, por último, la gran consecuencia de la redención: el establecimiento y disposición de la casa de Dios o tabernáculo con todos sus accesorios y con la sobrepujante gloria de Su presencia que llenaba el lugar donde Él entonces tuvo a bien habitar.

 

Pero, en conformidad con el carácter general de la economía judía, la morada de Dios no era más que figurativa, manifestándose en cierta forma exterior. Y, como la ley era la base sobre la cual Dios gobernaba a su pueblo, la gloria que habitaba en el santuario tenía así carácter judicial independientemente de la longanimidad que soportó a un pueblo duro de cerviz y culpable de generación en generación. Cuando la paciencia para con la idolatría del pueblo, de los sacerdotes, de los reyes —aun de aquellos de la casa de David— habría conducido, en caso de haber continuado más tiempo, a ratificar la apostasía de ellos y la propia deshonra de aquella gloria, ésta les juzga por medio del poder de Babilonia (la madre de los ídolos) y es vista apartándose gradualmente de en medio de ellos, aunque no para siempre sino, seguramente, hasta que venga Aquel que tiene el derecho de restaurar esto y todas las cosas (compárese Ezequiel 1-11 y 40-48).

 

Mientras tanto Cristo vino, pero el pueblo no quiso tener su Rey, el Ungido de Dios. Por lo pronto, el pueblo de Israel perdió su derecho a todo como consecuencia de haber dado muerte tanto al Señor Jesús como a sus propios profetas y expulsado a los apóstoles, “no agradando a Dios, y son contrarios a todos los hombres, impidiendo que se les hable a los gentiles para que sean salvos, colmando sus pecados siempre, de modo que la ira ha venido sobre ellos hasta el extremo” (1 Tesalonicenses 2:15-16). Pero su mayor mal dio la ocasión para el mayor bien de parte de Dios para el hombre: el rechazo del Mesías por parte de Israel dio lugar a la redención que es en Cristo Jesús a través de su cruz, su derramamiento de sangre y su resurrección.

 

Y ahora Dios se digna morar en medio de un pueblo no meramente de manera exterior, sino de un modo sumamente real e íntimo en los suyos y con ellos para siempre mediante el Espíritu Santo enviado del cielo. “Vosotros sois edificio de Dios”, dice Pablo a la asamblea de Corinto… “¿No sabéis que sois templo de Dios y que el Espíritu de Dios mora en vosotros?” (1 Corintios 3:9-16, compárese también con 2 Corintios 6:16). La misma verdad se aplica también individualmente del mismo modo que la vimos aplicada colectivamente: “¿No sabéis que vuestro cuerpo es templo del Espíritu Santo que está en vosotros, que tenéis de Dios? y no sois de vosotros mismos, porque fuisteis comprados con un precio; glorificad, pues, a Dios en vuestro cuerpo” (1 Corintios 6:19-20). En ambos casos, el lugar de morada de Dios es mantenido por la presencia de su Espíritu y no por una mera manifestación exterior. “Vosotros también sois juntamente edificados para habitación de Dios en virtud del Espíritu” (Efesios 2:22): la realidad y la permanencia de tal morada depende totalmente de la eterna redención obtenida por Cristo. ¡Estas verdades nos llaman a la santidad, no sólo en el andar individual sino en nuestras responsabilidades conjuntas! Aquellos que verdaderamente creen y aprecian este incomparable favor son los que más particularmente tienen la profunda obligación de conducirse de conformidad con él.

 

Pero el apóstol agrega: “la cual” (o “puesto que ella” ) “es una asamblea del Dios viviente”. Esta descripción otorga gran fuerza a la casa de Dios, colocándola en directo contraste con la de un ídolo muerto: jactancia y vergüenza de todos los gentiles en todo lugar. Bajo el Evangelio, lo que es mera forma sin vida no tiene ningún valor, si bien la vida actúa y se manifiesta bajo formas para las cuales la Escritura es la única autoridad adecuada, ya que ella es la Palabra de Dios y no del hombre, pues “¿de qué es él estimado?” (Isaías 2:22, versión Reina-Valera). Por cierto que tampoco una asamblea muerta está a tono con un Dios viviente. Pero la cuestión medular del asunto permanece invariable: no es lo que son ellos, sino lo que Él es. Es su asamblea: que los que allí están jamás lo olviden.

