“HERMANOS SANTOS”

 

 

C. H. Mackintosh

 

 

 

 

 

“Por tanto, hermanos santos, participantes del llamamiento celestial, considerad al apóstol y sumo sacerdote de nuestra profesión, Cristo Jesús” (Hebreos 3:1).

 

“Y considerémonos unos a otros para estimularnos al amor y a las buenas obras” (Hebreos 10:24).

 

Los dos pasajes guardan entre sí una muy íntima relación. Ello se debe a que el autor inspirado de la epístola emplea en ambos una misma palabra, la que no se halla más que en estos dos lugares a lo largo de todo este maravilloso tratado[1].

 

Nosotros somos invitados a considerar a Jesús y, al mismo tiempo, a todos aquellos que le pertenecen, dondequiera que se encuentren. Éstas son las dos grandes divisiones de nuestra obra. Debemos aplicar nuestra mente diligentemente a Él y a sus intereses en la tierra, y así seremos librados de la miserable ocupación de pensar en nosotros mismos y en nuestros propios intereses. Gloriosa liberación, seguramente, por la cual bien podemos alabar a nuestro glorioso Libertador.

 

El título de “hermanos santos”

 

Pero antes de entrar en el examen de los grandes temas que hemos de considerar, detengámonos un momento en el maravilloso título que el Espíritu Santo aplica a todos los creyentes, a todos los verdaderos cristianos. Él los llama “hermanos santos”.  Éste es ciertamente un título de gran dignidad moral. No dice que debemos ser santos. No; sino que lo somos. Se trata del título o de la posición de todo hijo de Dios en la tierra. Sin duda que al tener esta santa posición por la gracia soberana, debemos ser santos en nuestra marcha; es menester que nuestro estado moral responda siempre a nuestro título. Jamás deberíamos permitir un pensamiento, una palabra o una acción que sea, aun en el menor grado, incompatible con nuestra elevada posición como “hermanos santos”. Santos pensamientos, santas palabras y santas acciones, es lo único que conviene a aquellos a quienes la gracia infinita de Dios ha concedido este título.

 

No lo olvidemos. No digamos, no pensemos jamás que no podemos mantener tan elevada posición o vivir a la altura de esta medida. La misma gracia que nos ha revestido de esta dignidad, nos hará siempre capaces de mantenerla, y veremos, a continuación de estas líneas, cómo esta gracia actúa, de qué poderosos medios morales ella se vale para producir un andar práctico que esté en armonía con nuestro santo llamado.

 

Pero examinemos sobre qué base el apóstol funda este título de “hermanos santos”. Es de suma importancia tener en claro esta cuestión. Si no vemos que es enteramente independiente de nuestro estado, de nuestra marcha o de nuestro progreso, no podremos comprender ni nuestra posición ni sus resultados prácticos. Afirmamos con la mayor seguridad que la marcha más santa que se haya visto en este mundo, el más elevado estado espiritual que haya sido alcanzado, jamás podría constituir la base de una posición tal como la que expresa este título: “hermanos santos”. Es más, nos atrevemos a afirmar que la obra misma del Espíritu Santo en nosotros, tan esencial como lo es en cada etapa de la vida divina, tampoco podría darnos derecho a entrar en tal dignidad. Nada en nosotros, nada de nosotros, nada concerniente a nosotros, podría jamás constituir el fundamento de esta posición.

 

¿En qué, pues, se funda? Hebreos 2:11 nos proporciona la respuesta: “Porque el que santifica y los que son santificados, de uno son todos; por lo cual no se avergüenza de llamarlos hermanos.” Aquí tenemos una de las verdades más profundas y más extensas del santo volumen. Vemos cómo llegamos a ser “hermanos santos”; esto es, al estar asociados con Aquel bendito que descendió a la muerte por nosotros, y que en su resurrección vino a constituir el fundamento de este nuevo orden de cosas donde tenemos nuestro lugar. Él es la Cabeza, el Jefe, de esta nueva creación a la que pertenecemos, el Primogénito entre muchos hermanos, de quienes no se avergüenza, puesto que los ha puesto sobre el mismo terreno que Él, y los ha traído a Dios, no sólo según la perfecta eficacia de su obra, sino según la perfecta aceptación y la infinita preciosidad de su persona delante de Dios. “El que santifica y los que son santificados, de uno son todos.”[2].

 

¡Palabras maravillosas! Meditémoslas, querido lector. Notemos la profunda, sí, la inconmensurable diferencia que existe entre “el que santifica” y “los que son santificados”. El Señor, personalmente, de una manera intrínseca, en su humanidad, podía ser “el que santifica”. Nosotros, personalmente, en nuestra condición moral, en nuestra naturaleza, tenemos necesidad de ser santificados. Pero —¡el universo entero alabe su Nombre por la eternidad!— es tal la perfección de su obra, tales son las “riquezas” y “la gloria” de su gracia, que podía ser escrito: “Como él es, así somos nosotros en este mundo.” “El que santifica y los que son santificados, de uno son todos” (1.ª Juan 4:17; Hebreos 2:11). Todos están sobre un mismo plano, y eso por siempre.

