EXPOSICIÓN DE LA PRIMERA EPÍSTOLA A TIMOTEO

 

William Kelly

 

 

CAPÍTULO 2

 

No bien el apóstol termina de referirse a aquellos que habían estado dentro y habían sido entregados tan solemnemente a Satanás, se vuelve hacia lo que concierne a nuestras relaciones con aquellos que están fuera y especialmente con los que detentan autoridad.

 

“Exhorto, pues, ante todo, que sean hechas súplicas, oraciones, intercesiones, acciones de gracias, por todos [los] hombres, 2 por reyes y todos los que están en alta posición, para que llevemos una vida quieta y tranquila, en toda piedad y gravedad. 3 Pues esto [es] bueno y aceptable delante de nuestro Dios Salvador, 4 quien quiere que todos [los] hombres sean salvos y vengan a[l] pleno conocimiento de la verdad” (v. 1-4).

 

No se trata aquí de los consejos de Dios en toda su inmensa extensión y gloria celestial, sino más bien de lo que es conforme a la naturaleza de Dios revelada en Cristo y proclamada en todo lugar por el Evangelio. Tal es el carácter de nuestra epístola, y la base sobre la cual el apóstol insiste acerca de un espíritu de paz, por un lado, y de orden piadoso por el otro. En armonía con esto, exhorta a que los santos se caractericen por un deseo de bendición hacia todo el género humano —justo lo contrario a esa soberbia austeridad que los paganos percibían amargamente en los judíos de entonces—. Era tan importante que los corazones estuviesen imbuidos de esta actitud de gracia como que la Iglesia permaneciese en santa separación del mudo como una virgen pura desposada para Cristo en consonancia con su esencia distintiva. En aquellos de mente frívola o rigurosa, esta separación degenera fácilmente en una desabrida autosatisfacción, la que, en lugar de atraer, aleja de Aquel cuyos derechos sobre todas las cosas son el deber primordial que la Iglesia debe mantener, y cuya gloria y gracia deben llenar de alabanza toda boca y todo corazón. Por un uso indebido de sus privilegios, los judíos siempre corrían el peligro de despreciar a los gentiles —y no menos a aquellos que estaban en alta posición— y de mostrar un amargo menosprecio por aquellos de entre sus hermanos que servían a los gentiles en la exacción de los tributos —la señal de su propia humillación—. A pesar de su ruina nacional, ellos, más que nadie, tenían el orgullo de su prosperidad y juzgaban a sus amos paganos con una dureza inapropiada para aquellos que habían perdido su posición, al menos por un tiempo, a causa de su constante entrega a los peores pecados de los gentiles.

 

El cristiano no se halla en menor peligro, pues, por un  lado, a él se le ha confiado un testimonio de verdad muy superior al que tuvo el judío y, por el otro, su separación no consiste tanto en formas exteriores. Por consiguiente, siempre corre peligro de contentarse con una separación para Dios que, en lugar de ser realizada por el poder del Espíritu Santo en verdad y amor entre aquellos que se aferran al Señor, es llevada a cabo mediante un determinado número de abstenciones y prohibiciones, en un esfuerzo por diferir de los demás, es decir, con una pretensión de superioridad. Aquel que no vela está expuesto así a engañarse a sí mismo al pretender edificar la cosa más alejada del pensamiento de Cristo, a saber, un amargo aunque inconsciente sectarismo.

 

Vemos aquí de qué manera el Espíritu de Dios guarda a los santos a fin de que su separación, sin dejar de ser santa, esté impregnada con el aroma de la gracia de Dios y no con el hedor de la arrogancia humana. Súplicas, oraciones, intercesiones, acciones de gracias deben hacerse por todo ser humano. No se trata sólo de “orar siempre y no desmayar”, ni de orar exclusivamente “por todos los santos”, y particularmente por aquellos que se congregan únicamente al nombre del Señor Jesús, sino que aquí encontramos una exhortación a elevar toda variedad de oraciones sobre la amplia base de las relaciones de Dios con toda la humanidad. Los santos deben corresponder a esa exhortación si no quieren ser infieles a la verdad. Ellos, además, tienen con Dios una relación semejante. El mismo Evangelio por el cual fueron salvos debería hacérselos recordar. En efecto, si la Iglesia, en su unión con Cristo, o más bien si Cristo, unido a la Iglesia, es el testimonio particular de los consejos divinos, el Evangelio es nada menos que el testimonio permanente de la gracia de Dios para con el mundo. Los santos, pues, conociendo estos dos aspectos de la verdad, son responsables de dar un verdadero testimonio tanto acerca del uno como del otro. Y en la práctica veremos cómo la exageración en un sentido no solamente tenderá a perder de vista el otro lado, sino también a corromper aquello que se ha convertido en el objeto exclusivo. Porque Cristo es la verdad. Ni el Evangelio ni la Iglesia tienen derecho a nuestro amor exclusivo, sino que los dos lo tienen a la vez, en sujeción al Señor. Y nosotros somos llamados a dar testimonio de «la» verdad, de la misma manera que somos santificados por «la» verdad, y no por esta o aquella verdad.

 

Tal era antiguamente el peligro, y lo sigue siendo hoy. Los creyentes, como todas las demás personas, son propensos a tomar un solo lado de la verdad. Puede parecer muy espiritual escoger la línea más alta y mantenerse en su extremo más elevado, e imaginarse así que uno está resguardado en una especie de esfera celestial (la Iglesia). Por otro lado, puede parecer deseable, en cambio, evitar toda mención de este tema de la Iglesia —del cual siempre se ha abusado tanto como pretexto para satisfacer la ambición de algunos, así como los celos y las disputas de otros, dispersando así a los santos en lugar de reunirlos santamente alrededor del nombre del Señor—, y, en el actual estado de ruina y de división de la cristiandad, dedicar todas las energías a predicar las Buenas Nuevas que gana almas para Dios sacándolas de la destrucción. Pero eso sería abandonar el círculo más estrecho de lo que Cristo ama y honra. El único curso justo, santo y fiel a seguir, consiste en mantener todo lo que es precioso a sus ojos: por un lado, amar a la Iglesia con todas sus consecuencias, y, por el otro, dirigirse a todos los hombres con la gracia que refleje la luz de un Dios Salvador. Así como en las epístolas a los Efesios y a los Colosenses la verdad de la Iglesia tiene un lugar prominente, así también la verdad del Evangelio lo tiene en nuestra epístola. Procuremos andar en ambas verdades.

