EL DON DE LENGUAS

 

1 Corintios 14

 

Consideración de algunas cuestiones

 

 

 

PARTE I

 

Algunos plantean que las “lenguas” que se hablaban en el capítulo 14 de 1 Corintios:

 

a)            No son las mismas lenguas mencionadas en el día de Pentecostés (Hechos 2), es decir, que no eran idiomas o lenguajes hablados en otras partes del mundo, sino expresiones extáticas ininteligibles.

                  

 b)   No eran entendidas, no solamente por los oyentes —de no haber intérprete—, sino tampoco 

       por la misma persona que las hablaba, es decir, que la inteligencia del hablante permanecía 

       pasiva (no obraba como en la profecía).

 

c)    Era también un don para uso privado (supuestamente para la comunión del individuo con Dios, 

       aunque éste no entendiese lo que decía).

             

En el presente artículo trataremos de demostrar, partiendo de las Escrituras y no de la experiencia religiosa, el error de tales aserciones.

 

 

LENGUAS EN LOS HECHOS DE LOS APÓSTOLES

 

“¿Cómo, pues, les oímos nosotros hablar cada uno en nuestra lengua en la que hemos nacido?  Partos, medos, elamitas, y los que habitamos en Mesopotamia, en Judea, en Capadocia, en el Ponto y en Asia, en Frigia y Panfilia, en Egipto y en las regiones de Africa más allá de Cirene, y romanos aquí residentes, tanto judíos como prosélitos,  cretenses y árabes, les oímos hablar en nuestras lenguas las maravillas de Dios” (Hechos 2:8-11).

 

La lectura de Hechos 2 nos muestra claramente el uso que el Nuevo Testamento hace del término “lenguas”; en Pentecostés, las lenguas eran justamente eso: lenguas. Aquí vemos que las palabras habladas tienen un contenido inteligible, es decir, que pueden ser entendidas. Nada tienen que ver las lenguas con experiencias extáticas o jerigonzas, sino que se trata de un idioma que los oyentes entienden perfectamente. Por lo tanto, expresiones tales como «lenguajes extáticos» o «discurso extático» son simplemente erróneas puesto que los términos «lenguaje» o «discurso» implican siempre la comunicación de pensamientos inteligibles. Se les quiere atribuir la idea de «expresiones extáticas» o «balbuceo extático», pretendiendo significar la emisión de sonidos vocales sin contenido inteligible, pero, como dijimos, los términos «lenguaje» o «discurso» simplemente no se corresponden con esa idea. Algunos paganos profieren sonidos ininteligibles en relación con sus prácticas religiosas, y algunos han tratado de ver esto en 1 Corintios 14; así también otros se esfuerzan por relacionar las habituales prácticas carismáticas o pentecostales con el pasaje de 1 Corintios. Esto es hacer el camino inverso: no se juzgan las experiencias religiosas a la luz de las Escrituras —como se debiera—, sino que se da por hecho que estas prácticas son las mismas que las que están en la Biblia, e imaginan que esta última las avala, cuando en realidad lo que leemos en la Biblia es algo totalmente diferente.

 

RAZONES POR LAS CUALES EL DON DE LENGUAS SE REFIERE A LENGUAJES

 

1. La palabra lengua (glossa) es la que habitualmente se usa para describir tanto el órgano muscular situado en la cavidad de la boca como un lenguaje o sistema lingüístico. Se la usa una vez en relación con el estado intermedio (Lucas 16:24) y otra vez para describir lenguas repartidas (Hechos 2:3).

 

2. Marcos 16:17 reza: “Hablarán nuevas lenguas”. Difícilmente la expresión “nuevas” se refiera a nuevos sonidos extáticos.

 

3. Hechos 2:4 dice expresamente “otras lenguas” (heteros, esto es, diferentes). Este primer caso de hablar en lenguas interpreta su significado: aquí no puede significar «otras palabras ininteligibles». Vemos así que «La propia Escritura interpreta la Escritura».

 

4. Nada excepto la imaginación puede suponer que hablar en lenguas en Hechos 10 y 19 es algo diferente de lo que ocurre en Hechos 2.

 

5. 1 Corintios 12:10 se refiere a “géneros de lenguas”, lo que difícilmente signifique «géneros de sonidos extáticos», «géneros de discursos no verbales» o «géneros de sonidos ininteligibles».

