LA DEMOCRACIA

 

EXAMINADA A LA LUZ DE LAS ESCRITURAS

 

F. B. Hole

 

Extraído de «Scripture Truth» Vol. 12, 1920, pág. 108

 

 

 

 

En el tiempo actual, dos grandes ideas prevalecen en el mundo en cuanto a su aspecto nacional, político o social. Ambas son radicalmente diferentes y, al parecer, completamente incompatibles. Sin embargo, el rumbo actual de los acontecimientos nos conduce a pensar que lo más probable es que ambas corrientes se vean amalgamadas en un determinado momento; y la voz de los escritos proféticos confirma este pensamiento.

 

Las dos grandes ideas son: la democracia y el imperialismo. Ambas ya estuvieron presentes en la escena de este mundo.


La democracia se nos presenta como el súmmum de la sabiduría de todos los tiempos. Se puede decir que la historia nos ofrece el largo y triste relato de la experiencia humana en el arte de gobernar, y, aprovechando la experiencia pasada, la idea democrática se desarrolló, y está ahora en vigor entre las naciones cultivadas. Es —para utilizar la famosa frase de Abraham Lincoln— «el gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo». En la práctica ello se traduce en el hecho de que el pueblo debe ser gobernado por una mayoría del pueblo —ya que nunca habrá en él unanimidad y la minoría debe pues ceder— y esta mayoría debe tomar decisiones a través de sus representantes elegidos, para bien de todo el pueblo y no para los intereses de la mayoría solamente. Si esto realmente se cumple o no en la práctica, es, naturalmente, otro tema.

 

La idea imperialista tiene como consigna «la unión hace la fuerza». A nivel nacional, conduce a grupos de naciones, y a poderosas alianzas y ligas. En política se manifiesta por grupos de partidos para llevar a cabo lo que no se podría imponer aisladamente. A nivel social, conduce a gigantescas confianzas, uniones y federaciones industriales. Hasta amenaza con aparecer en el mundo religioso bajo la forma de una federación de «iglesias». Es, de hecho, un retorno a la vieja idea que animaba a los que proyectaban construir la torre de Babel (véase Génesis 11:1-9).

 

No nos proponemos en absoluto considerar las ventajas o desventajas políticas de la democracia; deseamos, no obstante, entender la luz que la Palabra de Dios arroja sobre este tema, a fin de discernir su verdadero carácter y poder ver de antemano cuál será su evidente final.

 

En primer lugar, pues, debemos ver lo que la Escritura dice con respecto a lo que pueden ser los caminos del Señor para el gobierno de la tierra. Él, por supuesto, tiene un pensamiento sobre este tema, y cuanto más claramente lo comprendamos, tanto mejor estaremos en condiciones de juzgar todas y cada una de las teorías que propone el hombre.

 

Al principio, antes de la caída, Adán fue colocado en una posición de autoridad exclusiva. Era la imagen de Dios, o su representante, y ejercía dominio sobre las criaturas inferiores (Génesis 1:26). No había entonces ningún pensamiento de autoridad sobre otros hombres. Eso no existía hasta que entró el pecado. Su autoridad era entonces absoluta, y su responsabilidad era sólo hacia Dios.

 

Una vez que el pecado invadió la creación, transcurrió un largo período durante el cual no hubo otra autoridad delegada al hombre por Dios, y ningún hombre tuvo pues autoridad sobre sus semejantes. El diluvio puso fin a este período.


El primer período postdiluviano, no obstante, se inició con una delegación de autoridad. Noé, y sus hijos después de él, eran responsables de mantener los derechos de Dios en el hombre, especialmente en cuanto al carácter sagrado de la vida (véase Génesis 9:5 y 6). Dios delegaba aquí a ciertos hombres la autoridad sobre los hombres, incluso la autoridad de ejecutar la pena de muerte. Se establecía así la autoridad patriarcal.


Entre aquellos que poco después rechazaron el temor de Dios, no queriendo “tener a Dios en su conocimiento”, como Romanos 1:28 lo indica (Versión Moderna), esta autoridad cambió de forma de manera evidente. No tuvo ya el carácter patriarcal, sino que cayó en manos de hombres sagaces y de renombre, como Nimrod (Génesis 10:8-10), y después de la confusión de lenguas en Babel, aparecieron las naciones con sus «reyes» (Génesis 12:15; 14:1-2).