 

Nada puede sobrepasar la grandeza de este título y esta posición. Estamos delante de Dios según todos los gloriosos resultados de su obra perfecta y según toda la aceptación de su Persona. Él nos ha unido consigo, en su vida de resurrección, y nos ha hecho participantes de todo lo que tiene y de todo lo que es como hombre, salvo su Deidad, naturalmente, que es incomunicable.

 

Prestemos particular atención a lo que implica el hecho de que necesitábamos ser “santificados”. Ello pone de manifiesto de la manera más fuerte y clara, la ruina total, sin esperanza y absoluta en que se halla cada uno de nosotros. No importa, en lo que toca a este aspecto de la verdad, quiénes éramos o qué éramos en nuestra vida personal y práctica. Podríamos haber sido refinados, cultos, amables, morales y religiosos a la manera de los hombres; o bien habríamos podido ser degradados, inmorales, depravados, la hez de la sociedad. En una palabra, podríamos haber estado, en cuanto a nuestro estado moral y a nuestra condición social, tan lejos los unos de los otros como los dos polos; pero como se trata de la necesidad de ser santificados, para el más excelente como para el peor, antes que podamos ser llamados “hermanos santos”, no hay evidentemente “ninguna diferencia”. El más vil no necesitaba nada más, y nada menos el mejor. Todos y cada uno de nosotros estábamos envueltos en una ruina común y teníamos necesidad de ser santificados, puestos aparte, antes de poder tomar nuestro lugar entre los “hermanos santos”. Y ahora, puestos aparte, estamos todos sobre un mismo terreno; el más débil hijo de Dios sobre la faz de la tierra forma parte de los “hermanos santos” tan verdadera y realmente como el apóstol Pablo mismo. No es cuestión de progreso ni de logros, por importante y precioso que sea hacer progresos; se trata simplemente de nuestra común posición delante de Dios, de la cual el “Primogénito[3] es de una manera viva, en su persona, la eterna y preciosa definición.

 

Pero debemos recordar aquí al lector que es de la mayor importancia tener bien en claro y estar bien fundados en cuanto a la relación del “Primogénito” con los “muchos hermanos”. Es ésta una verdad fundamental, respecto a la cual no debe haber ninguna vaguedad ni indecisión. La Escritura es clara y enfática sobre este gran punto cardinal. Pero hay muchos que no quieren oír la Escritura. Están tan repletos de sus propios pensamientos que no se toman la molestia de escudriñar las Escrituras para ver lo que dicen sobre este tema. Por eso hoy encontramos a muchos que sostienen el fatal error de que la encarnación constituye el fundamento de nuestra relación con el “Primogénito”. Los tales consideran a Aquel que se ha encarnado como nuestro “hermano mayor” que, al tomar sobre sí una naturaleza humana, nos unió a Él, o él se unió a nosotros.

 

Sería difícil expresar convenientemente y enumerar las terribles consecuencias de tal error. En primer lugar, lleva aparejado una positiva blasfemia contra la Persona del Hijo de Dios; es la negación de su humanidad absolutamente pura, sin pecado, perfecta. En su humanidad, era tal que el ángel podía decir a la virgen María: “El Santo Ser que nacerá, será llamado Hijo de Dios” (Lucas 1:35). Su naturaleza humana era absolutamente santa. Como hombre, no conoció pecado. Fue el único hombre en la tierra de quien podía decirse ello. Era único, absolutamente solo en esa condición. No había ni podía haber ninguna unión con él en su encarnación. ¿Cómo el Santo y los profanos, el Puro y los impuros, el Inmaculado y los manchados habrían podido ser unidos alguna vez? ¡Ello era absolutamente imposible! Aquellos que piensan y dicen que tal cosa era posible, yerran grandemente, ignorando las Escrituras y al Hijo de Dios.

 

Además, aquellos que hablan de unión en la encarnación son muy manifiestamente enemigos de la cruz de Cristo. En efecto, ¿qué necesidad habría de la cruz, de la muerte o de la sangre de Cristo, si los pecadores pudiesen estar unidos a Él en su encarnación? Ninguna, seguramente. No habría ninguna necesidad de expiación, ninguna necesidad de propiciación, ninguna necesidad de los sufrimientos y de la muerte de Cristo como sustituto, si los pecadores pudiesen estar unidos a Él sin eso.