 

6. “Interpretación de lenguas” en 1 Corintios 12:10 se refiere a la interpretación de lenguajes, no a la interpretación de sonidos o palabras de contenido ininteligible. No hay tal cosa como interpretación de discurso sin contenido inteligente.

 

7. La expresión “lenguas humanas” (1 Corintios 13:1), con toda seguridad significa lenguajes, aun cuando la expresión “lenguas… angélicas” no nos resulte clara.

 

8. Las lenguas edificaban al que hablaba en lenguas (1 Corintios 14:4). Por lo tanto, las lenguas eran de contenido inteligente (es decir, podían ser entendidas), y no eran sonidos extáticos sin significado. ¿Tendría algún sentido hacerle decir al texto: «el que habla en palabras sin ningún significado, a sí mismo se edifica»? No existen palabras sin significado.

 

9. “Hablar misterios” (1 Corintios 14:2), cuando se habla en una lengua, señala algo perfectamente inteligible; puesto que “misterio”, en el Nuevo Testamento, siempre se refiere a una verdad que no se hallaba en el Antiguo Testamento, pero que ahora ha sido plenamente revelada.

 

10. Hablar en lenguas incluía también oración y acciones de gracias (1 Corintios 14:14, 16), y ambas cosas no son posibles sin entender lo que se dice. No es posible dar gracias de algo que no se entiende.

 

11. La expresión “diez mil palabras (logous) en lengua” (1 Corintios 14:19), sólo puede significar expresiones de contenido inteligente. Las lenguas o lenguajes contienen palabras, y las palabras tienen significado.

 

12. I Corintios 14:28 sólo puede tener sentido si aquel que habla en lenguas habla a sí mismo con un lenguaje capaz de entenderlo él mismo.

 

13. En ausencia de pruebas en contra, debemos concluir que tanto Lucas como Pablo emplearon el término “lenguas” con el mismo significado.

 

Diversos esfuerzos, basados en algunas aparentes diferencias, se han llevado a cabo para que “lenguas” en 1 Corintios, no signifique “lenguajes”, como en Hechos 2, sino que se las quiere definir como algo distinto, esto es, como la pronunciación de sonidos ininteligibles tanto para el que los profería como para los oyentes.

 

LENGUAS EN LOS HECHOS CONSTITUYEN LA PRUEBA DE LA INCORPORACIÓN DE LOS CREYENTES A LA IGLESIA

 

Aparte de Hechos 2, hay otros tres pasajes en Hechos (cap. 8; 10:2-4, 22, 35 y 19:1-8) que mencionan el hablar en lenguas y sobre los cuales no entraremos en detalle, pero sólo diremos que en todos estos casos se trató de un evento único e irrepetible que atestiguaron el hecho de que las personas que hablaron en lenguas habían recibido el don del Espíritu Santo y fueron incorporadas así a la Iglesia (1 Corintios 12:13). La compañía inicial de judíos creyentes (Hechos 2) habló en lenguas cuando se formó la Iglesia, pero cuando Pedro predicó luego, en Hechos 2:37-42 y 5:14, la incorporación a la Iglesia no implicó hablar en lenguas, lo cual ya había tenido lugar por única vez en Pentecostés. Es decir, que los judíos que creían e iban siendo añadidos a la Iglesia después de Pentecostés, no hablaron en lenguas como prueba de su incorporación a ella.

 

El segundo caso es el de los samaritanos en Hechos 8, los cuales no habían recibido aún el Espíritu Santo y, por ende, aún no habían sido incorporados a la Iglesia, lo cual recién tuvo lugar cuando los apóstoles llegaron a Samaria y les impusieron las manos identificando así exteriormente a los samaritanos con la obra en Jerusalén. Al igual que en Pentecostés, hablar en lenguas en Samaria ocurrió esa única y primera vez, a modo de extensión de lo ocurrido con los judíos en Pentecostés y para evitar una iglesia samaritana independiente de lo que Dios había hecho en Jerusalén.