 

Además, la asamblea es caracterizada como “columna” y como “base” o apoyo de la verdad. Cristo es la verdad; también lo es la Palabra escrita, lo mismo que el Espíritu Santo. Todos ellos son la verdad, sea objetivamente, sea en poder. Pero la asamblea es la columna sobre la cual la verdad está inscripta y es mantenida ante el mundo, el cual no cree en Cristo, no recibe la Palabra ni ve ni conoce al Espíritu Santo. La verdad no está en el judaísmo infiel, ni tampoco se halla en la impostura islámica; y menos todavía en las abominables vanidades del paganismo. La iglesia es el testigo responsable y el apoyo de la verdad en la tierra. Sólo allí los hombres pueden ver la verdad (cf. 2 Corintios 3:2-3) aun cuando éstos no tuviesen oportunidad de leer una sola letra de las Escrituras. Lamentablemente, ¡cuán grande es la ruina de esta columna si sopesamos el privilegio y la responsabilidad de la iglesia por la Palabra como aparece en su condición actual! Aquel que juzga así delante de Dios todo el fracaso de los hombres, jamás tomará las cosas con liviandad, sino que escudriñará esa misma Palabra a fin de hallar la manera en que la gracia dispone la senda de los fieles para tales circunstancias, a fin de que uno no se conforme al mal ni se entregue a la incrédula desesperación, sino que pueda juzgarse a sí mismo y juzgar también la desviación de la cristiandad en cuanto a hacer la voluntad de Dios por la fe.

 

No existe ni una sola razón valedera para divorciar de la asamblea la cláusula “columna y base de la verdad” y conectarla con “el misterio de la piedad” como lo han hecho principalmente los exegetas alemanes de los siglos XVII y XVIII (incluyendo a Bengel). Concuerdo con Alford y Ellicott en su repudio por tal dislocación tan abrupta y artificial, y sostengo que ello despojaría a la asamblea de su lugar esencial, el cual es aquí definido, y que, en vez de acrecentar, menoscabaría la verdadera dignidad del “misterio de la piedad”. Ésta, pues, es una construcción cargada de casi toda objeción concebible, sin un solo mérito genuino y, a mi juicio, fruto no sólo de la ignorancia sino también de puntos de vista deplorablemente bajos y erróneos sobre el lugar y la responsabilidad de la iglesia aquí abajo. Apenas mejor es la opinión de que esta cláusula se refiere a Timoteo, como lo han propuesto algunos en la antigüedad y en tiempos modernos. La verdadera aplicación concierne sólo a la asamblea.

 

La asamblea, o iglesia, de Dios, entonces, no es en modo alguno la verdad, sino que ella es el testigo responsable de ésta y su sostén en la tierra ante todos los hombres. Cristo —no la iglesia— es el patrón y la expresión de lo que Dios es, de lo que es el hombre, y de todo lo demás, como está revelado en las

Sagradas Escrituras, la única y perfecta regla de fe de cada día, la Palabra que permanece para siempre. Lejos de existir la iglesia antes que la Palabra —y de ser así la formuladora de la verdad— el Espíritu Santo se valió de la Palabra que daba a conocer a Cristo para vivificar y formar a aquellos que componen la iglesia. La iglesia, entonces, por la gracia de Dios, debe su existencia a la verdad; sin la verdad —o más bien por haberla abandonado (pues, para ser la iglesia, la verdad debe haber sido poseída y mantenida)—, la iglesia apóstata viene a ser no sólo nula sino el objeto especial del juicio divino. Sus privilegios determinan la dimensión de su culpa, y nada ha contribuido más a su ruina que la tan ávida pretensión (a pesar de Romanos 11; 2 Tesalonicenses 2 y de muchas otras advertencias) de que al antiguo pueblo se le arrancaron ramas ¡con el propósito de que el favorecido gentil de hoy pudiese ser injertado y no caer jamás o ser cortado como lo fue el Israel rebelde!