 

De ahí podemos ver que tal sistema de doctrina no puede provenir sino del enemigo. Deshonra a la persona de Cristo y pone a un lado su obra expiatoria. Además de todo esto, tal doctrina arroja por la borda la enseñanza de toda la Biblia respecto a la ruina y la culpabilidad del hombre. En suma, destruye completamente todas las grandes verdades fundamentales del cristianismo, y no nos deja sino un sistema profano, sin Cristo, e infiel. Éste es el objetivo que siempre el diablo tuvo en vista, y el que todavía persigue; y miles que se llaman maestros cristianos actúan como sus agentes en sus esfuerzos por socavar el cristianismo. ¡Qué tremenda responsabilidad para ellos!

 

Prestemos oídos con reverencia a la enseñanza de las Santas Escrituras sobre este gran tema. ¿Qué significado tienen esas palabras que brotaron de los labios de nuestro Señor Jesucristo, y que Dios el Espíritu Santo nos ha conservado: “Si el grano de trigo no cae en la tierra y muere, queda solo” (Juan 12:24)? ¿Quién era este grano de trigo? Él mismo, bendito sea su santo Nombre. Jesús debía morir, a fin de “llevar mucho fruto”. Para rodearse de “muchos hermanos”, debía descender a la muerte, a fin de quitar de en medio todo obstáculo que impidiera que ellos fuesen eternamente asociados con él en el nuevo terreno de la resurrección. Él, el verdadero David, debía avanzar solo contra el temible enemigo, a fin de tener el profundo gozo de compartir con sus hermanos los despojos, frutos de su gloriosa victoria. ¡Eternas aleluyas sean dadas a su Nombre sin par!

 

En el capítulo 8 del evangelio de Marcos tenemos un hermosísimo pasaje que se relaciona con nuestro tema. “Y comenzó a enseñarles que le era necesario al Hijo del Hombre padecer mucho, y ser desechado por los ancianos, por los principales sacerdotes y por los escribas, y ser muerto, y resucitar después de tres días. Esto les decía claramente. Entonces Pedro le tomó aparte y comenzó a reconvenirle.” En otro evangelio, vemos lo que Pedro le dijo: “Señor, ten compasión de ti; en ninguna manera esto te acontezca.” Ahora, prestemos atención a la respuesta y la actitud del Señor: “Pero él, volviéndose y mirando a los discípulos, reprendió a Pedro, diciendo: ¡Quítate de delante de mí, Satanás! porque no pones la mira en las cosas de Dios, sino en las de los hombres.”

 

Esto es de una belleza perfecta. No sólo presenta a la inteligencia una verdad, sino que deja penetrar en el corazón un brillante rayo de la gloria moral de nuestro adorable Señor y Salvador Jesucristo, con el expreso propósito de inclinar el alma en adoración ante Él. “Volviéndose y mirando a los discípulos”, es como si hubiese querido decir a su errado siervo: «Si admito lo que me sugieres, si tengo compasión de mí mismo, ¿qué sería de éstos?» ¡Bendito Salvador! Él no pensó en sí mismo. “Afirmó su rostro para ir a Jerusalén” (Lucas 9:51), sabiendo bien lo que allí le esperaba. Iba a la cruz para sufrir allí la ira de Dios, el juicio del pecado, todas las terribles consecuencias de nuestra condición, a fin de glorificar a Dios con respecto a nuestros pecados, y eso, a fin de tener el gozo inefable y eterno de verse rodeado de “muchos hermanos” a quienes, sobre el terreno de la resurrección, podía anunciar el nombre del Padre. “Anunciaré a mis hermanos tu nombre.” De en medio de las terribles sombras del Calvario, donde soportaba por nosotros lo que ninguna criatura inteligente podría jamás sondear, él miraba adelante, hacia este momento glorioso. Para poder llamarnos “hermanos”, él debía encontrar solo la muerte y el juicio por nosotros.

 

Ahora bien, ¿por qué todos estos sufrimientos, si la encarnación fuese la base de nuestra unión o de nuestra asociación con él?[4] ¿No es perfectamente evidente que no podría haber ningún vínculo entre Cristo y nosotros excepto sobre la base de una expiación cumplida? ¿Cómo podría existir este vínculo, con el pecado no expiado, la culpabilidad no borrada y los derechos de Dios no satisfechos? Sería absolutamente imposible. Mantener semejante pensamiento es ir en contra de la revelación divina, socavar los mismos fundamentos del cristianismo, y éste es precisamente, como bien lo sabemos, el objetivo que el diablo siempre persigue.