 

La A.V. inglesa conecta erróneamente la expresión «ante todo» con hacer súplicas, oraciones, etc., como lo hacen también la Siríaca, Crisóstomo, Teofilacto, Erasmo, Lutero, Calvino, Estio, Bengel y otros. Asimismo Tyndale, Cranmer y la versión de Ginebra (10); no así Wiclif ni la Rhemish (la que se ciñe como de costumbre a la Vulgata), ni Beza. La expresión «ante todo» ha de conectarse con «exhorto». La exhortación es lo que el apóstol tenía en primer lugar (o ante todo) en su mente conforme a su propósito actual. Ella tenía una gran importancia a sus ojos, y él quería que el carácter de gracia de Dios fuese verdaderamente presentado en esa íntima intercomunicación, tanto pública como privada, de los santos con Él mismo. El Dios que dio a su propio Hijo para que muriese por los pecadores en juicio divino del pecado, no podía ser culpado de tener en poco los pecados, fuesen de corrupción o de violencia, sino, por el contrario, debía ser considerado en ese amor que dio a su Hijo para morir por los pecadores, a fin de que éstos sean salvos mediante la fe en Él.

 

(10) N. del T.— La A.V. dice: “Exhorto, pues, que, en primer lugar,…”, como si se tratase del esqueleto de una liturgia.

 

Por consiguiente, Su siervo ante todo exhorta a hacer súplicas, oraciones, intercesiones, acciones de gracias por todos los hombres, pero específicamente “por reyes y todos los que están en alta posición”. Así los piadosos en Israel oraron por la ciudad que los castigó por sus pecados, y buscaron su paz, en tanto que los infieles fueron habitualmente rebeldes, salvo por ventajas ocasionales o por otros fines egoístas. Pero ahora que Dios ha mostrado plenamente su gracia en Cristo, ¿qué es lo que conviene a sus santos en presencia de todos los hombres, y especialmente de soberanos y regidores?: La continua presentación de un amor ferviente a favor de todos los hombres, lo que siempre ha de estar en el corazón de aquellos que han sido librados del terror del mal y de una mala conciencia, los que, caracterizados por su apacibilidad y felicidad en su propia y cercana relación con Dios como sus hijos, pueden, en consecuencia, conmoverse de una manera real y profunda por todos aquellos que están lejos, sumidos en las tinieblas y en la invariable muerte, y que ignoran por completo tanto su propia miseria real como al mismo Dios bendito. El exaltado lugar de aquellos que detentan autoridad sólo haría de ellos los objetos más especiales del afectuoso deseo por que la soberana bondad los controlase a ellos y a sus oficiales a fin de que los santos lleven una vida quieta y tranquila con toda piedad.

 

El lector advertirá la abundancia y variedad de expresiones en las oraciones de los santos. “Súplica” implica un ferviente ahínco mientras se urgen peticiones apremiantes; “oración” es un término más general que pone de manifiesto necesidades y deseos; “intercesión” significa el ejercicio de una comunicación (o relación) libre y llena de confianza, ya sea por nosotros mismos o por los demás; y “acción de gracias” expresa el sentimiento del corazón por cualquier favor otorgado o por aquel con el que ya se cuenta. De todas las interpretaciones hechas sobre este versículo, quizás la más singular se halla en la Epístola de Agustín a Paulino (cxlix., Migne), en la cual ¡las cuatro palabras mencionadas son atribuidas a las diversas partes del servicio de comunión! Witsius, en sus comentarios sobre la oración del Señor, es —de los que tengo conocimiento— el que más se aproxima al blanco. Todos esos términos, desde el primero hasta el último, hablan de la superabundante caridad de los santos que conocen en Dios un amor superior al mal y, al mismo tiempo, jamás indiferente al mismo ni que haga de él algo sin importancia (lo que Satanás trata de hacer); un Padre que hace salir su sol sobre malos y buenos y que envía lluvias sobre justos e injustos. Es de la mayor importancia que los hijos mantengan el carácter de familia y que el amor esté en constante ejercicio para Su alabanza. ¿Qué pueden los hombres pensar, sentir o hacer con respecto a aquellos que aman a sus enemigos y oran por aquellos que los utilizan maliciosamente? Los paroxismos de persecución pasan entonces pronto, y a los santos se los deja vivir en paz con toda piedad y gravedad; pues toda contrariedad es mitigada cuando hay una piedad ante Dios y una seria conducta práctica ante los hombres.

 

“Pues esto [es] bueno y aceptable delante de nuestro Dios Salvador, quien quiere que todos [los] hombres sean salvos y vengan a[l] pleno conocimiento (o reconocimiento) de la verdad” (v. 3 y 4).

 

El apóstol quiere así que el espíritu del Evangelio penetre tanto la conducta como el corazón del santo. Un despliegue de activa bondad es lo que conviene a aquellos que conocen a nuestro Dios Salvador, cuyo corazón mismo se dirige compasivamente hacia todos los hombres, no sólo, seguramente, mediante un sinnúmero de misericordias dadas para esta vida, sino también para que ellos sean salvos. Pero esto no puede ser posible a menos que vengan al conocimiento de la verdad. Por eso el Evangelio es enviado a toda la creación. Y es aquí donde la debilidad humana —por decir lo menos— se delata a sí misma. Aquellos que creen en la vasta gracia de Dios, quienes en otro tiempo fueron hijos de ira así como los demás, demasiado a menudo no dejan lugar a la manifestación de los vivos vínculos del amor de Dios para con los escogidos. Aquellos que están seguros de la especial cercanía de la familia de Dios a menudo pasan por alto lo que es patente aquí y en otras partes a través de todas las Escrituras: ese amor que Cristo dio a conocer personalmente y que demostró triunfantemente en la cruz, el cual es así libre para propagarse como testimonio a todo el mundo.

 

“Ahora es glorificado el Hijo del hombre, y Dios es glorificado en él” (Juan 13:31). Ahora que su carácter de Juez del pecado está vindicado por la muerte expiatoria de su propio Hijo, su amor puede expandirse libremente hacia los hombres sobre el expreso terreno de que ellos son impíos, enemigos e impotentes (Romanos 5:6-10). Él no sólo puede, sino que también quiere salvar a los más viles, pero a condición de que reconozcan la verdad. Por eso manda a todos los hombres, en todo lugar, que se arrepientan y crean al Evangelio (Hechos 17:30); asimismo los santos, a la vez que andan como miembros del solo cuerpo de Cristo, son llamados a andar con amor hacia todos y a testificar acerca del amor que puede salvar a cualquier criatura mediante la fe en Cristo. Si los hombres están perdidos, lo están por su propia voluntad, la que se opone a la verdad. No es ésa la voluntad de Dios, quien, deseando su salvación, dio a su Hijo y envió ahora su propio Espíritu desde el cielo a fin de que las buenas nuevas fuesen declaradas a todos con el poder de Dios nuestro Salvador.

 

Esto da ocasión para la amplia e importante declaración de verdad divina que viene a continuación:

 

Pues [hay] un [solo] Dios, un [solo] mediador también entre Dios y los hombres: Cristo Jesús hombre, quien se dio a sí mismo [en] rescate por todos, el testimonio [que debía ser dado] en sus propios tiempos, para lo cual yo fui designado predicador y apóstol —verdad digo, no miento—, maestro de [los] gentiles en fe y verdad” (v. 5-7).