 

De ahí la conveniencia del llamativo sumario que sigue como conclusión del capítulo, donde no se ve la relación celestial de la iglesia, sino la verdad fundamental presentada en la Persona de Cristo y grabada no sólo sobre el corazón de los cristianos como tales, sino sobre la asamblea para su confesión pública, su adoración habitual y su práctica de cada día.

 

“Y, sin contradicción, grande es el misterio de la piedad: Quien fue manifestado en carne, fue justificado en Espíritu, apareció a ángeles, fue predicado entre gentiles, fue creído en [el] mundo, fue recibido arriba en gloria” (v. 16).

 

La cláusula introductoria es sumamente instructiva y a la vez impresionante. “Misterio” significa una verdad que había permanecido en el secreto pero que ahora ha sido plenamente revelada; nunca denota un sacramento (por importante que éste sea en su debido lugar y para el propósito asignado por el Señor). El secreto (ahora revelado) de la piedad o devoción es la verdad de Cristo. Él es la fuente, el poder y el modelo de lo que es aceptable a Dios en la práctica: su Persona tal como ahora ha sido revelada. Verdadera vida es la que se vive por la fe del Hijo de Dios, quien me amó y se dio a sí mismo por mí (Gálatas 2:20). Considerarle o buscarlo como un judío lo hiciera en otro tiempo por la fe, no es suficiente. Aquí Él se halla revelado bajo los grandes lineamientos esenciales de la verdad. La iglesia vive, se mueve y tiene su existencia al presentarlo a Él de esta forma a todo ojo y corazón. Los hombres pueden negarse a creer, o contradecir para su propia perdición; pero presentar la verdad de Cristo es, podemos afirmarlo, la razón de la existencia de la iglesia mas bien que los admirables y buenos resultados que manan tanto por cada santo que está dentro de ella como por aquellos que están fuera y que llegan a creer para su propia bendición eterna.

 

Sin duda, algunos exclamarán a toda voz que “Quien” (o “El que”), como figura en la R.V. elimina penosamente a “Dios”, como consta en la A.V., la cual sigue ediciones del texto griego hechas sobre la base de las copias más modernas. Pero evalúese bien la mejor variante atestiguada —ος  «Quien» o «El que»— y no se tardará en aprender, sin ninguna lamentación, cuánto más exacto es el pronombre relativo en este contexto, como así también que el mismo supone, en el fondo, la misma verdad. Pues ¿qué sentido tendría decir que Adán o Abraham, que David, Isaías o Daniel, o que cualquier otro ser humano “fue manifestado en carne”? Una criatura angelical así manifestada causaría repugnancia para el fin considerado, y no valdría más que un hombre. Si sólo se tratase de un hombre, ya de por sí ninguna otra vía más que la “carne” estaría abierta para él; el más vigoroso “cazador delante del Señor” (Génesis 10:9), el genio más sutil, el más consumado orador o poeta o guerrero o estadista, también “él es carne” (Génesis 6:3) no menos que el más pequeño nacido de mujer.

 

Pero diferente es el caso del único Mediador entre Dios y los hombres; pues aunque Él se dignó hacerse hombre, no obstante fue intrínseca y eternamente divino. Pero, para los consejos y caminos de la gracia, Él habría podido venir —si se lo puede imaginar así— de la forma que más le hubiese placido, en su propia gloria, o en la de su Padre, o en la de los santos ángeles, sin vaciarse y humillarse a sí mismo por la encarnación y la expiación. El manifiesto e inconmensurable milagro de la verdad aquí es la gloria de Aquel que nació de una virgen y fue manifestado de esta forma en carne. Así, en el pasaje análogo de Juan 1 está escrito (v. 14): “La Palabra se hizo carne”, cuando se había establecido cuidadosamente antes (v. 1) que “La Palabra era Dios”, como así también que estaba “con Dios” en el principio, antes que hiciese cosa alguna en el universo creado por él mismo.