 

Sin embargo, no nos detendremos más en este tema aquí. Puede que la gran mayoría de nuestros lectores tengan perfectamente en claro y resuelto este punto, y que lo sostengan como una de las verdades cardinales y esenciales del cristianismo. Mas en un tiempo como el presente, sentimos la importancia de dar a toda la Iglesia de Dios un claro testimonio de esta tan bendita verdad. Estamos persuadidos de que el error que hemos combatido —a saber, la unión con Cristo en la encarnación— forma una parte integrante de un vasto sistema infiel y anticristiano que domina sobre miles de cristianos profesantes, y que hace tremendos progresos en toda la cristiandad. Es la profunda y solemne convicción que tenemos de este hecho, lo que nos conduce a llamar la atención del amado rebaño de Cristo sobre uno de los más preciosos y gloriosos temas que pudieran ocupar nuestro corazón, a saber, nuestro título para ser llamados “hermanos santos”.

 

La exhortación dirigida a los “hermanos santos”

 

El Apóstol de nuestra profesión

 

Nos detendremos ahora unos momentos en la exhortación dirigida a los “hermanos santos, participantes del llamamiento celestial”. Como ya ha sido observado, no somos exhortados a ser “hermanos santos”, somos hechos tales. Este lugar y esta porción son nuestros en virtud de una gracia infinita, y sobre este hecho el inspirado apóstol basa su exhortación: “Por tanto, hermanos santos, participantes del llamamiento celestial, considerad al apóstol y sumo sacerdote de nuestra profesión, Cristo Jesús.”

 

Los títulos otorgados aquí al Señor lo presentan a nuestros corazones de una manera muy maravillosa. Abarcan todo el ámbito de su historia: desde el momento en que se hallaba en el seno del Padre hasta que descendió al polvo del sepulcro, y de allí al trono de Dios. Como Apóstol, vino de Dios a nosotros, y como Sumo Sacerdote, ha vuelto a Dios donde está por nosotros. Vino del cielo para revelarnos a Dios, para desplegar ante nosotros el corazón mismo de Dios, para hacernos conocer los preciosos secretos que estaban en su seno. “Dios, habiendo hablado muchas veces y de muchas maneras en otro tiempo a los padres por los profetas, en estos postreros días nos ha hablado por el Hijo [en uiô = en Hijo], a quien constituyó heredero de todo, y por quien asimismo hizo el universo; el cual, siendo el resplandor de su gloria, y la imagen misma de su sustancia, y quien sustenta todas las cosas con la palabra de su poder, habiendo efectuado la purificación de nuestros pecados por medio de sí mismo, se sentó a la diestra de la majestad en las alturas” (Hebreos 1:1-3).

 

¡Qué maravilloso privilegio que Dios se haya revelado a nosotros en la persona de Cristo! Dios nos ha hablado en el Hijo. El Apóstol de nuestra profesión nos ha dado la plena y perfecta revelación de lo que Dios es. “A Dios nadie le vio jamás; el unigénito Hijo, que está en el seno del Padre, él le ha dado a conocer.” “Porque Dios, que mandó que de las tinieblas resplandeciese la luz, es el que resplandeció en nuestros corazones, para iluminación del conocimiento de la gloria de Dios en la faz de Jesucristo” (Juan 1:18; 2.ª Corintios 4:6).

 

Todo esto es de un precio inestimable. Jesús ha revelado a Dios a nuestras almas. No habríamos podido conocer absolutamente nada de Dios si el Hijo no hubiera venido y no nos hubiese hablado. Pero —¡gracias y alabanzas sean dadas a nuestro Dios!— podemos decir con toda la certeza posible: “Sabemos que el Hijo de Dios ha venido, y nos ha dado entendimiento para conocer al que es verdadero; y estamos en el verdadero, en su Hijo Jesucristo. Este es el verdadero Dios, y la vida eterna” (!.ª Juan 5:20). Si recorremos las páginas de los cuatro evangelios y contemplamos a Aquel bendito que el Espíritu Santo nos presenta en todo el resplandor de su soberana gracia, de esa gracia que brillaba en todas sus palabras, sus actos, y sus caminos, podemos decir: He ahí a Dios. Lo vemos yendo de lugar en lugar haciendo el bien, y sanando a todos los que estaban oprimidos por el diablo; lo vemos sanando a los enfermos, limpiando a los leprosos, abriendo los ojos a los ciegos y las orejas de los sordos, alimentando a los que tienen hambre, enjugando las lágrimas de la viuda, llorando ante la tumba de Lázaro, y decimos: Éste es Dios. Todos los rayos de la gloria moral que brillaron en la vida y en el ministerio del Apóstol de nuestra profesión, eran la expresión de Dios. Él era el resplandor de la gloria divina y la imagen, o exacta impresión, de su sustancia o esencia divina.