Sin embargo, los que siguieron temiendo a Dios se aferraron al orden patriarcal hasta que Dios pusiera su mano para liberar a Israel de Egipto y suscitara a Moisés. Esto marcó un nuevo apartamiento. Dios invistió a Moisés, en medio de Israel, con una autoridad muy superior a la que Noé había recibido. Es cierto que al principio se rechazó su autoridad.
El que entonces “maltrataba a su prójimo le rechazó, diciendo: ¿Quién te ha puesto por gobernante y juez sobre nosotros?” (Hechos 7:27) pero leemos también: “A este Moisés, a quien habían rechazado, diciendo: ¿Quién te ha puesto por gobernante y juez?, a éste lo envió Dios como gobernante y libertador por mano del ángel que se le apareció en la zarza” (v. 35). Moisés fue efectivamente “rey en Jesurún” (Deuteronomio 33:5), pero se trató de un reinado informal. En sentido estricto, la teocracia se estableció en Israel con Moisés como mediador y portavoz, y, en consecuencia, rey en este sentido.


Durante siglos, la autoridad tal como se administraba en Israel fue de este orden, pero su poder declinó; los que la ejercieron fueron muy inferiores en fidelidad y fuerza. “
Y nunca más se levantó profeta en Israel como Moisés, a quien haya conocido Jehová cara a cara” (Deuteronomio 34:10).

 

La debilidad que resultó condujo a la petición de tener un rey como las naciones (1 Samuel 8:5), y después del episodio del rey de corazón obstinado elegido por el pueblo, Dios suscitó a David y estableció la autoridad real sobre una adecuada base. Debía ser soberano sobre el pueblo de Dios, y el ejecutor del juicio sobre sus enemigos (2 Samuel 7:8-9). Debía también “apacentar” a Israel, Su heredad. Y los apacentó según la integridad de su corazón, y los pastoreó con la pericia de sus manos (Salmos 78:71-72). La autoridad de David era absoluta, debía reinar. Debía ejecutar el juicio en caso de ser necesario y según las necesidades, pero también apacentar a sus súbditos y guiarlos. Su reino debía ser absoluto y enteramente de bendición.

 

Con el fracaso de los descendientes de David, la gloria de este reinado se desvaneció, y, finalmente, Dios traspasó la autoridad a manos de los gentiles. Se confió en primer lugar a Nabucodonosor, como se indica en Daniel 2:37-38, y aunque el sueño impresionante del rey, indicado en este capítulo, anunció los cambios que debían ocurrir en cuanto a las formas de gobierno, puso de manifiesto que la autoridad que estaba detrás el gobierno, cualquiera que sea su forma, permanecería en manos de los gentiles hasta que la ejecución de la ira divina sobre todo el orgullo del hombre y su abuso del poder que le había confiado se hubiese cumplido. Debe aparecer a continuación el reino “que no será jamás destruido” (Daniel 2:44), y este reino debe ser investido por el Hijo del hombre, quien ejercerá una soberanía absoluta para la bendición de los hombres (Daniel 7:13-14). Se complacerá, no obstante, en tomar y emplear para Su gobierno a los santos “del Altísimo” o de “los lugares altísimos” (v. 18, 22), y también un “pueblo” que poseerá el reino “debajo de todos los cielos” (v. 27), es decir, el lado terrestre. Este pueblo es, por supuesto, Israel.


Esta breve reseña del curso del gobierno entre los hombres es suficiente para poner de manifiesto que todos tienen una característica común. La autoridad suprema es Dios y sólo Dios.


Ningún hombre tiene derecho de ejercer autoridad sobre sus semejantes a menos que lo haya recibido de Dios. Por ese motivo, en pasajes tales como Romanos 13:1-6 y 1 Pedro 2:13-15 se ordena a los cristianos obedecer a las autoridades. El apóstol Pablo nos dice: “
No hay autoridad sino de parte de Dios, y las que hay, por Dios han sido establecidas.

 

Volviéndonos ahora del gobierno tal como se nos presenta en la Escritura, a su puesta en práctica por aquellos a quienes se les confió en la tierra, veremos inmediatamente que hubo un terrible abuso de esa autoridad conferida, tal como ocurrió con todo lo que se le confió al hombre caído. Tiranía y búsqueda del propio interés florecieron por todas partes, y la historia es una recopilación de largas y penosas luchas mediante las cuales las naciones se volvieron de una forma de gobierno a otra, o introdujeron modificaciones en su sistema gubernamental con la vana esperanza de desarrollar condiciones ideales. De todos estos cambios, la democracia es el último, y su llegada no asombra absolutamente a nadie que conozca los abusos que le dieron origen.