 

l. “Manifestado en carne”. No sólo es ésta una verdad para poner a prueba las conciencias, sino también ¡qué apelación al corazón! ¡Qué infinito amor hacia los pecadores corruptos y culpables, por quienes él fue manifestado así para gloria de Dios! Él, el único capaz de hacerlo, vino para dar a conocer a Dios como luz y amor. Era la luz verdadera que, viniendo al mundo, alumbra a todo hombre, el Hijo del hombre que no vino a ser servido sino a servir y a dar su vida en rescate por muchos. En esto consiste el amor, no en que nosotros amamos a Dios (como debiéramos haberlo hecho conforme a la ley, pero no lo hicimos, sino que, por el contrario, aborrecimos sin causa tanto al Padre como al Hijo), sino que él nos amó y dio a su Hijo en propiciación por nuestros pecados. Y aquí se estableció el nuevo y eterno fundamento de la justicia de Dios, donde el hombre sin esperanza demostró ser injusto: en la cruz y la sangre de Cristo a fin de que Dios sea justo y el que justifica al que cree en Jesús. Sin embargo, en nuestro versículo no se trata de la obra hecha con infinito amor para que Dios pudiese hacer su voluntad con justicia al santificarnos una vez para siempre mediante la ofrenda del cuerpo de Jesucristo, sino que se trata de su Persona en la condición en que esta obra solamente podía ser válida: el Hijo encarnado, “El que fue manifestado en carne”.

 

2. Luego se nos dice que “fue justificado en Espíritu” (20). Jesús fue hombre tan verdaderamente como cualquiera; pero su condición —a diferencia de la de los demás— estaba absolutamente caracterizada por el Espíritu de Dios: fue justo desde el principio, a través de la vida y de la muerte, andando con una ininterrumpida energía de santidad y de incorrupción hasta que resucitó de entre los muertos y se sentó a la diestra de la Majestad en las alturas. Su vida invariable era hacer la voluntad de Dios; fue el único hombre que jamás, en ninguna ocasión, hizo su propia voluntad. Él sentía, hablaba, actuaba de un modo uniforme en el Espíritu: como fue concebido en el vientre de la virgen, así fue ungido a su debido tiempo, y designado Hijo de Dios con poder, conforme al Espíritu de santidad por la resurrección (compárese Romanos 1:4; 1 Pedro 3:18). Era el Hombre perfecto en medio de un mundo malo y perdido, que hacía no sólo milagros, sino cada cosa en el poder del Espíritu, y en este mismo mundo nosotros, los que creemos, debemos seguir sus pisadas, dotados con el mismo Espíritu que ahora nos fue dado en su gracia. Pero nosotros tenemos el viejo hombre, al cual Cristo no tenía que salvar sino morir por él en la cruz, y el cual fue así crucificado con él para que el cuerpo del pecado fuese anulado, a fin de que no sirvamos más al pecado, habiendo muerto a él (Romanos 6:6).

 

(20) N. del A.— Es muy conocido el hecho de que algunos han pensado que εν πνευματι (en Espíritu) no se refiere aquí al Espíritu Santo sino al principio espiritual en nuestro Señor como hombre. Ahora bien, admitiendo que en él hubo este espíritu y que el término σαρξ (carne) no lo abarca en su expresión, cualquiera que sea sumiso a las Escrituras puede convencerse enseguida de que la frase que se emplea aquí no es la apropiada para transmitir un pensamiento como ése, el cual requeriría el artículo definido, como en Mateo 5:3; 26:41; 27:50; Marcos 2:8; 8:12; 14:38; Lucas 10:21 (en el texto verdadero); Juan 11:33; 13:21; 19:30; Hechos (18:5); 19:21; 20:22, et al. Estos pasajes bastarán para probar que, cuando se quiere significar el propio espíritu de uno, el artículo definido es la forma correcta de expresión. Por otra parte, las pruebas no son menos abundantes en cuanto a que πν., con o sin preposiciones tales como εκ, εν, δια, κατα, expresa regularmente el estado o poder del Espíritu Santo que caracteriza a los hombres —en contraste con la mera naturaleza— y a menudo, por cierto, junto con αγ. (Santo) que no cito, pero también en su ausencia, como en Mateo            22:28; 12:43 Juan 3:5; 4:23 y 24; Romanos 8:4, 9 y 13; 1 Corintios 2:4, 13; 7:40; 12:13; 2 Corintios 3:18; Gálatas 3:3; 4:29; 5:5, 16, 18, 25 (dos veces) et al. La verdadera dificultad podría más bien surgir cuando la intención es la de presentar al Espíritu como objeto, lo cual requiere la inserción del artículo, como en Mateo 4:1; 12:31; Marcos 1:10 y 12; Lucas 2:27, en donde gramaticalmente sólo podría referirse al espíritu de Simeón, pero sabemos con toda claridad por el contexto, como en otros casos, que el pensamiento es el Espíritu Santo.