 

El Verbo eterno eres tú

El unigénito del Padre

Dios manifiesto, Dios visto y oído

El Amado del cielo

 

En ti, perfectamente expresado

Del Padre mismo el resplandor

La plenitud de la Deidad

El Bendito, eternamente Divino

 

¡Cuán infinitamente precioso es todo esto para nuestras almas! Tener a Dios revelado en la persona de Cristo, de manera que podemos conocerle, regocijarnos en Él, hallar todas nuestras delicias en Él, llamarle “Abba Padre”, marchar en la luz de su bendita faz, tener comunión con Él y con su Hijo Jesucristo, conocer el amor de su corazón, el amor mismo con que ama al Hijo, ¡qué profunda bendición! ¡Qué plenitud de gozo! ¡Cómo podríamos alabar y bendecir lo suficiente al Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo por la maravillosa gracia que desplegó hacia nosotros, al introducirnos en tal esfera de bendiciones y privilegios, y al colocarnos en tan maravillosa relación consigo mismo en el Hijo de su amor! ¡Oh, que nuestros corazones le alaben! ¡Que nuestras vidas le glorifiquen! ¡Que el único gran objeto de todo nuestro ser moral sea magnificar su Nombre!

    

El Sumo Sacerdote de nuestra profesión

 

Examinemos ahora otra división importante de nuestro tema. Hemos de considerar al “sumo sacerdote de nuestra profesión”. Esto también está repleto de las más ricas bendiciones para cada uno de los hermanos santos. El mismo Bendito que, como Apóstol, descendió de Dios hasta nosotros para darle a conocer, ha vuelto a Dios a fin de estar delante de Él por nosotros. Vino a hablarnos de Dios, y ha vuelto a lo alto para hablar de nosotros a Dios. Aparece por nosotros ante la faz de Dios. Nos lleva continuamente sobre su corazón. Nos representa delante de Dios, y nos mantiene en la integridad de la posición en que su obra expiatoria nos ha introducido. Su bendito sacerdocio es la provisión divina para nuestra senda en el desierto. Si sólo fuese cuestión de nuestra posición o de nuestro título, no tendríamos necesidad de sacerdocio; pero como se trata de nuestro estado actual y de nuestra marcha práctica, no podríamos dar un solo paso si no tuviésemos a nuestro gran Sumo Sacerdote viviendo siempre por nosotros en la presencia de Dios.

 

Ahora bien, la epístola a los Hebreos nos presenta tres preciosísimas facetas del servicio sacerdotal del Señor. En primer lugar, leemos en el capítulo 4: “Por tanto, teniendo un gran sumo sacerdote que traspasó los cielos, Jesús el Hijo de Dios, retengamos nuestra profesión. Porque no tenemos un sumo sacerdote que no pueda compadecerse de nuestras debilidades, sino uno que fue tentado en todo según nuestra semejanza, pero sin pecado”[5]

 

     Lector cristiano, ¿no es una preciosa e inmensa bendición el tener, a la diestra de la Majestad en los cielos, a Uno que se compadece de nuestras debilidades, que participa en todos nuestros dolores, que siente por nosotros y con nosotros en todos nuestros ejercicios de alma, nuestras pruebas y nuestras dificultades? ¡Qué inefable bendición el tener en el trono de Dios a un Hombre, a un corazón humano perfecto, con el que podemos contar en todas nuestras debilidades, nuestras cargas y nuestros conflictos; en todas las cosas, en una palabra, aparte del pecado!. Con este último —bendito sea su Nombre— Él no puede tener ninguna simpatía.

 

¿Qué pluma, qué lengua humana, sería capaz de describir digna y plenamente la profunda bendición que resulta del hecho de tener en la gloria a un Hombre cuyo corazón está con nosotros en todas las pruebas y los dolores de nuestra senda a través del desierto? ¡Qué preciosa provisión! ¡Qué divina realidad!  Aquel que tiene toda potestad en los cielos y en la tierra, vive ahora por nosotros en el cielo. Podemos contar con él en todo tiempo. Toma parte en todos nuestros sentimientos, como ningún amigo en la tierra podría hacerlo. Podemos acudir a Él y decirle cosas que no podríamos confiar a nuestro amigo más íntimo en la tierra. Él solo puede comprendernos perfectamente.

 

Pero nuestro gran Sumo Sacerdote puede comprender todo lo que nos concierne. Ha pasado por todos los dolores y las pruebas que un corazón humano puede conocer. Por eso es capaz de simpatizar perfectamente con nosotros, y se complace en ocuparse de nosotros cada vez que pasamos por el dolor y la aflicción, cuando nuestro corazón es quebrantado y abrumado bajo un peso de angustia que sólo Él puede conocer plenamente. ¡Precioso Salvador! ¡Misericordioso Sumo Sacerdote! ¡Que nuestros corazones hallen sus delicias en ti, y se acerquen más y más a las fuentes inagotables de consolación y de gozo que se hallan en tu tierno amor por todos tus hermanos probados, tentados, que lloran y sufren aquí abajo!