 

El tercer caso es el de Cornelio (Hechos 10:2-4, 22, 35), el cual, junto con los demás que creyeron, recibieron el Espíritu Santo de la misma manera que lo hicieron los judíos en el día de Pentecostés y fueron entonces incorporados a la Iglesia. Hasta entonces, los gentiles no habían sido incorporados formalmente en las bendiciones reservadas para Israel, y ahora Dios mostraba que tantos judíos como gentiles participarían de la misma bendición.

 

El último caso aparece en Hechos 19:1-8 que habla de doce discípulos (creemos que discípulos de Juan el Bautista, si comparamos Hechos 19:3 con Juan 4:1-2) que habían creído, pero aún no eran miembros de la Iglesia (como Cornelio, que era nacido de nuevo, pero aún no había echado mano del Evangelio de la gracia). Se hallaban sobre la base del Antiguo Testamento. El hecho de haber “creído”, no significa que fuesen “cristianos”, lo mismo que Juan el Bautista (quien los había bautizado y de quien habían oído que vendría uno que bautizaría en el poder del Espíritu, Mateo 3:11), que David o Isaías, los cuales habían creído en su tiempo, y eran hombres nacidos de nuevo, pero no por eso eran cristianos ni miembros de la Iglesia. Un cristiano no es sólo alguien nacido de nuevo (o sea, nacido del Espíritu), sino que, además, es alguien en quien habita el Espíritu Santo, y por eso es miembro del cuerpo de Cristo (1 Corintios 12:13). La muerte de Esteban (Hechos 7) marcó el punto en el cual el Evangelio comenzó a expandirse fuera del círculo judío (Hechos 8); luego el apóstol Pablo fue salvo (Hechos 9), y fue el gran mensajero a los gentiles (Hechos 9:15; 26:17). Tal fue el gran cambio que tuvo lugar. En Hechos 19 el apóstol Pablo, al igual que los otros dos apóstoles (Hechos 8), confirió el Espíritu Santo. Pablo, pues, fue el instrumento utilizado para llevar a estos discípulos a la posición cristiana. Tras recibir el Espíritu, fueron incorporados a la Iglesia.

 

De todos estos casos aprendemos que judíos que habían estado con el Señor, samaritanos, gentiles y discípulos de Juan declaraban por esta común manifestación exterior de hablar en lenguas, haber sido introducidos en el cuerpo de Cristo en un mismo plano de igualdad.

 

Podemos entender que:

 

a) Después que Pedro y los demás tuvieron la experiencia de hablar en lenguas en Hechos 2, nunca más vemos a ningún judío que hablase en lenguas tras haber recibido el Espíritu Santo. No ocurre en Hechos 2:37-47; 4:4; 5:14 ó 9:17-18, etc.

 

b) Nunca vemos que los samaritanos hablasen en lenguas después de Hechos 8 (si asumimos que habían hablado en lenguas allí).

 

c) Nunca oímos que los gentiles hablasen en lenguas al recibir el Espíritu Santo después de Hechos 10.

 

d) Nunca oímos que los discípulos de Juan hablasen en lenguas cuando recibían el Espíritu Santo después de Hechos 19.

 

La naturaleza esencial de hablar en lenguas en los Hechos y en 1 Corintios es la misma, es decir, en ambos libros se refiere a lenguajes humanos. La diferencia radica en el hecho de que en 1 Corintios se refiere a un don, mientras que en los Hechos no.

 

Las lenguas son siempre una señal (cf. Marcos 16:17; 1 Corintios 14:22), pero en los Hechos, las cuatro veces que se mencionan, las lenguas no se relacionan con el uso de un don, sino que son de carácter único (es decir, que no se repitieron nunca más) y constituyen la prueba de la incorporación de los creyentes a la Iglesia. No es el caso de 1 Corintios 12 a 14, el cual se refiere a un don que reside en una persona a quien le fue dado como señal para los incrédulos (1 Corintios 14:22).

 

Notemos también que en los Hechos nunca vemos a nadie tratando de hablar en lenguas. No vemos a nadie haciendo esfuerzos por querer hablar en lenguas, abrir su boca e iniciar algo parecido. Tampoco hay registro bíblico de las extravagantes prácticas religiosas de hoy tales como «risa santa», ladrar como un perro, caídas al suelo en estado de trance, convulsiones, etc. Nada de esto es espiritual. El espiritual discernirá estas cosas (1 Corintios 2:15). Se nos ha dado un espíritu de dominio propio o de sobriedad (2 Timoteo 1:7), y, aunque en un contexto diferente, 1 Corintios 14:32 señala la misma verdad: nada se hacía bajo la acción de algún impulso incontrolable, todo era hecho bajo la guía del Espíritu y los espíritus de los profetas debían actuar bajo el control de sí mismos, sujetos a los profetas. El dominio propio es el fruto del Espíritu (Gálatas 5:23).