 

La unidad de Dios es la verdad fundamental del Antiguo Testamento, a la vez que fue el testimonio central del que el pueblo judío era responsable en un mundo entregado a la idolatría por doquier. Debemos agregar que Jehová —el Dios de Israel— era aquel “un” Jehová; su propio nombre estaba en relación con su pueblo en la tierra. “Vosotros sois mis testigos, dice Jehová, y mi siervo que yo escogí, para que me conozcáis, y creáis y entendáis que yo mismo soy; antes de mí no fue formado dios, ni lo será después de mí. Yo, yo Jehová, y fuera de mí no hay quien salve” (Isaías 43:10 y 11; versión Valera).

 

Pero durante la economía judía, Dios —aunque se sabía que era uno— no fue conocido tal como Él es: “Sus caminos notificó a Moisés, y a los hijos de Israel sus obras” (Salmo 103:7, versión Valera). Él habitaba en las densas tinieblas —aun cuando se rodeó de un pueblo como posesión suya— y un velo ocultaba cuanta manifestación hubiese de la presencia divina. Así pues, el sumo sacerdote sólo se acercaba una vez al año, entre nubes de incienso y no sin sangre, para no morir. Sólo Jesús fue el que hizo conocer verdaderamente a Dios, como lo vemos (donde menos podría haberse esperado) por aquel acto de incomparable gracia en el que cumplía toda justicia al ser bautizado por Juan en el Jordán (Mateo 3:13-17). Allí, al descender sobre él el Espíritu Santo, el Padre proclamó desde el cielo que Él era su Hijo amado. La Trinidad quedó así revelada. En las Personas del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, Dios, el único Dios, es realmente conocido. Sin Jesús esto era imposible; cuando Él da el primer paso, la Trinidad unívoca se pone de manifiesto: amor y luz donde no hay absolutamente ningunas tinieblas. ¡Cuán infinita es nuestra deuda con la Palabra hecha carne, la que se dignó fijar su tabernáculo con nosotros, el unigénito Hijo que declaró a Dios y reveló al Padre!

 

Así, conforme a nuestra necesidad, tenemos una adecuada imagen del Dios invisible; y este Jesús es “mediador entre Dios y los hombres”, aunque la mediación, naturalmente, va más lejos que la representación; pues en la mediación hay dos partes: Su humanidad y Su rescate, ambas de capital importancia si Dios ha de ser conocido, y si el hombre —el hombre pecador— ha de ser debidamente bendecido con el conocimiento de Dios.

 

El Mediador es hombre a fin de que Dios pueda ser conocido por los hombres. El Absoluto está separado de lo relativo (y nosotros, criaturas universalmente por cierto, somos necesariamente relativos) por un abismo que nos resulta infranqueable. Pero si el hombre no puede elevarse hasta Dios por sí mismo —y aquellos del género humano que son justos por la gracia repudiarían y aborrecerían por sobre todo tan presuntuoso pensamiento—, Dios sí puede descender —y lo hace— hasta el hombre, con infinito amor hacia el hombre sumido en su culpa y miseria, con un juicio perpetuo ante éste.

 

Sin embargo, esto no reúne todo lo necesario, aunque sí manifiesta de una manera bendita el amor de Dios a través del don de su propio Hijo para que nosotros, mediante la fe, tengamos vida, vida eterna en él. Sin embargo, aun este libre don, inmenso como es, no resulta suficiente, pues nosotros éramos pecadores perdidos y, en consecuencia, necesitábamos ser llevados a Dios libres de nuestros pecados y purificados para ser dignos de su presencia en luz. Él, por tanto, envió a su Hijo como propiciación por nuestros pecados (1 Juan 4:10). En esto ciertamente consiste el amor, no en que nosotros le amamos a él (aunque debiéramos haberlo hecho), sino en que él nos amó a nosotros y lo demostró de este modo, divino e infinito, en la Persona de su Unigénito Hijo enviado a padecer atrozmente por nuestros pecados en la cruz para que fuésemos, mediante la fe en él, sin mancha o estigma delante de Dios (ya que de lo contrario no podríamos estar en Su presencia), y para que lo sepamos precisamente ahora en la tierra por el Espíritu Santo que nos fue dado. Por eso se nos dice aquí que Él “se dio a sí mismo (en) rescate por todos”.

 

En consecuencia, como Dios es uno, es importante recalcar la unidad del Mediador. Aquí el sistema Católico —y no Roma solamente, pero sí mayormente— ha pecado contra la verdad. Pues la unidad del Mediador es un testimonio tan veraz, vital y característico del cristianismo como la unidad de Dios lo fue de la ley. No se trata meramente de que Cristo Jesús es Mediador, sino de que lo es él solo. La introducción de ángeles es una vil invención con sabor a judaísmo. Y ¿quiénes exigieron en sus dominios que los santos difuntos o la Virgen María tuvieran alguna participación en aquella gloria de Mediador que pertenece sólo a Cristo? La Cabeza del cuerpo —quien también es Cabeza sobre todas las cosas— no puede admitir ninguna comunión semejante. De entre las Personas divinas, únicamente Él es mediador, y, aunque lo es como hombre, pretender asociación con algún otro integrante del género humano (si vivo o muerto, ello no hace ninguna diferencia real en cuanto a esto) no es otra cosa que traición a Él. No sólo es falso el hecho de que haya alguien más en el cielo o en la tierra aparte de Él que participe en la mediación, sino que la sola aseveración de ello para la más elevada de las criaturas es una vil mentira de Satanás que subvierte los mismos fundamentos del cristianismo, así como el politeísmo fue la directa e insultante negación del único Dios verdadero.

 

Y es algo solemnísimo y conmovedor ver que, así como los judíos (quienes habían sido llamados a dar testimonio del único Dios) fueron reducidos a escombros por la más vil adopción de idolatría pagana, así también la cristiandad ha traicionado su fe, al menos notoriamente en el punto particular de fidelidad a su trascendente tesoro y gloria peculiar. Pues la Iglesia Griega es, a este respecto, sólo menos culpable que la de Roma; y ¿qué decir de los Nestorianos, de los Coptos, de los Abisinios, etc.? Las corporaciones protestantes son, sin lugar a dudas, menos groseras en sus normas de doctrina; pero el estado actual del Anglicanismo demuestra cómo sus mismos servicios admiten ante sus adeptos una enorme infusión de objetos que desvirtúan la gloria del Señor Jesús.