 

Hebreos 7:25 nos muestra otra preciosísima parte de la obra sacerdotal de nuestro Señor, a saber: su incesante intercesión a favor de nosotros en la presencia de Dios. “Por lo cual puede también salvar perpetuamente a los que por él se acercan a Dios, viviendo siempre para interceder por ellos.”

 

¡Qué poderoso consuelo para todos los “hermanos santos”! ¡Qué seguridad bendita! Nuestro gran Sumo Sacerdote nos lleva continuamente en su corazón delante del trono. Todo lo que concierne a nosotros está en sus benditas manos, y jamás dejará que nada de lo nuestro peligre. Vive por nosotros, y nosotros vivimos en Él. Nos llevará adelante, en seguridad, hasta el fin. Los teólogos hablan acerca de «la perseverancia final de los santos»; la Escritura habla de la perseverancia de nuestro divino y adorable Sumo Sacerdote. Sobre eso reposamos. Él nos dijo: “Porque yo vivo, vosotros también viviréis” (Juan 14:19). “Si siendo enemigos, fuimos reconciliados con Dios por la muerte de su Hijo —el único medio por el cual podíamos ser reconciliados—, mucho más, estando reconciliados, seremos salvos por su vida” (Romanos 5:10), es decir, su vida en lo alto en el cielo. Él se ha hecho a sí mismo responsable —garante— de cada uno de los “hermanos santos”, de llevarlos derecho a la gloria a través de todas las dificultades, pruebas, trampas y tentaciones del desierto. ¡Que el universo entero alabe por siempre su bendito Nombre!      

 

Naturalmente que no podemos, en tan breve escrito, abordar el gran tema del sacerdocio con todos sus detalles. No podemos más que tratar brevemente los tres puntos sobresalientes que ya mencionamos, y citar, para el lector, los pasajes de la Escritura donde aparecen.

 

En Hebreos 13:15 tenemos la tercera parte del servicio que el Señor cumple por nosotros en el santuario celestial: “Así que, ofrezcamos siempre a Dios, por medio de él, sacrificio de alabanza, es decir, fruto de labios que confiesan su nombre.”

 

¡Que consuelo es saber que tenemos delante de Dios a Uno que le presenta nuestros sacrificios de alabanzas y nuestras acciones de gracias! ¡Cuán dulcemente ello nos anima a llevarle en todo tiempo tales sacrificios! Es cierto que pueden parecer muy pobres, muy magros y muy imperfectos; pero nuestro gran Sumo Sacerdote sabe cómo separar lo precioso de lo vil. Toma nuestros sacrificios y los presenta a Dios en toda la perfección del perfume de buen olor de su propia Persona y de su ministerio. El menor suspiro del corazón, la menor expresión de los labios, el más insignificante acto de servicio, sube a Dios no solamente despojado de toda nuestra debilidad e imperfección, sino adornado de toda la excelencia de Aquel que vive siempre en la presencia de Dios, no solamente para simpatizar e interceder, sino también para presentar nuestros sacrificios de acciones de gracias y de alabanzas.

 

Todo esto está lleno de aliento y de consuelo. ¡Cuán a menudo tenemos que lamentarnos por nuestra frialdad, de nuestra esterilidad, de nuestra falta de vida, tanto en privado como en público! Parece que somos incapaces de hacer algo más que proferir un gemido o un suspiro. Pues bien, Jesús —y éste es el fruto de su gracia— toma este gemido o este suspiro, y lo presenta a Dios en todo el valor de lo que es. Ello es parte de su ministerio actual por nosotros en la presencia de nuestro Dios, ministerio que Él se complace en cumplir —¡bendito sea su Nombre!—. Él halla su gozo en llevarnos sobre su corazón ante el trono. Piensa en cada uno de nosotros en particular, como si no tuviera más que uno solo en quien pensar.

 

¡Qué maravilloso es esto!, pero así lo es. Él toma parte en todas nuestras pequeñas pruebas, en nuestros dolores más despreciables, en nuestros conflictos y ejercicios de corazón, como si no tuviera otra cosa en que pensar. Cada uno de nosotros posee la atención y la simpatía indivisas de su grande y amante corazón, en todo lo que pueda surgir durante nuestro curso a lo largo de esta escena de pruebas y de dolores. Él la recorrió toda. Conoce cada paso del camino. Podemos discernir la huella bendita de sus pisadas a través del desierto, y, mirando a lo alto los cielos abiertos, le vemos en el trono, a Él, al Hombre glorificado, pero al mismo Jesús que estuvo aquí abajo; las circunstancias en que estuvo han cambiado, pero no así su corazón tierno, amante y lleno de simpatía: “El mismo ayer, y hoy, y por los siglos.”