 

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PARTE II

 

LENGUAS, INTERPRETACIÓN Y PROFECÍAS

 

Antes de considerar con detalle algunos puntos del capítulo 14 de 1 Corintios, veamos brevemente qué se dice en los capítulos 12 y 13 sobre las lenguas, ya que no debemos olvidar que los capítulos 12, 13 y 14 no deben ser tomados aisladamente, sino en conjunto.

 

EL DON DE LENGUAS

 

La primera mención del don de lenguas en 1 Corintios 12 se encuentra en el v. 10: “géneros de lenguas”. “Géneros” pareciera indicar clases de lenguas, es decir las diferentes clases de lenguajes que hablaba la persona. El don de “interpretación de lenguas” es un don concomitante y ambos dones se menciona en el capítulo 14. El don de lenguas también se señala como “lenguas” en el capítulo 13:8.

 

El don de lenguas es un don milagroso, como lo atestigua su carácter de señal. En los eventos en que se manifestaban las lenguas, la interpretación tenía lugar, y ésta también era de carácter milagroso. El don de “géneros de lenguas” no fue dado para la devoción privada. Los dones tienen como objeto el bien de los demás, y ninguno es dado para uso personal. El ministerio cristiano es el ejercicio de un don, y el ministerio tiene a los demás por objeto. Las lenguas en los Hechos y algunas expresiones difíciles de entender en el capítulo 14 de 1 Corintios no deben sacarse de contexto para oscurecer esta verdad.

 

LA EXPRESIÓN “LENGUAS DESCONOCIDAS”

 

Algunos sostienen que hablar en lenguas es hablar en lenguas extrañas o desconocidas, es decir, lenguas que nadie entiende en el mundo, para lo cual citan la expresión “otras” lenguas de Hechos 2:4 y la interpolación “desconocidas” o “extrañas” de los v. 4, 13, 14, 19, 27 de algunas versiones como la Reina-Valera en castellano o la Versión Autorizada en inglés. Se alega que “lenguas extrañas” son lenguajes celestiales, desconocidos en la tierra, «misterios en el Espíritu», y se cita 1 Corintios 14:2, texto que trataremos en el capítulo siguiente. W. Kelly escribió al respecto:

 

«Poco se puede dudar de que la interpolación de la palabra desconocidas en los versículos 2, 4, 13, 19 y 27 de 1 Corintios 14 en la Versión Autorizada inglesa, dio lugar, y contribuyó, a consagrar el engaño del enemigo. No es una prueba insignificante de los males de estas injustificadas adiciones…» (An Exposition of the Acts of the Apostles, pág 18).

 

Seguramente las palabras desconocidas o extrañas fueron interpoladas por los traductores de la versión King James y de la versión Reina-Valera, entre otras, debido a que no entendieron el pasaje y se tomaron entonces esta libertad. Pero lo cierto es que Hechos 2 nos da simplemente un relato de lenguas claramente conocidas y habladas en la tierra, lo que el sagrado escritor describe como “otras lenguas”, las cuales son esencialmente las mismas “lenguas” descritas en 1 Corintios 14.

 

EL DON DE INTERPRETACIÓN DE LENGUAS

 

Este don era necesario para verter el contenido de lo proferido por el que hablaba en lenguas, en el lenguaje de los oyentes de manera de servir de edificación. Un intérprete (1 Corintios 14:28) era un cristiano a quien se reconocía como poseedor del don de interpretación. Las personas no eran intérpretes ocasionales, como este pasaje deja ver, ni tampoco lo eran los que hablaban en lenguas ni los profetas, dones, estos tres, que permanecían en aquellos que los habían recibido. Los dones (charismata) no iban ni venían ocasionalmente, sino que permanecían en aquellos a quienes les habían sido dados. Los intérpretes se reconocían estando o no presentes. Lo mismo podía decirse de las lenguas, para las cuales, cuando debían emplearse, era necesario que hubiese dos o a lo sumo tres (1 Corintios 14:27), lo que implica que el primero que hablaría en lenguas debía saber que estaban presentes otros que hablarían en lenguas.