 

Si la comparamos, no con lo que le precede, sino con el modelo bíblico que se cumplirá plenamente en el Milenio, vemos de inmediato que está irremediablemente condenada más que cualquier otra forma de gobierno que haya tenido lugar; porque de manera desvergonzada deja abiertamente a Dios de lado como fuente y base de la autoridad, y pone al hombre —es decir, al pueblo— en Su lugar. El abismo entre los dos es tan extenso como el que existe entre el cielo y el infierno.

 

Para el perfecto demócrata, una sola cosa es verdaderamente importante, a saber: ¿cuál es la voluntad del pueblo? Preguntarse qué es lo justo —es decir, cuál es la voluntad de Dios— es algo que no se tiene en cuenta para nada. Lo que el pueblo desea, debe ser considerado como lo que es justo, y la función de un gobierno verdaderamente democrático es responder a los deseos del pueblo, ser el humilde servidor de la voluntad popular, independientemente de que sea buena o mala.

 

En esta cuestión, así como en cualquier otra, la cruz de nuestro Señor Jesús constituye para el cristiano la prueba suprema. En esa hora solemne Poncio Pilato, el gobernador, era el representante de César, y Jesús fue llamado a comparecer ante su corte autocrática. Sin embargo, en un momento de debilidad inusual, la autocracia abdicó de sus funciones. Así lo registra la Escritura: “Viendo Pilato que nada adelantaba, sino que se hacía más alboroto, tomó agua y se lavó las manos delante del pueblo, diciendo: Inocente soy yo de la sangre de este justo; allá vosotros.” “Mas ellos instaban a grandes voces, pidiendo que fuese crucificado. Y las voces de ellos y de los principales sacerdotes prevalecieron. Entonces Pilato sentenció que se hiciese lo que ellos pedían” (Mateo 27:24; Lucas 23:23-24).

 

Como representante de César, Pilato se lavó las manos de todo el asunto, mientras que, actuando como el responsable ejecutivo de una democracia que sólo duró un breve momento, “sentenció que se hiciese lo que ellos pedían”.

Considerado desde el punto de vista de la aplicación de principios democráticos, esto parece haber sido llevado a cabo de manera muy justa. Considerado desde cualquier otro ángulo, fue el crimen más atroz de la historia de la humanidad.

 

Volviendo de nuevo al sueño de Nabucodonosor en Daniel 2, estamos ahora en mejores condiciones de comprender el significado del barro que entra en la imagen cuando se llega a los pies.


Las visiones de Daniel, en Daniel 7, presentan el curso de los cuatro grandes imperios gentiles que operan entre los hombres, los cuales son representados como bestias salvajes de gran poder destructor. El sueño de Nabucodonosor, por otro lado, nos ofrece los mismos cuatro imperios, pero presentando el carácter y la naturaleza de sus gobiernos, de ahí que lo que los caracteriza no es más que un deterioro regular en el metal indicado.
 

Dios dio inicio a “los tiempos de los gentiles” con una forma de gobierno perfecta, aunque el hombre, a quien se confió este poder, distaba mucho de ser perfecto. Lo que muestra la perfección de esta forma de gobierno es el hecho de que Dios volverá a ella en el Milenio, cuando aparezca el Hombre perfecto, por quien “juzgará al mundo con justicia”; todo será inmediatamente paz y bendición.

 

A medida que los imperios se sucedieron, los hombres se fueron desviando del ideal, introduciendo modificaciones humanas, y el gobierno se convirtió en plata, bronce y hierro, en la medida que los pensamientos divinos se fueron perdiendo de vista y los métodos humanos ocuparon el primer plano.

 

Sin embargo, sólo en la última etapa del último imperio —el imperio Romano— encontramos por primera vez mencionado el barro —un material no metálico—. Es una predicción evidente de que, antes del fin, en el sistema gubernamental existente se introducirá un principio que no será una modificación suplementaria de los precedentes, sino un cambio radical y sustancialmente diferente. A causa de ello, “el reino será en parte fuerte, y en parte frágil” (Daniel 2:42). La interpretación de Daniel para el hierro y el barro mezclados es: “se mezclarán por medio de alianzas humanas; pero no se unirán el uno con el otro, como el hierro no se mezcla con el barro” (v. 43). (Las dos cosas que se mezclan, en este pasaje, parece referirse a aquellos que detentan la autoridad en ese momento).