 

Tal es, pues, amado lector cristiano, el gran Sumo Sacerdote que somos exhortados a considerar. Realmente, tenemos en él lo que responde a todas nuestras necesidades. Su simpatía es perfecta; su intercesión prevalece sobre todo, y nuestros sacrificios, para Él, son hechos aceptables. Bien podemos decir: Lo tenemos “todo, en abundancia” (Filipenses 4:18 - V.M.).

 

“Considerémonos unos a otros”

 

Y ahora, como conclusión, echemos un vistazo a la exhortación de Hebreos 10:24: “Considerémonos unos a otros para estimularnos al amor y a las buenas obras.”

 

La conexión moral de este pasaje con el que nos ha ocupado primeramente, es verdaderamente hermosa. Cuanto más atentamente consideremos a Jesús, tanto más aptos y dispuestos estaremos para considerar a todos los que le pertenecen, quienesquiera que sean y dondequiera que se encuentren. Mostradme un hombre lleno de Cristo, y yo os mostraré a un hombre lleno de amor, de solicitud y de interés por cada miembro del Cuerpo de Cristo. Así debe ser. Es simplemente imposible estar cerca de Cristo, y no tener el corazón lleno de los más tiernos afectos por todos los que le pertenecen. No podemos considerarle a Él, sin acordarnos de ellos y ser conducidos a servirles, a orar por ellos, a tener simpatía respecto a ellos de acuerdo con nuestra débil medida.

 

Si oís que alguno habla en alta voz de su amor por Cristo, de su apego a su Persona, del deleite que halla en Él, y, al mismo tiempo, veis que no hay en esta persona ni amor por aquellos que pertenecen a Cristo, ni solicitud respecto de ellos, ni interés por sus circunstancias, ni buena disposición para dedicar tiempo y esfuerzo para ellos, ni sacrificio de sí mismo por amor a ellos, podéis estar seguros de estar en presencia de una profesión vacía y sin valor. “En esto hemos conocido el amor, en que él puso su vida por nosotros; también nosotros debemos poner nuestras vidas por los hermanos. Pero el que tiene bienes de este mundo y ve a su hermano tener necesidad, y cierra contra él su corazón, ¿cómo mora el amor de Dios en él? Hijitos míos, no amemos de palabra ni de lengua, sino de hecho y en verdad.” Y todavía: “Y nosotros tenemos este mandamiento de él: El que ama a Dios, ame también a su hermano” (1.ª Juan 3:16-18; 4:21).

 

Son éstas palabras saludables para cada uno de nosotros. ¡Ojalá que hagan mella en el fondo de nuestro corazón! ¡Ojalá que, por la poderosa acción del Espíritu Santo, podamos ser hechos capaces de responder de todo nuestro corazón a estas dos importantes y acuciantes exhortaciones: Considerar al apóstol y sumo sacerdote de nuestra profesión, por una parte, y, por la otra: Considerar los unos a los otros! Y recordemos que una consideración conveniente de los unos por los otros jamás revestirá la forma de una curiosidad indiscreta, ni de un espionaje inexcusable: cosas que no pueden ser consideradas más que como la plaga y la destrucción de toda sociedad cristiana. No; es lo contrario de todo esto. Es la solicitud tierna y amante, que se expresa de una manera refinada, delicada y oportuna en todo servicio brindado, fruto del amor de una verdadera comunión con el corazón de Cristo. 

 

C. H. M.

 


 

NOTAS

 

[1] N. del A.— La palabra española considerad aparece cinco veces en total a lo largo de la epístola a los Hebreos; pero proviene de tres diferentes palabras griegas. En los versículos citados (3:1 y 10:24), el término es katanoeô, el cual posee una fuerza intensiva, y expresa una vigorosa aplicación de la mente a una cosa determinada.

En Hebreos 7:4 leemos: “Considerad, pues, cuán grande era éste.”  Aquí la palabra griega es theôreô, la cual aparece, en sus varias inflexiones, cincuenta y seis veces en el Nuevo Testamento griego; pero sólo aquí es vertida considerad. En todas las demás ocasiones se traduce generalmente por ver o mirar.

 

Asimismo, en Hebreos 12:3 leemos: “Considerad a aquel que sufrió tal contradicción...”. Aquí el vocablo griego es analogizomai, y es la única vez que aparece en el Nuevo Testamento. Expresa la idea de comparación o analogía.    

Por último, leemos en Hebreos 13:7: “Considerad cuál haya sido el resultado de su conducta...”. Aquí la palabra griega es anatheôreô, la misma que en 7:4, sólo que compuesta con el prefijo ana , arriba, que intensifica su fuerza.

 

[2] N. del A.— Es del mayor interés observar que a “María Magdalena, de la que habían salido siete demonios”, le fue concedido el privilegio de anunciar a los discípulos las buenas nuevas de la nueva y maravillosa relación en la cual eran introducidos. El Salvador resucitado le dijo: “Ve a mis hermanos, y diles: Subo a mi Padre y a vuestro Padre, a mi Dios y a vuestro Dios”. Es Juan quien, por el Espíritu Santo, registra este hecho tan profundamente interesante.