 

EL DON DE PROFECÍA

 

¿En qué consiste el don de profecía? W. Kelly escribió:

 

«No debemos suponer que este don implica un hombre predicando. Profetizar nunca significa predicar. Además, profetizar no es simplemente enseñar. Es, sin duda, enseñar, pero es muchísimo más que eso. Profetizar es la aplicación espiritual de la Palabra de Dios a la conciencia, que pone al alma en Su presencia, y hace manifiesto, como la luz, al oyente el pensamiento de Dios. Hay muchas enseñanzas, exhortaciones y aplicaciones valiosas, que no revisten el carácter de profecía. Todas son verdaderas, pero no ponen al alma en la presencia de Dios; no dan esa absoluta certeza del pensamiento de Dios que ilumina la conciencia y juzga el estado del corazón delante de Él» (Lectures Introductory to the Study of the Epistles of Paul the Apostle, pág. 84).

 

No hay declaraciones inspiradas, predicciones proféticas ni nuevas revelaciones en la actualidad. Pero en el sentido que W. Kelly habló de profetizar, sí tenemos profetas hoy. En las palabras de C. H. Mackintosh:

 

«Creemos plenamente que, en este sentido del término, hay profetas actualmente en la Iglesia» (Things New and Old, 12:22).

 

F. W. Grant señaló al respecto:

 

«Este precioso don [de profecía], por su misma naturaleza estaba particularmente expuesto al menosprecio y a la desestimación de los hombres. Lo que comenzó en Corinto [el menosprecio de las profecías] bien pudo haberse acentuado hasta nuestros días, hasta el punto de llegarse a negar por completo la existencia del don de profecía» (Despise Not Prophesyings, 1 Cor. 14, Helps By the Way, New Series 2:102 (1880).

 

La idea de que la profecía sólo reviste carácter revelatorio, conduce a la conclusión de que hoy en día ya no tenemos más profetas ni profecía en ningún sentido. Ello significaría que los corintios se reunían simplemente para oír cuatro, cinco o seis revelaciones, y que hoy día no podría tenerse ninguna reunión de asamblea para edificación sobre la base de 1 Corintios 14. Esto lleva a la conclusión de que el Espíritu Santo ya no tiene más libertad de acción en las reuniones de asamblea y, por ende, deja el camino abierto para la intromisión del clero. Romanos 12:6 reza: “De manera que, teniendo diferentes dones, según la gracia que nos es dada, si el de profecía, úsese conforme a la medida de la fe.” Esta exhortación es incompatible con la noción de que un profeta habla sólo por inspiración o habla sólo revelaciones. 1 Corintios 14:6 distingue entre revelación y profetizar, si bien profetizar, naturalmente, puede incluir una revelación.

 

Efesios 2:20 es citado a veces como prueba de la cesación de toda profecía, alegándose que:

 

1.           Este pasaje abarca todas las funciones del profeta.

2.           Apóstoles y profetas ya no existen más puesto que fueron dones fundacionales.

 

Es cierto que tanto apóstoles como profetas fueron dones fundacionales, pero sólo en el sentido de las comunicaciones de carácter revelatorio e inspirado que dieron, “porque nadie puede poner otro fundamento que el que está puesto, el cual es Jesucristo” (1 Corintios 3:11). Pero ellos pueden existir hoy en otro sentido, sin incluir inspiración, nuevas revelaciones ni milagros, esto es, teniendo un ministerio o una misión especial. Al igual que en la época apostólica (Hechos 13:1) el don más abundante es el de profecía. Pero debemos distinguir claramente aquel período, antes que el canon de las Escrituras se cerrara, con el tiempo que sigue, a partir del cual ya no hubo más revelaciones, milagros ni dones de señales. Hoy sólo nos queda el aspecto del profeta que no incluye nuevas revelaciones. La comparación de 1 Corintios 14:3 con 13:9-10 muestra que la profecía continuará “hasta que venga lo perfecto”. La profecía en 1 Corintios 13, se refiere al don de profecía mencionado en el capítulo anterior. El don continúa, pero no en su aspecto revelatorio. La importancia de “no menospreciar las profecías” (1 Tesalonicenses 5:20), radica en el hecho de que ocupan un lugar prioritario en la lista de dones de Romanos 12, y también por el orden en que Dios puso profetas (1 Corintios 12:28), lugar también reiterado en Efesios 4.