 

No dudamos en ver aquí una predicción de la llegada y el predominio de la democracia en los últimos días. La autoridad que encuentra su fuente en Dios y aquella que encuentra su fuente en el hombre, son tan diferentes una de otra como el oro, el hierro o cualquier otro metal lo son del barro. Ambas pueden mezclarse —están en parte inextricablemente mezcladas en nuestras modernas formas de gobierno— pero no se ve otro resultado que debilidad y fragilidad, y pronto el golpe mortal será asestado por la piedra que “fue cortada, no con mano”.

Si alguien tiene dificultad para reconciliar lo que se dice más arriba con las profecías relativas a la cabeza del imperio Romano resucitado, que está bajo la influencia de Satanás, le pediremos que recuerde que en la práctica la transición de la democracia al imperialismo es muy simple. Que sólo surja un hombre eminentemente inteligente, que parezca personificar en sí mismo el mismo espíritu del «pueblo», y nada le resultará más fácil que asumir por sí mismo el poder que pertenece teóricamente al pueblo, y el pueblo, inconstante y fácilmente conducido, estará contento de que sea así. La carrera de Napoleón I que surge de la revolución francesa, es un ejemplo. La “bestia” venidera de Apocalipsis 13, sube “del mar”, es decir, de la masa del pueblo en estado de agitación y desorden.

 

Es, pues, más que probable que este «superhombre» que ha de venir, apoye, en teoría, vivamente las instituciones democráticas, dirigiendo al mismo tiempo de manera autocrática en la práctica: el hierro mezclado con el barro.

 

El lector que nos ha seguido pacientemente hasta aquí, podrá preguntarse adonde queremos llegar escribiendo todo esto, si no tenemos, como lo decimos, ningún objetivo político ante nosotros. Afirmamos, pues, sin la menor vacilación, que nuestro objetivo es una mayor separación de corazón de este presente siglo malo, tanto para nosotros como para todos los creyentes.

 

Sabemos perfectamente bien que nada sino un sentimiento permanente de la excelencia del conocimiento de Cristo Jesús nuestro Señor puede elevar nuestras almas sobre el nivel de este mundo y sus pensamientos, aunque la exposición del mundo político y sus planes a la luz de la Escritura tenga su valor, y esto es lo que tratamos de hacer.


La antorcha de los escritos proféticos se dice que alumbra en lugar oscuro (2 Pedro 1:19). Permítase a la lámpara proyectar sus rayos sobre los tan elogiados principios democráticos, ¡y qué oscuros aparecerán! El barro pegajoso puede tener una apariencia dorada, ¡pero no es oro ciertamente! El cristiano iluminado no se entusiasmará con la idea de esta democracia.

 

Y qué luz clara arroja sobre la controvertida cuestión de si un cristiano debería votar e interesarse por la política en general. Se nos pide aceptar ser un pequeño diente del engranaje de la máquina llamada «el pueblo», que, en la esfera del gobierno, usurpó la función que pertenece sólo a Dios. ¿Lo haríamos? ¡Sí!: si creemos en el «evangelio» humanista moderno que humaniza a Jesús y deifica al hombre. Pero si creemos que la salvación no viene del pueblo sino del Señor, diremos ¡No!

 

El sistema del mundo está condenado. Que no haya ninguna duda en nuestro testimonio de este hecho. Las almas son salvadas de la catástrofe inminente por la gracia abundante de nuestro Señor. Nos corresponde buscarlas, llevando el testimonio de nuestro Señor Jesuscristo. No perdamos entonces tiempo en vanas tentativas por consolidar la tambaleante estructura, sino ocupémonos en este gran trabajo que el Señor nos asignó. Ser enteramente para Él y sus intereses implica estar enteramente fuera del sistema de este mundo y sus esperanzas.

 

Esperamos no un sistema democrático mejorado, sino “al Salvador, al Señor Jesucristo; el cual transformará el cuerpo de la humillación nuestra, para que sea semejante al cuerpo de la gloria suya” (Filipenses 3:20-21), y en cuanto a esta tierra, esperamos el establecimiento del reino de Cristo por el Dios de los cielos, reino que no será destruido, sino que subsistirá por siempre.

 


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