 

3. “Apareció a ángeles.” El Hijo de Dios se hizo visible a los ángeles, no sólo en marcadas ocasiones, como se especifica en la Escritura desde su nacimiento de mujer hasta su ascensión a lo alto, sino en general, podemos decir, a través de su encarnación. Pero ¿es esto todo lo que implica la cláusula? ¿No puede también describir —lo que parece más característico— que, cuando Él dejó de ser visto entre los hombres en la tierra, y ni siquiera los testigos escogidos le ven tratando más con ellos, fue un objeto de contemplación para los ángeles? La escena terrenal concluyó; Él ciertamente tiene que ver más expresamente con todos los ángeles de Dios, quienes le contemplan y lo adoran. Ni puede condición alguna estar más lejos del habitual modo de pensar de un judío sobre el Mesías, aun cuando la gloria haga su aparición en la tierra de Emanuel. Como quiera que sea, yo sería demasiado atrevido para sostener esto.

 

4. “Fue predicado entre gentiles”. Aquí el ámbito de predicación no es solamente superior a las habituales expectativas judías sino que está en contraste con ellas. Ellos esperaban que él reinase gloriosamente en el monte de Sion y en Jerusalén, delante de sus antepasados, e indudablemente para tener a las naciones por heredad y a las regiones más lejanas de la tierra por posesión suya, pero siempre establecido como Rey de Jehová sobre su santo collado de Sion con Israel por centro de ese vasto círculo de bendición y de gloria aquí abajo. Tal habrá de ser la manifestación del reino cuando él vuelva otra vez y elimine a los apóstatas y a los desdeñosos rebeldes. Pero aquí está el secreto que el cristianismo ahora conoce: Cristo “predicado entre gentiles”, en lugar de estar reinando sobre Israel. Ésta es, por cierto, la verdad evidente, y sería lo suficientemente clara y sencilla para nosotros si la jactancia del gentil no la hubiera ensombrecido pretendiendo ocupar el lugar de Israel: tal es ahora la porción irrevocable de la cristiandad, la que niega, además, las esperanzas del antiguo pueblo, destruyendo al mismo tiempo toda percepción correcta de nuestra parte, incomparablemente más clara, así “como son más altos los cielos que la tierra”.

 

5. Asimismo, la expresión “fue creído en [el] mundo”, describe justamente la diferencia esencial entre esta esfera y aquella que la profecía presentaba y que Dios cumplirá en el siglo venidero. Entonces todo ojo verá al Hijo del hombre, y a éste le será dado dominio y gloria, de modo que todos los pueblos, naciones y lenguas le sirvan; y este dominio es eterno, no pasará (como ocurrió con los imperios de la antigüedad) y su reino no será destruido (como habrá de serlo el postrero, el Imperio Romano, por más que lo reavive el poder del abismo, a fin de encontrarse con el particular juicio de Dios en su sobrepujante desenfreno y autoexaltación de los últimos días). Cristo ahora es solamente un objeto de fe, todavía no reina con poder sobre el mundo, como lo anuncia Apocalipsis 11:15.

 

6. “Fue recibido arriba en gloria”. Tal es el conveniente e ilustre final de esta concisa pero inclusiva forma de sanas palabras, a fin de dejar fresca, en todas las almas que la lean, la brillante impresión de Cristo en gloria. Porque si bien él descendió por amor —como alguien lo ha señalado admirablemente—, ascendió en justicia. Cristo cumplió la obra que le fue encomendada, a un costo infinito para sí mismo y de una forma perfecta para la gloria de Dios, aun cuando todo quizá parecía estar perdido, en cuanto al pecado y a un mundo de pecado. La respuesta adecuada a la cruz de este Varón de dolores (quien glorificó a Dios de esta forma) fue que Dios debía glorificarle en Sí mismo, y esto enseguida (Juan 13:31 y 32).