 

LENGUAS EN 1 CORINTIOS 13

 

“Las lenguas cesarán”

 

Las razones generales para creer que las lenguas han cesado son:

 

1.           La función de las señales y milagros del Nuevo Testamento fue acompañar la Palabra predicada por Cristo y sus apóstoles a fin de autenticarla.

2.           Los dones señales fueron dados mediante los apóstoles, y dejaron de darse después de su muerte.

3.           La ruina de la iglesia impide la continuidad de los milagros.

4.           Una consideración menor es que la historia sobre hablar en lenguas posterior al período apostólico es seguida de falsas doctrinas.

5.           La Escritura dice que la ciencia y las profecías continuarían hasta que llegase lo perfecto, pero que las lenguas “cesarían”.

 

La consideración de cada uno de estos puntos nos llevaría más de lo previsto para lo que nos hemos propuesto. Aquí sólo diremos unas palabras sobre el último punto: “El amor nunca deja de ser; pero las profecías se acabarán, y cesarán las lenguas, y la ciencia acabará. Porque en parte conocemos, y en parte profetizamos; mas cuando venga lo perfecto, entonces lo que es en parte se acabará” (1 Corintios 13:8-10).

 

El pasaje dice que tanto “las profecías” como “la ciencia” se acabarán (El Nuevo Testamento Interlineal de Lacueva vierte: “serán abolidos”), pero que las lenguas “cesarán”. El verbo empleado en los primeros dos casos no es el mismo que el verbo empleado en el caso de las lenguas. 1 Corintios 13:13 nos dice que la fe y el amor permanecen hoy en día. Pero cuando veamos cara a cara, la fe será reemplazada por la vista y la esperanza se habrá convertido en realidad. La fe y la esperanza, entonces, no estarán más como hoy; pero no así el amor, el cual “nunca deja de ser” (v. 8), es decir, continuará hasta la eternidad. Lo que es “en parte” del v. 10 (el amor no es “en parte”) se refiere a las profecías y a la ciencia, y estos dos, “cuando venga lo perfecto”, es decir, cuando llegue la perfección de la gloria, cuando veamos al Señor cara a cara en cuerpos de gloria, “se acabarán”, mientras que el amor permanecerá por la eternidad.

 

¿Y qué de las lenguas? No se dice que las lenguas “se acabarán”, sino que “cesarán”. Ellas no perdurarán siempre, ni tampoco hasta que “venga lo perfecto”, sino que cesarán cuando hayan cumplido su función. Creemos que las lenguas cesaron con el fin de la era apostólica o hacia el final de ella, junto con las demás señales, y con el oficio apostólico (cf. Marcos 16:17,20; Hebreos 2:3-4; 2 Corintios 12:12; Romanos 15:18-19, etc.). Respecto del término “cesar”, consideremos las siguientes citas:

 

«Pauo: Parar, cesar, terminar, se usa principalmente en la Voz Media en el Nuevo Testamento, significando terminar, tomarse un descanso, cesar voluntariamente (en contraste con la Voz Pasiva, que denota una cesación forzada)… 1 Corintios 13:8, de las lenguas» (W. E. Vine, Diccionario expositivo de palabras del Nuevo Testamento).

 

La cesación forzada se refiere a “lo que es en parte” (o sea, al conocimiento y a la profecía), los cuales serán abolidos, serán llevados a su fin por un acto de poder: la venida del Señor Jesús por nosotros. Las lenguas cesaron espontáneamente cuando concluyó la obra de los dones señal, llevada a cabo con el objeto de la introducción y el establecimiento del cristianismo.