 

Existe, sin embargo, otra manera (opuesta a la considerada) en que los cristianos profesantes pueden ser infieles a la mediación de Cristo; no mediante el agregado de otros a ésta —lo cual en la práctica divide Su obra y mancilla Su honor— sino mediante una suplantación de la mediación que, de hecho, la niega del todo. No se trata solamente de abiertos y reconocidos Arrianos o Unitarianos, que son así culpables de esto, sino de toda suerte de racionalistas, sea de los cuerpos nacionales o de los sistemas disidentes. La encarnación —si bien se la admite en términos— en realidad es despojada de toda su gloria y carácter bendito; porque si Cristo Jesús fuese sólo “un hombre” ¿por qué —o cómo— podría ser mediador entre Dios y los hombres? La superioridad en grado no constituye ninguna base adecuada. Es su naturaleza divina lo que hace tan preciosa su encarnación; y la unión de ambas naturalezas en una sola persona es lo que hace resaltar su amor, lo que confiere eficacia a su sacrificio y valor a su rescate. En esto la infidelidad —no del partido de la tradición, sino de la escuela de la razón humana y de la filosofía (antípodas como lo son en la cristiandad)— es penosamente conspicua: Dios, para ellos, es tan sólo una idea y, por lo tanto, es desconocido. Asimismo, Aquel que solamente puede darle a conocer y capacitar al hombre para servirle, gozar de Él y magnificarle, el único Mediador, Jesús, es ignorado en su gloria divina; y su humanidad, quizás, es grandemente pregonada, pero, en tal caso, lo es sólo para despojarle de su Deidad, y asumir así una nueva honra para la raza humana.

 

En plena armonía con el vasto carácter de la epístola se dice aquí que Dios “se dio a sí mismo (en) rescate por todos”. No se trata de consejos divinos especiales —los cuales no pueden dejar de cumplirse— como es el caso en Efesios, capítulo 5, en donde se dice que Cristo amó a la iglesia —o asamblea— y se entregó a si mismo por ella. Y el apóstol continúa diciendo, como no lo hace aquí, “a fin de santificarla, purificándola por el lavamiento de agua por la palabra, para presentarse él para sí mismo la iglesia gloriosa, no teniendo mancha o arruga, o cosa alguna de las tales, sino para que sea santa y sin tacha”. Aquí, en nuestra epístola, el mismo apóstol se refiere a la respuesta que la obra del Mediador da a la naturaleza de Dios y a Su buena disposición por salvar, frente a la voluntad del hombre, el cual, como enemigo Suyo, no espera ningún bien de parte de Dios y no cree a la más perfecta prueba de gracia dada en la muerte de Cristo, ni quiere ser persuadido de que Aquel que murió por amor, resucitó para justicia de entre los muertos a fin de sellar la verdad con ese incuestionable sello de poder divino. Es “un rescate por todos”, para quien quiera someterse y apropiarse de la bendición, para aquellos que, renunciando a su propia voluntad por la misericordia de Dios manifestada en Cristo, se arrepienten y creen al Evangelio.

 

“Sus propios tiempos” vinieron para “el testimonio” cuando la maldad del hombre estaba en la cima del aborrecimiento, no sólo de la ley de Dios sino del Hijo de Dios. Entretanto que bajo la ley no hubo sino fracaso en lo que toca a responsabilidad, o violación de mandamientos, la paciencia divina prolongó el día de prueba, a pesar de las enormes provocaciones que se suscitaban de cuando en cuando, como se puede apreciar en la inspirada historia de los judíos. Pero la cruz fue aborrecimiento del amor divino y de la perfecta bondad de Dios que en Cristo estaba reconciliando al mundo consigo, no contándoles sus ofensas; pero a Él, así —y más aún quizás porque fue así— ellos no le quisieron a ningún precio, le aborrecieron sin causa, aborreciéndole más que nada por desplegar un amor que todo lo sobrepasó cuando fue “hecho pecado” por nosotros.

 

De esta manera el hombre —no sólo el gentil sino también el judío, y quizás todavía más éste— demostró estar perdido; y sobre este terreno el Evangelio se promulga a todos, “el testimonio [que debía ser dado] en sus propios tiempos”. Es salvación para los perdidos (y todos, por cierto, lo están), para todo aquel que cree; es la justicia de Dios (pues el hombre había demostrado universalmente no tener ninguna); la justicia de Dios para todos (ése es el aspecto universal de la gracia divina) y sobre todos los que creen (éste es el efecto particular en aquellos que tienen fe en Jesús). De modo que Dios es justo y justifica al que cree (Romanos 3:22, etc.).

 

Aquí está “el testimonio” cuya dirección o alcance, entonces, es “para todos”: no se contempla aquí tan sólo el bendito resultado que se produce cuando es recibido por la fe. Y, seguidamente al “testimonio”, se añade consistentemente: “para lo cual yo fui designado predicador [o heraldo]  y apóstol”, dándose primacía a aquello que no era lo más elevado pero sí lo que estaba más a tono con su proclamación, aunque sin dejar de mencionar —como respaldo del mismo— su apostolado. Pues el apóstol, de hecho, no estaba avergonzado del Evangelio, sino que enfatiza claramente su plena y elevada relación con él (“verdad digo, no miento”), y concluye todo con el título, no de un profeta para Israel —como en los tiempos de prueba de la ley— sino de “maestro de gentiles en fe y verdad”. Pues ahora la gracia soberana no era sólo la fuente sino la manifestación en Cristo Jesús el Señor. Allí donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia, para que, así como el pecado reinó en la muerte, así también la gracia reine mediante la justicia para vida eterna mediante Jesucristo nuestro Señor (Romanos 5:20 y 21).

 

La exhortación a orar por todos había introducido como base el carácter de Dios como Salvador, puesto de manifiesto en el don y en la mediación de Cristo: el testimonio que se propaga en este tiempo a toda la humanidad. Y ¿quién podía dar testimonio tan bien como el apóstol Pablo, y esto en el campo gentil tan enfáticamente suyo, tanto para predicar como para enseñar?

 

Esto, naturalmente, conduce a las detalladas prescripciones que vienen a continuación, tocantes al orden y conducta que deben observar los creyentes delante de Dios, para lo cual Pablo es guiado mediante la sabiduría, el poder y la autoridad competentes de parte de Aquel que lo designó para el testimonio.

 

 “Quiero [deseo], pues, que los hombres oren en todo lugar, levantando manos santas sin ira e incertidumbre. Asimismo que [las] (11) mujeres con un porte decoroso, se adornen con pudor y sobriedad, no con trenzas, y oro, o perlas, o vestido costoso, sino, lo que conviene a mujeres que profesan piedad, mediante buenas obras” (v. 8-10).

 

(11) N. del A.— El Textus Recpetus incerta aquí el artículo, el cual todos los mejores manuscritos lo omiten; y acertadamente, pues «las» mujeres como clase (la categoría femenina) no están habilitadas a orar en público como los varones, sino que ellas (es decir, las personas de ese sexo) son exhortadas individualmente a agradar al Señor atendiendo la palabra de Su siervo.

N. del T.— El español, lamentablemente, requiere el artículo aquí. Su inserción no altera el hecho de que «las» mujeres signifique el sexo femenino en general.

 

Quiero…”. Esta expresión del apóstol no implica meramente una dulce aquiescencia, sino que se trata de su activo deseo o voluntad. Es una positiva orden apostólica. “Quiero, pues, que los hombres oren en todo lugar”. Esta directiva no se refiere a todos los integrantes de la asamblea, sino a los hombres en contraste con las mujeres (12). Esto es de gran importancia. El título que habilita para orar pertenece a los varones en su conjunto, no a las mujeres, pues se trata le la oración en público. Todavía el apóstol estaba allí para disponer el orden en la casa de Dios.