Nunca antes se habría entendido semejante mensaje, y, de hecho, jamás podría haber sido dado. Pero ahora, la gran obra había sido cumplida, el combate había acabado, la victoria obtenida, y el fundamento del nuevo edificio había sido establecido. María Magdalena fue constituida heraldo del más glorioso mensaje que jamás oídos humanos hayan escuchado.

 

[3] N. del T.— Se trata de Cristo como “el primogénito entre muchos hermanos” (Romanos 8:29), y no de Colosenses 1:15.

 

[4] N. del A.— No queremos decir que la unión con Cristo, como Cabeza del cuerpo, se enseñe en Hebreos 2:11. El desarrollo de esa gloriosa verdad se halla en otra parte, y escapa al ámbito de la epístola a los Hebreos (véase Efesios 1:22,23; 5:30). Pero ya sea que lo consideremos como Cabeza  del cuerpo, o como Primogénito entre muchos hermanos, la Escritura nos enseña de forma clara y enfática que la muerte del Señor en la cruz era absolutamente esencial para nuestra unión o asociación con él. Sin muerte no hay unión. El grano de trigo debía caer en la tierra y morir, a fin de llevar mucho fruto.

 

[5] N. del A.— La expresión “pero sin pecado” que aparece en la Versión Autorizada inglesa (lo mismo que en la versión castellana de Reina-Valera), no transmite el pensamiento correcto del original griego, que dice: “tentado... aparte el pecado” o “a excepción del pecado”.

 

N. del T.— La expresión “sin pecado” (del griego choris amartias) es mejor traducida por “pecado aparte”, o “excluido el pecado” (Lacueva). Esta Escritura establece claramente que hay una diferencia entre el hombre en su condición de pecado, y la santa humanidad del Hombre Cristo Jesús; y esa diferencia es que Cristo, a diferencia de nosotros, es esencialmente sin pecado. La palabra pero, que ha sido agregada en algunas versiones, conduce a una noción equivocada y contraria a la verdad. Pues puede inducir a creer que, Cristo fue en todos los puntos tentado así como nosotros, pero nunca pecó, aunque podría haber pecado: una falsa doctrina bastante difundida en la actualidad. Pero no dice eso la Escritura, ni es ése el significado aquí. No se trata aquí de caídas o de “pecados”, sino de “el pecado” como principio: Cristo fue tentado “aparte del pecado”. ¿De qué tentaciones habla la Epístola en cuanto a Cristo? La diferencia es fundamental. Nosotros, seres pecadores o con pecado por naturaleza, recibimos malas tentaciones desde adentro, esto es, desde nuestra vieja naturaleza o humanidad caída, que hemos traído de nuestros padres. Cristo, en cambio, no tuvo ninguna de esta clase de tentaciones. Esto era completamente incompatible con su santa Persona. Por una conepción milagrosa, obra del Espíritu Santo, Cristo, “lo Santo”, estaba humanamente exceptuado de cualquier traza de mal, como ninguno lo fue desde la caída del hombre. De esas santas tentaciones, con relación a Cristo, trata la epístola a los Hebreos, y no de las nuestras no santas. La Epístola de Santiago, en el capítulo 1, distingue claramente los dos tipos de tentaciones (las externas, de que Cristo participó, y las internas, que brotan de nuestras concupiscencias, y de las cuales Cristo fue excluido). Es útil comparar Santiago 1:2,12 (tentaciones de afuera, externas, de que Cristo participó, así como nosotros), con Santiago 1:13 a 19, donde está el otro tipo de tentaciones: las de dentro de la mala naturaleza. Nosotros conocemos y experimentamos perfectamente bien estas últimas, debido a nuestra naturaleza pecaminosa, pero Jesús jamás lo hizo. Y esto es justamente, en comparación con nosotros, “pecado aparte”. No sólo que nunca pecó, sino que nunca podría haber pecado. La Escritura es contundente en cuanto a la santidad y a la perfección del Hijo de Dios: “No puede el Hijo hacer nada por sí mismo, sino lo que ve hacer al Padre; porque todo lo que el Padre hace, también lo hace el Hijo igualmente” (Juan 5:19). Pero Jesús sí experimentó el primer tipo de tentaciones (externas) como ninguno de nosotros lo hizo jamás. Él fue en todo tentado conforme a semejanza con nosotros, pero con esta infinita diferencia: “aparte del pecado”. Él no conoció pecado (2.ª Corintios 5:21), no tuvo ninguna tentación pecaminosa interiorcomo nosotros. Y de esta manera, Cristo es tanto más capaz de simpatizar con nosotros.

 


 Inicio | E-mail