 

Con respecto a los diferentes verbos empleados para lenguas (cesarán) y para profecías y ciencia (serán abolidos), William Kelly escribió:

 

«Hay una diferencia en la fraseología en cuanto a las lenguas en comparación con las profecías y la ciencia, y se ha inferido de ello —y probablemente con justa razón— que la cesación de las lenguas indica su extinción una vez que el objetivo de Dios fuera alcanzado, mientras que los medios de edificación continúan en el tiempo hasta que la perfección de la gloria los lleve a un final relativamente abrupto. Aquellos que están habituados a la exactitud de expresión de las Escrituras, no dudarán de que el cambio de palabras tiene por objeto hacer notar una distinción» (Notes on the First Epistle to the Corinthians, pág. 223).»

 

Hemos visto que la ciencia y las profecías son “en parte”, y que ambas serán abolidas cuando llegue lo perfecto, esto es, en el tiempo de la venida del Señor. Las lenguas, junto con los demás dones señales, terminarían cuando el cristianismo fuese establecido (aunque esto no impediría que luego hubiese personas que imitarían o pervertirían la verdad). Pero el don de hablar en lenguas realmente ha cesado y, si ha cesado, el don de interpretación tampoco puede existir más.

 

Continúa en PARTE III

 

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APÉNDICE I

 

LAS INVESTIGACIONES DE H. A. IRONSIDE ACERCA DEL PENTECOSTALISMO

 

Deseoso de inquirir las cosas de primera mano, asistí a varias reuniones en muchas ciudades diferentes. Creo que no puedo hacer nada mejor que describir un poco de lo que he visto y oído.

 

En compañía de un sobrio hermano, concurrí por primera vez en la ciudad de San Francisco. El lugar estaba colmado de gente. Una mujer corpulenta dirigía en medio de gran excitación. Para sorpresa nuestra, apenas nos sentamos cuando la mujer gritó: «Necesitamos orar; dos enemigos de la verdad acaban de entrar. El Espíritu me dice que están aquí para luchar contra la verdad. Pero yo les advertí que estaban luchando contra Dios...etc.»

 

La reunión continuó. Unos y otros testificaban, y algunos de manera hermosamente sobria. Una cosa nos llamó poderosamente la atención en seguida: Ninguno dijo: «Señor Jesús.» Ninguno clamó: «Abba Padre.» Ahora bien, puesto que éstas constituyen dos pruebas Escriturarias de que el Espíritu Santo es el agente que lo controla y dirige todo, en seguida sentimos la incongruencia de todo lo que sucedía allí. Se hablaba mucho acerca del Espíritu Santo. La gente hablaba de “Dios”, del “Dios Todopoderoso”, del “Todopoderoso” y de “Jesús”, de “Jesucristo” y de “Cristo Jesús”, pero ninguno dijo “Padre” ni “nuestro Señor Jesucristo”.

 

Luego nos estremecimos al oír por primera vez los misteriosos y chillones acentos proferidos por una mujer supuestamente bajo el «poder», hablando en «lenguas». Tomé nota con el mayor de los cuidados de cada sílaba y las anoté como sigue: «Kuriah, Kuriah, Kuriah, Kuriah, ahke.» Esto es lo que ella repetía una y otra vez hasta quedarse casi sin aliento, ¡mientras los demás gritaban encantados ante esta supuesta prueba del control del Espíritu!

 

La mujer terminó en un estado exhausto, y desde una esquina provino lo que sonaba como el gemido de un alma perdida. Otra mujer, de rodillas, comenzó a entonar, en muy melancólicos acentos: «La-a-a-a-la-a-a-ah-la-lala-la-ah-ahah-oh-oh.» Esto era todo. Sin embargo, ello era aceptado como el gran poder de Dios.

 

Al final la líder vino directamente a nosotros, y la resistimos cara a cara refutando su declaración de que ella estaba viviendo sin pecado con la declaración opuesta de que podíamos citarle capítulo y versículo específicos que constituían un mandamiento directo de las Escrituras que ella había estado desobedeciendo a lo largo de toda la reunión. Ella desafió su existencia, y entonces le leímos 1 Corintios 14:34: “Las mujeres callen en las congregaciones; porque no les está permitido hablar...”. Mientras lo leíamos ella estalló en ira, hasta que creí justo contestarle la irónica pregunta: «¿No teme perder por completo su santificación enojada de esta forma?» Ella gritó: “¡Ustedes están poseídos por un demonio!» y se retiró.