 

 

(12) N. del T.— Esto es, según la voz griega ανηρ, los varones. Aquí, decir los hombres quiere decir no las mujeres; se trata de «los hombres en contraste con las mujeres». La oración pública es ordenada a los varones únicamente, y por eso en este caso no se usa el término genérico ανθρωπος (hombre en general) empleado en este mismo capítulo en los v. 1 y 4, sino específicamente el de sexo masculino ανηρ = varón. Vemos también el contraste entre varón (ανηρ) en el v. 8, y mujer (γυνη) en los v. 9-11.

 

Sin embargo, no hay ningún pensamiento acerca de una clase particular entre los hombres. La oración, pues, no está restringida a los ancianos, a pesar de hallarse éstos, en aquel entonces, plenamente constituidos. Ésta corresponde a “los hombres”. Tampoco se restringía únicamente a aquellos que poseían dones, aunque, naturalmente, hombres dotados de dones, conformarían una gran parte de los que oraban. Y esto es tan cierto que el apóstol añade: “en todo lugar”. No parece haber ninguna alusión a una práctica diferente que tuviera lugar entre los judíos o los paganos. Nada indica, por cierto, que haya habido un propósito polémico de parte del apóstol. Sin embargo, en estas palabras lo que resalta con toda claridad es la práctica cristiana: la más plena libertad para orar de parte de “los hombres”, y no solamente en privado sino también en público.

 

La directiva coincide enteramente con el espíritu de las instrucciones dadas en 1 Corintios 14:34, sólo que allí se destaca la Asamblea, la que había sido previamente manifestada, en el capítulo 12, como formada por la presencia y acción del Espíritu Santo. Aquí la orden del apóstol es de carácter más general, como se advierte por las palabras “en todo lugar”. Sería una falsa inferencia poner uno de los textos (como algunos lo hacen a menudo) en contra del otro en vez de sujetarse a los dos. Hay una completa libertad para orar por parte de “los hombres” pero en absoluta sujeción al Señor (13) quien actúa por el Espíritu Santo y guía así para gloria de Dios. El hombre es incompetente para guiar a la asamblea. Es al Señor a quien se debe acudir, quien está verdaderamente “en medio” de aquellos que se congregan hacia su nombre, como Mateo 18:20 lo hace ver: otra Escritura de vital importancia para los santos, el recurso de Su gracia para incluso “dos o tres” en todos los tiempos.

 

(13) N. del A.— Neander (Historia Eclesiástica i. 253) establece enfáticamente que «la forma de gobierno monárquica no era de ningún modo apropiada para la comunidad de espíritu cristiana». Pero ¿y qué de esto si el Espíritu moldea a los santos de manera que están en continua dependencia de Cristo? ¿No es esto algo esencialmente teocrático? Es algo completamente consistente con un orden piadoso y con un sistema de dones, como así también con la unidad.

 

No es cuestión de que los judíos estuviesen demasiado restringidos en la sinagoga, como muchos lo suponen. La Escritura proporciona pruebas de que en los primitivos días del Evangelio se dejaba amplia libertad para tomar parte en la lectura o para hablar, y es de suponer que para la oración también. Pero el cristianismo, a la vez que enseña la libertad, coloca a uno en una inmediata posición de responsabilidad ante Dios, ya que está basado en la presencia divina de un modo que no era conocido en absoluto por el judaísmo, y mucho menos por los paganos.

 

Es, pues, de lo más instructivo observar que allí donde se establece formalmente un orden según Dios, el apóstol mismo dispone la libertad para que “los hombres” oren “en todo lugar”. ¿Quién abrogó esta libertad? Es absolutamente incuestionable que esta directiva apostólica no tiene cabida en la cristiandad. Se la tildaría de desorden en las ocasiones más importantes. Allí, sólo un ministro oficial tiene facultad para orar ordinariamente en todo lugar. Él puede asociar consigo a uno o más de una cierta jerarquía eclesiásticamente. Por eso, no existe la libertad para que “los hombres” oren “en todo lugar”; por consiguiente, a ningún hombre con sentido común se lo ocurriría invadir los estatutos impuestos en tales sociedades religiosas.

 

Nada, por tanto, podría demostrar tan contundentemente que, de una manera u otra, ha tenido lugar una revolución, un gran cambio. Pues el orden moderno es irreconciliable con el orden apostólico; y se trata de algo absolutamente independiente de los “dones”, pues la oración jamás es vista en la Escritura como una cuestión de don. Innegablemente, nuestra epístola trata sobre el orden piadoso cuando éste estaba en toda su pureza y plenitud, cuando los apóstoles estaban todavía en la tierra y los ancianos se hallaban —o podían hallarse— en cada iglesia, y los “dones”, asimismo, abundaban en toda su variedad. Sin embargo, la oración “en todo lugar” estaba abierta a “los hombres”. En el día de hoy, por el contrario, el libre ejercicio de tal facultad chocaría frontalmente con el orden establecido de cualquier denominación en la cristiandad. El asunto, pues, es de suma importancia, no sólo desde un punto de vista práctico —y nunca la oración fue más necesaria que ahora—, sino también como una cuestión de principio; pues seguramente todos los cristianos son llamados a andar de conformidad con la más plena revelación de la verdad. Cada uno de nosotros debería estar reunido allí donde una directiva apostólica —claramente incontestable— pueda surtir pleno efecto.

 

¿Qué se puede pensar de la afirmación —hecha por Alford— de que «es algo traído de los cabellos y ajeno al contexto hallar en estas palabras la libertad del cristiano respecto de la prescripción referente al lugar para orar»? Es mucho mejor admitir la verdad —como lo hicieron Crisóstomo y Teodoreto, etc., en la antigüedad, o como lo hicieron Erasmo, Calvino, etc., en los tiempos de la Reforma— aun cuando ésta condene nuestros caminos. No es algo «traído de los cabellos», sino, por el contrario, el sentido menos forzado y más seguro de la oración en sí, cualesquiera sean las prácticas de los hombres. Ni es «ajeno al contexto», pues ¿qué puede ser más apropiado —tras haber exhortado a que se hagan oraciones del carácter que fuere— que establecer la libertad para orar por parte de “los hombres”, “en todo lugar”? La doctrina bíblica de la iglesia y su historia en los tiempos apostólicos confirma no sólo la relevancia de dicha práctica sino también su inmensa importancia, y prueban que la misma debe haberse seguido hasta que las costumbres que surgieron más tarde —en una fecha post-apostólica— hicieron que esto pareciese un desorden. Desde ese entonces las oraciones proferidas en ocasiones públicas estuvieron confinadas exclusivamente a los oficiales ordenados. Pero al principio no fue así: como lo leemos aquí, era la voluntad del apóstol que “los hombres” orasen “en todo lugar”.