 

Ésa es, pues, la justicia de la cual el Espíritu, cuando vino en Pentecostés, dio evidencia al mundo. El mundo había demostrado su injusto odio al rechazar a Aquel a quien Dios levantó de entre los muertos y puso a su diestra. Esta exaltación es la justicia que la presencia del Espíritu enviado del cielo demuestra: El crucificado Hijo del Hombre se sienta en el trono de Dios. Y aquí tenemos el mismo hecho glorioso que completa el círculo de verdades reunidas por el Espíritu de Dios en “el misterio de la piedad”. ¡Qué maravilloso hallarlo todo en unos pocos hechos de nuestro Señor Jesús! Pero esta maravilla se transforma en adoración si tenemos presente que si Él ascendió, ¿qué es, sino que también, descendió primero a las partes más bajas de la tierra? El que descendió, es también el mismo que subió muy por encima de todos los cielos, para llenar todas las cosas (Efesios 4:9 y 10). Aquel que se vació a sí mismo para convertirse en siervo, era en sí mismo Dios y Señor. Lo que plazca a Jehová habrá de prosperar en su mano, como lo presagia Isaías (53:10).

 

 

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Capítulo 3

 

Fiel [es] la palabra: si alguno anhela [ejercer la] supervisión, buena obra desea. 2 El supervisor [u obispo], por lo tanto, debe ser irreprochable, marido de una [sola] mujer, templado, sobrioa, ordenado, hospitalario, apto para enseñarb, 3 no dado al vino, no pendencieroc, [1]sino apacibled, no contencioso, no amigo del dinero, 4 uno que gobierna bien su propia casa, teniendo a [sus] hijos en sujeción con toda gravedad, 5 (pero si uno no sabe cómo gobernar su propia casa, ¿cómo cuidará de [la] asamblea de Dios?), 6 no neófito, no sea que, hinchado [de orgullo], caiga en la falta [o juicio] del diablo. 7 Pero debe también tener buen testimonio de los de fuera, no sea que caiga en vituperio y trampa del diablo. 8 [Los] diáconose asimismo [deben ser] graves, no de doble palabraf, no dados a mucho vino, no ávidos de sórdida ganancia; 9 guardando el misterio de la fe con conciencia pura. 10 Y éstos también sean primero probados, luego que sirvan como diáconos, siendo intachables. 11 [Las] mujeres asimismo [deben ser] graves, no calumniadoras, templadas, fieles en todas [las] cosas. 12 [Los] diáconose sean maridos de una [sola] mujer, gobernando bien a [sus] hijos y sus propias casas; 12 pues los que han servido bien como diáconos, ganan para sí un buen grado y gran valor en [la] fe que es en Cristo Jesús. 14 Estas cosas te escribo, esperando venir a ti más pronto; 15 pero si tardare, para que sepas cómo debe conducirseg uno en [la] casa de Dios, la cual es [la] asamblea de[l] Dios viviente, columna y base de la verdad. 16 Y, sin contradicciónh, grande es el misterio de la piedad: Quien[2] fue manifestado en carne, fue justificado en Espíritu, apareció a ángeles, fue predicado entre gentiles, fue creído en [el] mundo, fue recibido arriba en gloria.

 

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NOTAS DE CRÍTICA TEXTUAL DEL CAPÍTULO 3 (por W. K.)

 

[1] El Textus Receptus presenta aquí la cláusula μη αισχροκερδη («no ávido de sórdida ganancia»), aparentemente tomada del v. 8, donde sí aparece verdaderamente; pero es más probable que haya sido tomada de Tito 1:7.

 

[2] El Dr. Scrivener, aunque en su primera impresión tuvo sus dudas —al igual que otros en el pasado—, ya no niega (véase su segunda edición, págs. 552-556) que en el manuscrito Alejandrino (A) conste ος  —«Quien» o «el que»— (al igual que en א C F G, etc. y en casi todas las versiones antiguas) en lugar de θεος —Dios—, como aparece en la mayoría de las copias seguidas por el Textus Receptus.

 

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NOTAS

 

a o discreto, esto es, de mente sana b gr. didáctico  c lit.: golpeador d o dulce e o servidores f gr.: dílogos g o cómo debemos conducirnos  h o confesadamente

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1 Timoteo 4

 


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