 

Pero cuando nos marchábamos, nos siguieron cinco hombres y nos acosaron con preguntas, y nos agradecieron que hayamos abierto sus ojos cuando oían la conversación que habíamos tenido con la mujer. Huelga decir que no vimos nada en esa reunión que nos hiciera sentir que el Espíritu Santo estuviese operando.

 

En Portland, Oregon, otro hermano me acompañó a la «Burnside Street Mission». No hay palabras para describir lo que vimos y oímos. El estado de excitación crispaba los nervios. Más de doce personas oraban —o más bien chillaban— todas al mismo tiempo. «Lenguas» se evidenciaban por doquier, y aquí, además, había intérpretes. Un hombre se levantó y bisbiseó algunas sílabas incoherentes, hablando cerca de medio minuto. Una mujer se levantó y, con voz aguda e impresionable gritó: «¡Gloria a Dios, tengo la interpretación. El hermano dice, oigan, oigan, oigan, yo soy Jesús el crucificado. Os hablo a vosotros, hijos míos. Debéis renunciar al mundo; debéis ser libres de la mente carnal; debéis bautizaros; resta poco tiempo, he aquí vengo pronto!»; y así prosiguió por casi cinco minutos, hasta que llegamos a asombrarnos ante la sorprendente condensación de una «lengua» que fue capaz de expresar en medio minuto lo que llevó diez veces más de tiempo para su interpretación. Al final de la reunión había un «servicio de altar» o «servicio de aposento alto», como algunos lo han designado, el cual era una perfecta casa de orates. A duras penas podíamos creer que tales escenas fuesen posibles fuera de un manicomio; y aun allí los cuidadores no permitirían semejantes descontroles.

 

Casi a nuestros pies un hombre cayó de espaldas retorciéndose y echando espumarajos como si se tratase de un ataque de epilepsia. Sugerí que lo sacasen fuera del recinto, del ambiente caliente o al menos que le dieran agua o que llamasen un médico o un policía. A lo que uno gritó: «¡Quite sus manos del arca de Dios!» «Éste es el Espíritu Santo.» Durante cuarenta minutos, por reloj, se retorcía en el piso y, finalmente, dio unos pasos hacia atrás como si cojeara y cayó como muerto. Entonces un «obrero» se abalanzó sobre su pecho, puso su boca sobre las narices del hombre inconsciente y exclamó: «¡Recibe el Espíritu Santo!», y sopló con fuerza en sus orificios nasales. Lo volvió a hacer repetidas veces (un espectáculo muy desagradable). Finalmente, el hombre abrió sus ojos y se sentó en seguida en una silla, fatigado y sin ningún resultado aparente.

 

Varios se nos acercaron para hablarnos. Preguntamos especialmente cómo tal escena podía conciliarse con el texto bíblico: “Dios no es autor de confusión [tumulto o agitación; véase Lacueva, Nuevo Testamento interlineal], sino de paz, como en todas las iglesias...” (1 Corintios 14:33). Ellos ardieron en ira. Un hombre negro gritó: «Ustedes crean la confusión; estorban al Espíritu y están poseídos por un demonio.» Así pues, la lamentable farsa prosiguió hasta que abandonamos el lugar, angustiados al pensar que tales cosas pudiesen ocurrir en una «tierra de Biblias».

 

Tiempo después se me dijo que siete personas de esa misión fueron derivadas a un manicomio; y yo mismo ví y conversé con una muchacha calva de unos diecisiete años que había contraído fiebre cerebral a causa de la contranatural excitación, y había perdido el cabello durante su enfermedad.

 

Sería innecesario relatar otras reuniones que visité. Los detalles son tediosos y el tenor general siempre el mismo. Tras haber visto y oído, sólo puedo decir que si hay un espíritu obrando —lo que me parece evidente— éste no es el “espíritu de dominio propio [mente sobria, sana, cuerda, según el vocablo griego]” (2 Timoteo 1:7), el cual constituye una de las características del Espíritu Santo de Dios.

 

En lo que respecta a las «lenguas», he oído a cientos de personas hablando bajo el «poder», y jamás oí algo más allá de lo referido antes.

 

(«Apostolic Faith Missions And the So-called Second Pentecost», págs. 7-11, Miscellaneous Papers of H. A. Ironside,

 New York: Loizeaux, vol. 1, sin fecha).


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