 

Se requiere, sin embargo, una condición moral correcta: “levantando manos santas sin ira e incertidumbre” (o, quizás, “razonamiento”). La “santidad” expresada en el texto denota una piadosa integridad. No se trata de una persona “puesta aparte”; la palabra es οσιους y no αγιους. No convenía que los hombres, en el momento de estar conscientes de algún mal que no hubiese sido debidamente juzgado, tomaran tan solemne parte —si alguna— en la asamblea. Asimismo, si los demás tuvieran conocimiento del mal, semejante participación debería ser una ofensa para sus conciencias. Pero el motivo más importante de todos es aquello que nunca debería faltar: la conciencia de la presencia del Señor y del estado moral y espiritual que conviene a cada uno de los santos tan soberanamente bendecidos por Su gracia.

 

Por consiguiente, la “ira” también está expresamente prohibida. Era inadecuada si se inmiscuía en cualquier acción de naturaleza cristiana, y particularmente impropia para uno que era el portavoz de todos en la oración. Asimismo, la “incertidumbre” era muy inapropiada, pues ¿no es una contradicción de la confianza que expresamos a Dios en dependencia cuando oramos? Convenía a las almas que se hallaban bajo alguna de estas incapacidades, procurar la restauración de la comunión con Dios; de lo contrario, la oración en público podría tornarse en una positiva trampa por un endurecimiento de la conciencia en tales circunstancias.

 

Así, la sujeción a la Escritura en la iglesia —cuando se lleva a cabo debidamente en privado y en público— conduce siempre a la verdadera felicidad y santidad, las cuales pueden ser destruidas por lo que es meramente formal, sobre todo cuando las formas se basan en la tradición, que es contraria a la Escritura.

 

“Asimismo, también que [las] mujeres con un porte decoroso se adornen con pudor y sobriedad”. El Señor —a diferencia de los rabíes de entonces— no desestimó en absoluto a las mujeres, pero tampoco fueron ellas promovidas a una inapropiada o hasta vergonzosa prominencia como ocurría en el paganismo. La actividad pública no era su lugar. Ellas han de adornarse “con un porte decoroso”, lo cual, según la voz griega, no se refiere solamente al vestido, sino que incluye toda la manera de conducirse. Por eso se agrega: “con pudor y sobriedad” ese recato que se estremece y ruboriza ante la menor apariencia de indecencia, ese dominio propio que hace que todo esté gobernado interiormente. El apóstol no vacila en tratar de forma clara y espaciosa los objetos comunes de la vanidad femenina en todas las épocas: “no con trenzas (esto es, de cabello), y oro, o perlas, o atavío costoso”.

 

Esto debería resolver todas las cuestiones a aquellos que tienen sus conciencias ejercitadas. Considérese tan sólo el último punto (“no con vestidos costosos”). ¡Cuán a menudo oímos como pretexto para el uso de ropas costosas: «Lo barato resulta caro»! Mas quienes aguardan la llegada del Señor, no tienen necesidad de estar previendo lo que pueda suceder el día de mañana. Ahora bien, meros preceptos negativos, no satisfacen la mente del Espíritu, por lo que agrega: “sino lo que conviene a mujeres que profesan piedad, mediante buenas obras”. Éste es el adorno que el Señor aprueba; y las mujeres pueden encontrar en ello una amplia y continua esfera de actividad: δι εργων αγαθων, “mediante buenas obras”. El término vertido por “buenas” no es aquí καλων —el cual significa honorable, recta, justa, tal como figura en Mateo 5:16, Gálatas 6:9 y 1 Tesalonicenses 5:21—, sino αγαθς, tal como aparece en Gálatas 6:10 y 1 Tesalonicenses 5:15, y un ejemplo de esto lo hallamos en Dorcas (Hechos 9:36). Cuando la actividad intelectual reemplaza a esta actividad en buenas obras, pronto sobreviene congoja para los demás y una subsiguiente deshonra para uno mismo. Un verdadero poder espiritual habría evitado ambas cosas; en tanto que a la vanidad no sólo le agrada sino que hasta estimula este error práctico, sólo para hallar, a la larga, que sus razonamientos estaban totalmente equivocados. Si un ciego guiare a otro ciego, ambos caerán en un hoyo.

 

El apóstol ahora se dirige a otros detalles que corrigen ciertas tendencias femeninas, detalles de una naturaleza totalmente diferente pero no menos dignos de consideración si es que, como cristianas, ellas buscan glorificar al Señor. Es muy probable que en la actualidad se les exija todavía más a las mujeres sobre estos temas, a medida que los hombres van perdiendo cada vez más de vista el orden divino en su anhelo en pos de los imaginarios «derechos de la humanidad». ¡Cuántas cristianas hoy en día corren el peligro de un mal encaminado celo o de una benévola actividad sin la debida reverencia a la Palabra escrita! Para las tales, lucir las mejores galas bien puede no tener ningún atractivo, como tampoco los frívolos cambios de las modas mundanas. Su mismo deseo de abundar en buenas obras —mediante las cuales el apóstol quería que se adornasen— podría exponerlas a una trampa; y tanto más cuanto ninguna mente honesta e inteligente puede dudar de que las mujeres (sin mencionar sus talentos naturales ni su cultura) pueden tener dones espirituales de una manera tan real como los hombres. Era, pues, importante reglamentar el asunto con autoridad divina, tal como el apóstol procede a hacerlo ahora.

 

“[La] mujer aprenda en silencio, con toda sujeción. Enseñar, empero, no permito a [la] mujer, ni ejercer autoridad sobre [el] varón, sino estar en silencio. Porque Adán fue formado primero, después Eva; y Adán no fue engañado, pero la mujer, engañada completamente, ha venido a estar en trasgresión; pero será salvada en el tener hijos, si ellas continúan en fe, y amor, y santidad, con sobriedad”.

 

El apóstol ya había dejado establecidos muy saludables principios en 1 Corintios 11:1-16, en donde había deducido que el varón es cabeza de la mujer, y que a él le correspondía la cabeza descubierta, mientras que la cabeza cubierta le correspondía a ella. Él es llamado por Dios a desplegar la actividad pública; ella, en cambio, a estar velada; pues el hombre no procede de la mujer sino la mujer del hombre, aunque ni uno es sin el otro en el Señor, mientras que todas las cosas proceden de Dios.

 

Asimismo, en 1 Corintios 14:34 se sienta la orden imperativa de que las mujeres han de guardar silencio en las asambleas, “pues no les está permitido hablar, sino estar en sujeción, como también la ley lo dice”. Incluso les estaba prohibido preguntar a sus esposos allí. Si deseaban aprender algo, debían preguntar en casa, “pues es vergonzoso para una mujer hablar en la asamblea”. ¿Qué puede ser más claro y perentorio que esto? Sin embargo, la ingenuidad de la voluntad humana ha hallado una supuesta vía de escape: la palabra “hablar” —se alega— significa sólo conversar familiarmente o charlar (cotorrear). Esto es totalmente falso; el término que aparece λαλεωes el que se utiliza regularmente para pronunciar un discurso, como se puede ver en 1 Pedro 4:10 y 11. Aquí los santos, “según cada uno ha recibido un don”, son llamados a ministrarlo como buenos administradores de la multiforme gracia de Dios; y se traza la distinción entre dones de habla y los de otro servicio espiritual. “Si alguno habla”, debe hacerlo “como portavoz de Dios”; “si alguno ministra”, debe hacerlo “como por la fuerza que Dios suministra, para que Dios sea glorificado en todas las cosas mediante Jesucristo”. Ahora bien, en este pasaje, la palabra vertida «hablar» es la misma que aparece en 1 Corintios 14, donde se dice que a las mujeres les está prohibido «hablar». El sentido claramente es el de hablar en público, no parlotear. La prohibición, pues, es absoluta. El lugar de la mujer es un lugar retirado: debe aprender en silencio con entera sumisión.

 

Pero aquí hay más todavía. “No permito a la mujer enseñar, ni ejercer autoridad sobre el varón, sino estar en silencio”. Es claro que esto no se halla limitado a la asamblea, pues el apóstol traza el fundamento de ello en la constitución y el carácter natural de la mujer: “Pues Adán fue formado primero, después Eva”. La subsiguiente formación de la mujer a partir del hombre es algo que nunca deben olvidar aquellos que temen a Dios y creen a su Palabra. Todos los demás pensamientos no son sino presuntuosas teorías que surgen por descuido de la verdad, la cual se remonta al principio mismo de la creación.

 

La mujer, desde un punto de vista comparativo, puede ser capaz y bien instruida, pero bajo ninguna circunstancia le es permitido enseñar ni tener dominio sobre el varón. Ha de estar en silencio. Así, en términos absolutos, el apóstol previene contra cualquier reacción con motivo del lugar servil de la mujer en los tiempos antiguos, especialmente entre los paganos, o contra cualquier imitación que se quiera hacer de la particular prominencia que se le daba a ella algunas veces en cuestiones oraculares, como ocurría entre los griegos y especialmente entre los germanos de antaño.

 

Entonces ¿las mujeres no tenían ningún lugar apropiado o conveniente, ningún lugar bueno y útil en el cristianismo? Nadie puede negar que sí lo tienen; aquellos que ven cuánto honor tuvieron algunas de ellas en cuidar del Señor mismo en su ministerio (Lucas 8:1-3), quienes saben cómo justificó a María, la que lo ungió, cuando los apóstoles censuraron tal acción cediendo a una maligna influencia. Ciertamente Él no menospreció en absoluto a María Magdalena, aunque su resurrección sí interrumpió el plan de aquellos que habían traído sus especias aromáticas y sus ungüentos después de su muerte. No encontramos ningún cambio en las operaciones del Espíritu Santo tras la ascensión del Señor al cielo: María, la madre de Juan Marcos, da prestada su casa para que muchos puedan reunirse a orar; y a las cuatro hijas de Felipe no les estaba prohibido profetizar en su casa, aunque aun allí no podía rectamente ejercerse autoridad sobre el hombre. Lidia es un bello ejemplo de cristiana sencillez de corazón y de celo; su casa, asimismo, es honrada por causa de la verdad. Ni estuvo Priscila fuera de lugar cuando junto con su marido ayudaron al instruido alejandrino, poderoso en las Escrituras, a conocer el camino de Dios más exactamente. El capítulo 16 de la epístola a los Romanos no rinde ningún honor pasajero a muchas hermanas, comenzando con Febe, quien sirvió a la iglesia de Cencrea, recomendada a los santos de Roma como ayudadora de muchos, y de Pablo mismo. Prisca o Priscila es vinculada nuevamente con su marido como colaboradores en Cristo del apóstol, quienes no sólo expusieron sus cuellos por la vida de éste, sino que abrían su casa para la asamblea adondequiera que fuesen. Pero ¿necesitamos extendernos citando todos los casos y los tan bellos y distinguidos reparos hechos sobre ellas?

 

Podemos decir de Evodia y de Síntique que no existe la razón más insignificante para concebirlas como predicadoras por el hecho de que hayan participado de las labores del apóstol en el Evangelio (Filipenses 4:2). Que ellas hayan unido sus esfuerzos con Pablo en esa tarea no es ninguna garantía para deducir que predicaron. En aquellos días la predicación por parte de una mujer habría parecido un acto mucho más escandaloso que su atrevimiento a proferir una sola palabra en las asambleas de los santos. Incluso en privado —ocasión en que podían ejercitar lo que el Señor les había concedido— ellas nunca debían perder de vista la forma y la realidad de la sujeción. En público, toda enseñanza les estaba prohibida. Tal es el testimonio de la Escritura, y en ningún otro lado consta con tanta precisión y amplitud como aquí. El apóstol agrega todavía otra razón: “Adán no fue engañado, mas la mujer, engañada completamente, ha venido estar en trasgresión”. El hombre, en cierto sentido, pudo haber sido peor que ella, ya que siguió a la mujer en el mal contra Dios cuando debió de haberla guiado en obediencia; y lo hizo a sabiendas. Ella fue seducida completamente, él no. La debilidad de la mujer, por tanto, y su peligrosa influencia sobre el hombre, se aducen como argumento adicional de la razón por la cual la mujer debe guardar silencio y no debe enseñar ni gobernar. Su esfera de acción es el hogar (1 Timoteo 5:14).

 

Las siguientes palabras fueron víctimas de mucha especulación. Algunos, siguiendo a Wells, Hammond, Kidder, Doddrige, Macknight, et al., han intentado investirlas con una referencia directa a la Encarnación. Pero no hay razón suficiente para semejante pensamiento. La A.V. inglesa comunica sustancialmente el verdadero sentido, el cual mantienen también los Revisores, aunque ellos se inclinan por una exactitud de traducción más literal, la que, por tentadora que fuere, parece realmente cuestionable e innecesaria en este lugar (13). Pues no hay duda de que según el uso del apóstol —como es el caso en otros lados— la preposición δια, con el caso genitivo (al igual que con el acusativo) puede significar «en una determinada condición», no menos que tener el sentido más común del instrumento utilizado o del medio a través del cual se pasa.

 

(13) N. del T.— La A.V. vierte la preposición así: «será salvada en…», mientras que la R.V. traduce: Será salvada «a través de…».

 

Las notas del deán Alford —muestra característica de su habitual exégesis— son tan poco felices como quiera suponerse:

 

«Salvada a través de (llevada a salvo a través de, pero en el sentido más elevado, que sólo San Pablo emplea, de σωζω —salvar—, véase abajo) tener hijos (a fin de entender la plenitud del significado de σωθήεσται —será salvada—, debemos tener en cuenta la historia misma, a la cual se hace constante alusión... ¿Qué, pues, se le promete a ella aquí? No sólo exención de esa maldición en sus peores y más gravosos efectos; no meramente que tendrá hijos sin peligro, sino que el apóstol utiliza la palabra σωζω —salvar— a propósito por su significado más elevado, y la construcción de la oración es precisamente, como referencia, igual a la de 1 Corintios [3:15]» (H. Alford, The Greek Testament).

 

Ahora bien, podemos estar de acuerdo con él en que la interpretación que hace Crisóstomo de τεκνογονια (tener hijos) como significando la educación cristiana de los hijos (14) (así como otros lo refieren a la educación de los mismos hijos) es improcedente y verdaderamente infundada; pero así también lo es su propia confusión del gobierno de Dios con el «significado más elevado» de salvación eterna, la cual no está aquí en consideración. Esta misma epístola (4:10) demuestra concluyentemente que la preservadora bondad de Dios en providencia se mantiene plenamente en el cristianismo, si bien Su gracia en el Evangelio va más hondo, más alto y para siempre. El deán Alford debilita el «significado más alto» por su mala aplicación de esa seguridad de cuidado providencial que proporciona el texto que estamos considerando. No cabe ninguna duda de la existencia de una gracia salvadora en Cristo para el creyente; pero desviar esta palabra de su obvio sentido nos priva del verdadero objeto que está en consideración, es decir, el consuelo de saber que, si bien Dios no abrogó la solemne marca del juicio divino desde el principio en los dolores del parto, éste, por Su gracia, se convierte en una ocasión para Su intervención providencial. La redención disipa las nubes de modo que la luz resplandece sobre toda la senda del santo; y la mujer, mientras tanto, participa de esta bendición en su hora de dolor natural. La elevación forzada de la Escritura no sólo carece del poder de la verdad, sino que oscurece o priva del precioso consuelo que aquélla suministra para el camino del peregrino aquí en la tierra.

 

(14) N. del T.— Las biblias católicas suelen traducir el término por maternidad o crianza (véase, por ejemplo, Biblia de Jerusalén, Nácar-Colunga, etc.); y buen número de protestantes, desde Calvino, también aplican el término, parcial o completamente, a la tarea de la educación cristiana de los hijos.

 

Sin embargo, el prometido socorro está condicionado a permanecer “en fe y amor y santidad con sobriedad”. Uno percibe la importancia de esta cláusula condicional en un tiempo en que sentimientos humanos y hasta mundanos invaden a menudo los corazones de los mismos hijos de Dios. ¿Dónde está el orgullo familiar aquí? ¿En ver satisfecho el deseo de tener un heredero de gananacias deshonestas o en la esperanza de tener una extendida influencia en un mundo que crucificó al Señor de gloria? Ni tiene uno que dudar de lo sabio en la particularidad de la gramática, la cual otorga individualidad a la liberación concedida en gracia (“será salvada”, 3.ª persona del singular), a la vez que insta —no a los “hijos”, como algunos han pensado, ni mucho menos al marido y a la esposa, como piensan otros, sino— a las mujeres cristianas en general (“si ellas...”), con el calificativo llamado a permanecer en todo aquello que conviene y fortalece a la mujer para el debido, feliz y piadoso desempeño de sus trascendentales deberes. Se trata de continuar en fe y amor y santidad “con sobriedad”, lo cual va dirigido a mujeres santas, las cuales, sin duda, podían ya decir, junto con los cristianos en general, que Dios las había salvado conforme a Su propósito y gracia que les había sido dada en Cristo Jesús antes del comienzo de los tiempos (2 Timoteo 1:9).

 

 

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Capítulo 2

 

Exhorto, pues, ante todo, que sean hechas súplicas, oraciones, intercesiones, acciones de gracias, por todos [los] hombres, 2 por reyes y todos los que están en alta posición, para que llevemos una vida quieta y tranquila, en toda piedad y gravedad. 3 [1]Pues esto [es] bueno y aceptable delante de nuestro Dios Salvador, 4 quien quiere que todos [los] hombres sean salvos y vengan a[l] pleno conocimiento de la verdad. 5 Pues [hay] un [solo] Dios, un [solo] mediador también entrea Dios y los hombres: Cristo Jesús hombre, 6 quien se dio a sí mismo [en] rescate porb todos, el testimonio [que debía ser dado] en sus propios tiempos, 7para lo cual yo fui designado predicadorc y apóstol —verdad digo, no miento—, maestro de [los] gentiles en fe y verdad. 8 Quierod, pues, que los hombrese oren en todo lugar, levantando manos santas sin  ira e incertidumbre; 9 asimismo, también que [las][2] mujeres con un porte decoroso, se adornen con pudor y sobriedad, no con trenzas, y oro, o perlas, o vestido costoso, 10 sino lo que conviene a mujeres que profesan piedad, mediante buenas obras. 11 [La] mujer aprenda en silencio, con toda sujeción. 12 Enseñar[3], empero, no permito a [la] mujer, ni ejercer autoridad sobre [el] varón, sino estar en silencio. 13 Pues Adán fue formado primero, después Eva; 14 y Adán no fue engañado, pero la mujer, engañada completamente[4], ha venido a estar en transgresión; 15 pero será salvadaf en el [momento de] tener hijosg, si ellas continúan en fe, y amor, y santidad, con sobriedad.

 

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NOTAS CRÍTICAS DEL CAPÍTULO 2 (por W. K.)

 

[1]  Las autoridades para omitir gar («pues») son pocas pero antiguas: א A 17 67corr. Sah. Memph. Cyr. Todas las demás lo aceptan.   

[2] El Textus Receptus añade el artículo aquí, el cual es omitido por todos los mejores manuscritos acertadamente; pues, a «las» mujeres como clase particular, no se les concede el mismo título que a los hombres, sino que ellas (es decir, personas de ese sexo) son exhortadas individualmente a agradar al Señor atendiendo a la palabra de Su siervo. (N. del T.: La lengua española, a diferencia del griego y del inglés, no puede prescindir aquí del artículo definido; no obstante, es sabido que la omisión de éste en el griego denota que se trata de un término puramente característico y no objetivo).

[3] Se restablece el lugar enfático de acuerdo con א A D F G P, muchas cursivas, la Vulgata, la Gótica, la Armenia, etc. y de esta forma lo construyo en inglés. (N. del T.: Se sigue el mismo orden en castellano).

[4] Los mejores manuscritos avalan exapathqeisa en lugar de apathqeisa como aparece en el Textus Receptus.

 

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NOTAS

 

a lit.: de  b un rescate en lugar de  c o heraldo d Término diferente de «querer» del v. 4 (desear). Aquí se trata de resolución, determinación e ανηρ: varón, esto es, hombre en contraste con la mujer. Ídem v. 12: Término diferente del vocablo anqrwpouV que aparece en los v. 1 y 4 y que significa «ser humano en general» f  o preservada g o en la procreación, en el alumbramiento.

 

 

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1 Timoteo 3

 

 


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